Cuando Gabriel volvió después de casi dos años, esperaba reencontrarse con su madre y quizá recibir un reclamo por haber tardado tanto.
En lugar de eso, encontró a Elena sobre la espalda de Mariana, su exesposa, caminando entre los charcos con una pierna vendada y una bolsa de medicamentos en la mano.
La escena ocurrió a dos calles de la terminal, justo cuando Gabriel regresaba a Puebla después de trabajar durante meses en Monterrey.

Había llevado una maleta y una bolsa con cosas para su madre: pan de nata, té de manzanilla y un rebozo grueso porque ella siempre se quejaba del frío.
Pero al ver a Mariana cargando a una anciana, dejó caer los regalos.
—¡Mariana!
Ella se detuvo.
Entonces Gabriel reconoció a la mujer que llevaba sobre la espalda.
—¿Mamá?
Elena había cambiado.
Parecía haber envejecido diez años, estaba demasiado delgada, tenía los labios resecos, los ojos hundidos y moretones amarillentos alrededor de las muñecas.
Gabriel corrió hacia ellas.
Quiso saber qué había ocurrido y desde cuándo estaba enferma.
Elena no respondió.
Cuando Gabriel intentó cargarla para buscar un taxi, ella se aferró al cuello de Mariana.
—No quiero volver.
—¿Volver adónde?
La respuesta llegó con lágrimas.
—A la casa.
Aquella casa había sido el hogar de Elena durante más de treinta años.
Para Gabriel, también representaba una parte de la familia que creía conocer perfectamente.
Y en ese momento pensó en Lucía, su esposa actual.
Tres días antes, Lucía le había escrito que su madre estaba perfectamente bien y que incluso había salido a regar las plantas.
Gabriel había confiado en ese mensaje.
Cinco días antes también había recibido otro mensaje, supuestamente enviado desde el teléfono de Elena.
«No te preocupes por mí. Sigue trabajando».
Ahora Elena miraba la pantalla y negaba lentamente con la cabeza.
—Yo no escribí eso.
Gabriel levantó la vista.
—Entonces, ¿quién tiene tu teléfono?
Elena empezó a temblar.
Mariana la sostuvo con más fuerza.
—Después, Gabriel.
La respuesta no resolvía nada.
Solo dejaba claro que alguien había estado hablando en nombre de Elena.
Gabriel necesitaba sacar a su madre de ahí antes de intentar entenderlo.
Mariana lo llevó a un cuarto rentado en una colonia humilde de las afueras.
Había una sola cama, dos petates enrollados y medicamentos acomodados sobre una mesa de plástico.
Gabriel miró alrededor.
—¿Mamá vive aquí?
—Desde hace casi tres meses —respondió Mariana.
—¿Contigo?
Mariana asintió.
Entonces Gabriel preguntó dónde dormía ella.
—En el piso.
Sobre la mesa había recibos médicos por casi treinta mil pesos.
Gabriel los tomó uno por uno.
—¿Quién pagó todo esto?
—Yo.
Fue entonces cuando notó que Mariana ya no llevaba el pequeño anillo que había conservado incluso después de su divorcio.
—¿Dónde está tu anillo?
Mariana no contestó de inmediato.
No hacía falta.
—Lo vendí cuando internaron a tu mamá.
La respuesta cambió algo dentro de Gabriel.
Durante mucho tiempo había pensado que Mariana era egoísta, interesada y cruel con Elena.
Incluso se había divorciado de ella convencido de que quería separarlo de su familia para quedarse con la casa que su padre había dejado.
Ahora estaba sentado frente a una mujer que había vendido el último recuerdo de su matrimonio para pagar el tratamiento de su madre.
Pero todavía faltaba saber por qué.
Elena comenzó a llorar.
—Gabriel… Mariana no me encontró enferma.
Se subió la manga.
El moretón profundo alrededor de su muñeca quedó a la vista.
—Ella me sacó de esa casa.
Gabriel sintió que la explicación que había construido durante años comenzaba a romperse.
—¿De quién?
Elena cerró los ojos.
—De Lucía… y de Sergio.
El nombre de Sergio hizo que Gabriel levantara la cabeza.
Era su primo.
El hombre al que había tratado como a un hermano durante veinte años.
Mariana no apartó la mirada.
—Y si crees que esto empezó cuando te fuiste a Monterrey, estás equivocado.
La frase dejó una pregunta mucho más incómoda.
¿Qué había ocurrido antes de su divorcio?
Gabriel todavía no tenía la respuesta.
Pero Mariana sí tenía algo que podía acercarlo a ella.
Se arrodilló junto a la cama y metió la mano debajo.
Sacó una carpeta que Gabriel nunca había visto.
Elena retrocedió apenas al reconocerla.
Mariana se puso de pie y se la entregó.
Gabriel la abrió frente a su madre.
El primer documento era un poder relacionado con la casa que su padre había dejado y cuyo valor rondaba los siete millones de pesos.
Su propio nombre aparecía varias veces.
Pero una firma hizo que se detuviera.
Era la de Elena.
—Mamá, ¿tú firmaste esto?
Elena tomó el documento con ambas manos.
Lo acercó a la luz y recorrió la firma con un dedo.
—No.
Gabriel volvió a mirar la hoja.
—¿No?
—Esa no la puse yo.
Mariana explicó entonces que había encontrado la carpeta mientras sacaba algunas cosas de Elena de la casa, poco después de ayudarla a salir.
No había querido enseñársela por teléfono.
Primero necesitaba que Gabriel viera a su madre y escuchara su versión directamente.
Gabriel continuó revisando las hojas.
Cada página parecía acercarlo a una historia que desconocía.
Entonces apareció el nombre de Sergio junto a una autorización vinculada con la propiedad.
Gabriel levantó la vista.
—¿Él sabía de esto?
Elena cerró los ojos.
Su respuesta no llegó de inmediato.
—Sergio no solo sabía, Gabriel.
Mariana señaló una fecha impresa en la última hoja.
Era anterior al divorcio.
Ese detalle cambiaba el alcance de todo lo que Gabriel creía recordar.
Durante años había pensado que Mariana había provocado la ruptura de su familia.
Ahora tenía delante un documento que conectaba a Sergio con la propiedad y una fecha que llevaba el problema hasta una época anterior a su separación.
Gabriel necesitaba saber qué había pasado aquel día.
No podía asumir todavía qué significaba la firma.
Tampoco podía ignorar que su madre acababa de decir que no era suya.
La carpeta había abierto una historia distinta.
Y la siguiente respuesta tendría que venir de Elena.
—Mamá, ¿qué ocurrió ese día?
Elena apretó la hoja entre las manos.
Mariana permaneció junto a ella.
Gabriel esperó.
Porque la respuesta podía cambiar por completo lo que había creído durante años sobre Mariana, Lucía y su propia familia.