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vinhprovip-Clare Solo Aceptó Una Cena Con Roman, Pero La Familia Ya Iba En Camino-vinhprovip

Clare apenas alcanzó a procesar el nuevo mensaje cuando entendió que la cena del domingo ya no era el problema inmediato.

Sophia iba de regreso a la panadería.

Y esta vez llevaba consigo a la madre de Roman.

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Clare levantó la mirada del teléfono y encontró a Roman observándola desde el otro lado del mostrador, con esa expresión contenida que parecía decir que él tampoco sabía cómo detener a su familia.

—¿Tu mamá viene aquí? —preguntó Clare.

—Eso parece.

—¿Y cuánto tiempo tenemos?

Roman revisó la hora.

—Si mi tía dijo que ya venía, probablemente menos de quince minutos.

Clare soltó el aire lentamente.

La panadería seguía funcionando alrededor de ellos. La máquina de espresso continuaba trabajando, una charola salía del horno y el repartidor que había presenciado la discusión de hacía unos minutos ahora fingía concentrarse demasiado en su caja.

Clare miró la tarjeta que había guardado bajo la caja registradora.

Después miró a Roman.

—Una cena —dijo—. Eso fue lo que acepté.

—Lo sé.

—No una entrevista familiar en mi panadería.

—También lo sé.

—Y definitivamente no voy a fingir frente a tu mamá que llevamos tres meses juntos si ella empieza a hacer preguntas.

Roman asintió.

—No tienes que hacerlo.

Clare arqueó una ceja.

—Eso sonó sospechosamente razonable.

—Estoy intentando aprender.

Ella casi sonrió, pero se contuvo.

Entonces escucharon el sonido de la puerta.

Sophia entró primero.

A su lado venía una mujer mayor, elegante sin parecer que hubiera intentado demasiado, con un abrigo oscuro y una bolsa pequeña en la mano.

Roman se enderezó.

Clare entendió de inmediato que aquella mujer no necesitaba presentaciones para llenar un espacio.

—Mamá —dijo Roman.

La mujer miró a su hijo.

Luego a Clare.

Después al mostrador.

Y finalmente volvió a mirar a Roman.

—Así que ella es Clare.

Clare no sabía si aquella frase era una pregunta o una conclusión.

—Sí —respondió Roman.

Sophia sonrió como si hubiera conseguido exactamente lo que quería.

—La famosa Clare.

—No soy famosa —dijo Clare.

—Todavía —contestó Sophia.

Clare decidió no preguntar qué significaba eso.

La madre de Roman se acercó al mostrador.

—Perdona la visita inesperada.

Clare la observó con atención.

Era la primera persona de la familia de Roman que parecía avergonzada por haber llegado sin permiso.

—Está bien —dijo Clare—. Pero tengo clientes.

—Lo entiendo.

La mujer miró las charolas, el horno y las bolsas preparadas para llevar.

—Tu panadería es muy bonita.

—Gracias.

Sophia intervino desde atrás.

—Yo le dije que tenía que verla. Roman nunca cuenta nada.

Roman cerró los ojos por un instante.

—Sophia.

—¿Qué? Es verdad.

Clare apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—Para que quede claro, yo acepté una cena el domingo porque ustedes ya creen que somos pareja. No acepté que mi vida se convierta en un asunto familiar.

La madre de Roman la miró durante unos segundos.

—Eso me parece justo.

Roman pareció sorprendido.

Sophia también.

La mujer continuó.

—Y quiero disculparme por la forma en que mi hermana ha manejado esto.

Clare miró a Sophia.

—¿Tu hermana?

—Mi hermana —confirmó la mujer—. Sophia siempre cree que puede arreglar la vida de todos.

Sophia levantó las manos.

—Yo solo intento ayudar.

—Lo sé —respondió la mujer—. Ese es precisamente el problema.

Clare tuvo que bajar la mirada para ocultar una sonrisa.

Roman la vio.

Ella volvió a ponerse seria de inmediato.

—Entonces —dijo la madre de Roman—, ¿qué pasó realmente?

Roman abrió la boca.

Clare levantó una mano.

—Yo lo explico.

Roman se calló.

Clare contó la verdad de la manera más sencilla posible.

Sophia había preguntado si ellos salían.

Clare había señalado a Roman en medio de la conversación.

Roman había confirmado la mentira.

Y ahora la familia había construido una cena completa alrededor de una frase que ninguno de los dos había planeado mantener.

La madre de Roman escuchó sin interrumpir.

Cuando Clare terminó, miró a su hijo.

—¿Es cierto?

Roman asintió.

—Sí.

—¿Y por qué dijiste que llevaban tres meses?

Roman miró a Clare.

—Porque entré en pánico.

Sophia soltó una carcajada.

—Por fin lo admite.

La madre no se rio.

—Roman.

Él bajó un poco la mirada.

—No quería otra cita arreglada por la familia.

Clare cruzó los brazos.

—Eso no explica por qué me involucraste.

Roman la miró directamente.

—No. Eso fue mi error.

La respuesta fue tan rápida que Clare no supo qué contestar.

No hubo excusa.

No culpó a Sophia.

No intentó convertir la situación en una broma.

Simplemente aceptó la culpa.

La madre de Roman tomó la bolsa que llevaba y la dejó sobre el mostrador.

—Traje algo para ti.

Clare la miró con desconfianza.

—¿Para mí?

—Para la panadería.

Sacó una pequeña caja de pastelería.

Clare la abrió.

Dentro había una libreta vieja, de tapas gastadas, con varias páginas llenas de anotaciones a mano.

Clare dejó de respirar por un segundo.

No porque reconociera la libreta.

Sino porque reconoció la letra.

Era la receta de los roles de canela de su abuela.

