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vinhprovip-Doné Mi Sangre Por Brendan, Pero Escuché El Número 96 Detrás De Una Puerta-vinhprovip

El mensaje de Brendan apareció en la pantalla mientras Chloe caminaba hacia la salida de la clínica: «Ven mañana. Todavía nos quedan tres cosas que resolver».

Lo leyó dos veces.

Ya no necesitaba imaginar qué significaba.

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La supuesta emergencia había sido una mentira. Sus amigos habían participado. La sangre que ella había donado por él había terminado en un contenedor de residuos biológicos. Y las noventa y seis humillaciones que durante años había llamado mala suerte acababan de convertirse en una sola historia.

Chloe guardó el teléfono y se quedó unos segundos junto a la entrada de la clínica.

No respondió.

Por primera vez desde que conocía a Brendan, no sintió la necesidad de explicarse.

Tomó un taxi y se fue a casa.

Durante el trayecto, su brazo seguía doliendo donde le habían clavado la aguja.

Ese moretón terminó siendo lo único que necesitó para recordar que aquella noche había sido real.

Al llegar, su madre volvió a llamarla.

—¿Entonces vienes con nosotros a Tucson?

Chloe miró la maleta que llevaba meses guardada en el fondo del clóset.

—Sí, mamá.

—¿Estás segura?

—Ahora sí.

No contó todavía lo de Brendan.

No porque quisiera protegerlo.

Porque quería entender hasta dónde llegaba la mentira antes de mover una sola pieza.

A la mañana siguiente no regresó a la clínica.

Fue al lugar donde Brendan le había pedido que estuviera.

Antes de entrar, revisó el mensaje una vez más.

«Todavía nos quedan tres cosas que resolver».

Chloe levantó la vista.

Brendan estaba esperándola.

Mason estaba junto a él. Liam también.

Y, unos pasos más atrás, estaba Scarlett Montgomery.

Durante unos segundos nadie habló.

Scarlett fue la primera en acercarse.

—Así que viniste.

Chloe la miró.

—Me pediste que viniera.

Scarlett cruzó los brazos.

—No. Brendan te pidió que vinieras.

—Entonces pregúntale a él.

Brendan dio un paso al frente.

—Chloe, no hagamos esto más difícil de lo necesario.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Más difícil?

Brendan evitó mirarla directamente.

—Solo quedan tres.

Chloe entendió entonces que el número seguía siendo importante para ellos.

Noventa y seis.

Noventa y siete.

Noventa y ocho.

Noventa y nueve.

Después, según el trato que habían hecho, Brendan debía terminar con ella y volver con Scarlett.

Pero había algo que Brendan no sabía.

Chloe ya no estaba ahí para completar el número.

Estaba ahí para descubrir qué significaban esas tres últimas pruebas.

—¿Cuál es la primera? —preguntó.

Mason sonrió.

—Eso sí es nuevo.

Brendan le lanzó una mirada de advertencia.

—No necesitamos hacer comentarios.

—Déjalo —dijo Chloe—. Quiero escucharlos.

Brendan tomó una pequeña caja que estaba sobre una mesa.

—La primera es sencilla.

La abrió.

Dentro estaba el brazalete que Chloe había pasado media noche buscando años atrás.

El mismo que Brendan le había regalado por su aniversario.

El mismo que ella creyó que había perdido.

Chloe lo reconoció de inmediato.

—Lo tenías tú.

Brendan no respondió.

Mason sí.

—Nunca lo perdió.

Chloe miró a Brendan.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

—Era una broma.

Una broma.

Eso era todo.

Para él, una noche bajo la lluvia buscando un regalo que nunca había desaparecido era una broma.

Chloe extendió la mano.

Brendan le entregó el brazalete.

El objeto cambió de dueño otra vez.

Pero esta vez no regresó a su muñeca.

Chloe lo guardó en el bolsillo de su chamarra.

—Primera resuelta —dijo.

Scarlett frunció el ceño.

—No funciona así.

—¿No?

—Tienes que reaccionar.

Chloe la miró.

—Ya reaccioné.

Brendan intervino.

—La segunda es mañana.

—No.

Los tres se quedaron mirándola.

—¿No qué?

—No voy a volver mañana.

Brendan dio un paso hacia ella.

—Entonces no entiendes el trato.

—Entiendo perfectamente el trato.

Chloe sacó el teléfono.

Abrió una nota que había escrito durante la noche.

No era una amenaza.

No era una denuncia.

No era una venganza.

Era una lista.

Noventa y seis fechas.

Noventa y seis cosas que durante tres años había considerado accidentes, malentendidos o simples desgracias.

Brendan la observó con inquietud.

—¿Qué es eso?

—Mi memoria.

Mason dejó de sonreír.

Chloe empezó a leer.

El brazalete.

La cirugía falsa.

La acusación de plagio.

La noche en que Brendan desapareció justo antes de una entrevista importante.

La vez que recibió un correo falso que casi le costó una oportunidad de trabajo.

La fiesta a la que nunca llegó porque alguien le había enviado una dirección equivocada.

Una detrás de otra.

No necesitaba demostrar las noventa y seis.

Lo importante era que ellos acababan de confirmar que existía una cuenta.

Y que habían estado llevándola durante años.

Brendan extendió la mano hacia el teléfono.

Chloe lo apartó.

—No.

Fue una palabra corta.

Brendan se quedó quieto.

—Chloe…

—No vuelvas a tocar mi teléfono.

Scarlett miró a Brendan.

—¿Qué hiciste?