La misma receta que Clare había usado cuando empezó el negocio con aquel préstamo de 1,200 dólares.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó.

La madre de Roman señaló a Sophia.

Sophia levantó un dedo.

—No fui yo.

Roman tampoco dijo nada.

La mujer explicó que había encontrado la libreta años atrás entre las cosas de una vecina que había fallecido, y que aquella vecina había sido amiga de la abuela de Clare.

Pero la historia tenía un detalle extraño.

En la última página había una anotación que Clare nunca había visto.

Una dirección.

Un nombre.

Y una fecha.

Clare pasó el dedo por la tinta.

—¿Qué es esto?

La madre de Roman negó con la cabeza.

—No lo sé. Por eso quería preguntarte.

Roman se acercó.

Clare cerró la libreta antes de que pudiera verla mejor.

—Esto no tiene nada que ver con la cena del domingo.

—No —dijo Roman—. Pero parece que sí tiene que ver contigo.

Clare lo miró.

Aquello fue suficiente para que la tensión cambiara de dirección.

Hasta ese momento, Roman había sido el hombre que necesitaba que ella interpretara un papel.

Ahora estaba frente a ella como alguien que también acababa de descubrir que la historia familiar de su madre contenía una pieza que ninguno de los dos entendía.

Clare tomó la libreta.

—Me la quedo.

La madre de Roman asintió.

—Es tuya.

Sophia se acercó.

—Entonces ya tenemos algo más de qué hablar el domingo.

—No —dijo Clare.

Sophia se detuvo.

—No conviertas esto en otro espectáculo.

—No lo haré.

Clare miró a Roman.

—Y tú tampoco.

—De acuerdo.

La madre de Roman recogió su bolsa vacía.

—Entonces quizá deberíamos irnos.

Sophia pareció a punto de protestar, pero Roman la miró.

Por primera vez desde que Clare lo conocía, no hizo falta que dijera nada.

Sophia entendió.

Las dos mujeres se dirigieron hacia la puerta.

Antes de salir, la madre de Roman se volvió.

—Clare.

—¿Sí?

—El domingo no tienes que demostrarle nada a nadie.

Clare sostuvo su mirada.

—Gracias.

La puerta se cerró.

La panadería recuperó poco a poco su ritmo.

Roman permaneció junto al mostrador.

Clare dejó la libreta sobre la caja registradora.

—Ahora tú y yo tenemos un problema.

—¿La cena?

—La cena sigue siendo un problema.

Roman asintió.

—¿Cuál es el otro?

Clare abrió la libreta y señaló la última página.

—Esto.

Roman leyó el nombre escrito allí.

Su expresión cambió.

—Conozco ese apellido.

Clare levantó la mirada.

—¿De dónde?

Roman no respondió de inmediato.

Tomó el teléfono.

Buscó algo.

Después volvió a mirar la página.

—Ese apellido aparece en unos documentos antiguos de mi familia.

Clare sintió que la historia acababa de complicarse.

—¿Y qué tiene que ver con mi abuela?

Roman negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no lo sé.

Clare cerró la libreta.

—Entonces no me digas nada hasta que estés seguro.

—De acuerdo.

Ella tomó el teléfono que Roman había dejado sobre el mostrador.

—Y tampoco quiero que Sophia vuelva a anunciar cosas en el chat familiar.

Roman sonrió apenas.

—Eso sí puedo intentarlo.

—No. Puedes hacerlo.

—Sí, jefa.

Clare le devolvió el teléfono.

Roman lo tomó, pero antes de guardarlo miró hacia la puerta.

—Sobre el domingo…

—¿Qué?

—Puedo cancelar.

Clare lo estudió.

Era la salida más sencilla.

Podía devolverle la mentira a su dueño, olvidarse de la familia Duca y concentrarse en la panadería.

Pero también recordó que había aceptado una cena con una condición muy concreta: una sola noche, sin dinero y sin seguir fingiendo después.

Y ahora había algo más.

La libreta.

La anotación de su abuela.

El apellido que Roman reconocía.

Clare tomó la caja de la receta y la guardó debajo del mostrador.

—No canceles.

Roman levantó las cejas.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Por qué?

Clare señaló la libreta.

—Porque quiero saber qué significa esto.

Roman asintió.

—Entonces iremos.

—Y después de la cena, les diremos la verdad.

—La verdad.

—Toda.

Roman extendió la mano.

Clare la miró como si fuera una propuesta completamente nueva.

—¿Qué haces?

—Un acuerdo.

Clare negó con la cabeza.

—No voy a estrechar la mano de un hombre que inventó una relación de tres meses.

—Justo.

Roman retiró la mano.

Clare tomó una bolsa de pan recién horneado y se la entregó.

—Llévate esto.

—¿Es parte del acuerdo?

—No. Es porque estás estorbando.

Roman recibió la bolsa.

—Entendido.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Clare.

—¿Sí?

—Gracias por no echarme.

Clare lo miró.

—Todavía no es domingo.

Roman sonrió.

—Entonces tengo tiempo.

La puerta se cerró detrás de él.

Clare se quedó sola frente al mostrador.

Miró la libreta.

Después la abrió una vez más.

La dirección seguía allí.

La fecha también.

Y debajo del nombre que Roman había reconocido había una segunda línea escrita con la misma tinta antigua.

Clare acercó la libreta a la luz.

La leyó dos veces.

Esta vez no llamó a Roman.

Solo tomó un bolígrafo y escribió la dirección en una hoja de pedido que tenía junto a la caja.

El domingo todavía era una cena fingida.

Pero la libreta acababa de convertirla en otra cosa.

Y Clare tenía la intención de averiguar por qué su abuela había dejado aquella dirección allí.

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