Él se volvió hacia ella.

—No es asunto tuyo.

Scarlett palideció.

—Claro que es asunto mío.

Chloe entendió algo en ese instante.

Scarlett había iniciado el plan.

Brendan lo había convertido en una relación.

Pero ahora ninguno de los dos tenía el mismo control.

Mason tomó aire.

—Esto se está saliendo de lo que acordamos.

Chloe lo miró.

—¿Qué acordaron exactamente?

Mason no contestó.

Brendan sí.

—Scarlett quería que pagaras por lo del campeonato.

—¿Y tú?

—Yo quería demostrarle que podía hacerlo.

Chloe sintió que algo dentro de ella se acomodaba.

No era alivio.

Era una explicación.

Durante tres años había intentado encontrar una razón para la frialdad de Brendan.

Ahora sabía que no había sido incapacidad para amar.

Había sido una decisión.

La segunda de las tres cosas ocurrió ese mismo día.

Brendan le pidió que entrara a una habitación privada.

—Solo tú y yo.

Chloe no se movió.

—No.

—Es la segunda prueba.

—Entonces puedes hacerla delante de ellos.

Mason bajó la mirada.

Scarlett dio un paso hacia la puerta.

Brendan la detuvo.

—Quédate.

Chloe entendió que aquello también formaba parte del plan.

Querían aislarla.

Querían que volviera a ser la mujer que preguntaba qué había hecho mal.

Pero esa mujer ya no estaba ahí.

—Dime qué sigue —dijo.

Brendan sacó un sobre.

Dentro estaba una fotografía antigua del concurso universitario.

Chloe aparecía sosteniendo el trofeo.

Scarlett estaba detrás.

En la parte posterior había una frase escrita a mano.

«Noventa y nueve y quedará saldado».

Chloe reconoció la letra.

Era la de Scarlett.

Scarlett intentó arrebatársela.

Chloe retiró la mano.

—Tú escribiste esto.

—Sí.

—Y Brendan aceptó.

Scarlett no respondió.

Brendan sí.

—Sí.

La confesión fue tan sencilla que Chloe casi no supo qué hacer con ella.

Había esperado una explicación.

Una excusa.

Algo que hiciera menos absurdo perder tres años de su vida.

No llegó nada.

Solo la verdad.

Brendan había empezado la relación con una intención distinta de la que ella creía.

Y después había elegido continuar.

Chloe guardó la fotografía junto al brazalete.

—Segunda resuelta.

—Todavía falta una —dijo Brendan.

—No.

Él la miró.

—¿Qué quieres decir?

Chloe señaló el teléfono.

—La tercera ya ocurrió.

Brendan frunció el ceño.

—¿Cuál?

—La donación.

Nadie habló.

—Ustedes querían que yo creyera que todavía podía demostrar que amaba a Brendan haciendo algo por él.

Miró el moretón de su brazo.

—Lo hice.

Después miró a Brendan.

—Y ustedes mismos me enseñaron que nunca hubo un accidente.

Mason abrió la boca.

—Eso no era parte de la prueba.

—Ahora sí.

Brendan dio un paso hacia ella.

—Chloe, espera.

Ella retrocedió.

—No.

—Podemos hablar.

—Ya hablamos durante tres años.

Scarlett bajó la mirada.

Brendan insistió.

—Yo te quise.

Chloe no respondió de inmediato.

Después sacó el brazalete del bolsillo.

Lo miró una última vez.

—Tal vez alguna parte de ti lo hizo.

Se lo dejó en la mano.

Luego sacó la fotografía y la dejó sobre la mesa.

—Pero yo ya no quiero saber cuál.

Brendan cerró los dedos alrededor del brazalete.

Chloe caminó hacia la salida.

Mason la llamó.

—¿Y el noventa y nueve?

Chloe se detuvo.

Volteó apenas.

—No existe.

Salió.

Horas después, en casa de sus padres, comenzó a empacar.

Su madre doblaba ropa sobre la cama.

Su padre revisaba documentos del departamento en Tucson.

Chloe puso el teléfono sobre la mesa.

Había otro mensaje.

De Brendan.

«No sabía que ibas a escuchar aquella conversación».

Ella lo leyó.

Luego apareció otro.

«Scarlett tampoco sabía que yo había guardado el brazalete».

Chloe no contestó.

Un tercer mensaje llegó unos minutos después.

«Perdón».

Esta vez tampoco respondió.

No porque quisiera castigarlo.

Porque no necesitaba otra prueba.

Al día siguiente, cuando subió al auto de sus padres rumbo a Tucson, miró por la ventana y volvió a ver la marca morada en su brazo.

Durante años había pensado que amar a alguien significaba soportar sus peores días.

Ahora entendía algo distinto.

A veces, lo más difícil no era descubrir que alguien te había mentido.

Era aceptar cuánto tiempo habías pasado justificando esa mentira.

En Tucson, Chloe empezó de nuevo.

No borró las noventa y seis fechas.

Las conservó.

No para vengarse.

Para no volver a llamar coincidencia a algo que alguien había elegido hacer.

El brazalete nunca regresó a su muñeca.

La fotografía tampoco volvió a salir del cajón donde la guardó.

Y el moretón desapareció semanas después.

Pero cada vez que Chloe veía la pequeña marca que había dejado aquella aguja, recordaba la noche en que donó su sangre creyendo que estaba salvando al hombre que amaba.

La sangre se había ido a la basura.

Su vida, en cambio, no.

Y esta vez fue ella quien decidió qué hacer con ella.

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