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thuytram-La Foto Del Vestido Que Rompió Un Compromiso Antes Del Amanecer-thuytram

Gabriel le pidió a Nadia que siguiera con el vestido puesto. Lo que ocurriría en la recepción del día siguiente, dijo, ya no se decidiría según la voluntad de los Urrutia.

Nadia lo miró como si no hubiera entendido bien.

—¿Qué decisión?

Image

Gabriel todavía sostenía la réplica manchada de vino.

—La de dejar que tu nombre pague por algo que tú no hiciste.

Josefina cerró la puerta del salón y fue hacia la vitrina vacía.

Por primera vez desde que Nadia trabajaba para los Leal, Gabriel no le pidió una agenda, un número telefónico ni el nombre de alguien que esperaba afuera.

Le pidió que se quedara.

—La persona que tomó la foto sabía lo que hacía —dijo—. No fotografió el vestido. Te fotografió a ti con el vestido.

Nadia sintió un escalofrío.

La diferencia parecía pequeña hasta que Gabriel la explicó.

Durante años, cada intento de acercarlo a una posible esposa había seguido el mismo ritual: cenas, rumores, fotografías cuidadosamente escogidas y familias hablando de acuerdos antes de que él aceptara nada.

El vestido de Victoria era la última pieza.

Quien apareciera públicamente con él no sería vista simplemente como una invitada.

La presentarían como una elección.

—Pero nadie me vio —dijo Nadia.

Gabriel señaló hacia el corredor.

—Alguien sí.

Josefina apoyó la réplica arruinada sobre una silla.

—Y salió corriendo.

Nadia quiso quitarse el vestido en ese instante.

Llevó una mano hacia el primer broche.

Gabriel no la detuvo.

—Si quieres quitártelo, quítatelo —dijo—. La decisión es tuya.

Aquellas cuatro palabras la hicieron bajar la mano.

La decisión es tuya.

Nadia llevaba años escuchando instrucciones sobre su cuerpo disfrazadas de consejos.

Ponte esto.

No uses aquello.

Siéntate atrás.

Hazte a un lado.

No comas tanto.

Sonríe.

Discúlpate.

Incluso cuando nadie pronunciaba esas órdenes, ella ya las obedecía sola.

Esta vez miró su reflejo.

El vestido no la comprimía.

No la obligaba a meter el abdomen.

No necesitaba que Josefina agregara tela ni ocultara nada.

Simplemente le quedaba.

—Me lo voy a quitar —dijo al fin—, pero porque yo quiero. No porque alguien haya decidido que verme con él es una vergüenza.

Josefina asintió.

Gabriel también.

Antes de que Nadia llegara al biombo, el teléfono de Gabriel vibró.

Una vez.

Luego otra.

Después una tercera.

Él leyó la pantalla y levantó la vista.

—Ya llegó.

—¿La foto?

Gabriel giró el teléfono para que ella pudiera verla.

Era la imagen tomada unos minutos antes.

Nadia aparecía de tres cuartos frente al espejo, todavía sorprendida de que los broches hubieran cerrado. Detrás de ella se veía parte del retrato de Victoria. Josefina aparecía al extremo de la fotografía, sosteniendo la tela manchada.

La imagen había sido enviada desde un número que Gabriel conocía.

Don Aurelio Urrutia.

Debajo solo había una frase.

Mañana podemos evitar una humillación innecesaria.

Nadia sintió que el vestido pesaba por primera vez.

—¿Qué quiere?

Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa.

—Lo mismo que ha querido desde antes de que yo pudiera decidir nada sobre esta familia.

Aurelio había conocido a Victoria cuando ella todavía controlaba personalmente buena parte de los negocios que después heredaron los Leal.

Durante cuatro décadas había intentado acercarse mediante asociaciones, compras, compromisos entre familias y acuerdos que siempre parecían beneficiar a los Urrutia un poco más de lo que admitían.

Victoria nunca aceptó entregarle control.

Después de su muerte, Aurelio siguió esperando.

Gabriel había rechazado negocios con él.

Había rechazado inversiones.

Y durante los últimos tres años había rechazado también las presentaciones de mujeres que, por coincidencia, podían acercar a las dos familias.

Jimena era el intento más reciente.

Y el más agresivo.

—Mi padre cree que una relación familiar puede conseguir lo que nunca consiguió negociando conmigo —explicó Gabriel.

Nadia alzó la vista.

—¿Tu padre?

—El mío murió sin resolver varias cosas con Aurelio. Desde entonces, él actúa como si el tiempo le hubiera dado derechos que nadie le concedió.

El teléfono vibró otra vez.

Esta vez llegó el resto del mensaje.

Aurelio proponía algo sencillo.

Gabriel asistiría a la recepción.

Jimena usaría la réplica después de que Josefina reparara lo posible.

Él permitiría que don Aurelio anunciara públicamente que ambas familias estaban entrando en una nueva etapa.

No necesitaba pronunciar la palabra compromiso.

Solo tenía que quedarse al lado de Jimena y no desmentirlo.

A cambio, la fotografía de Nadia desaparecería.

Si se negaba, Aurelio la presentaría como una empleada que había sacado el vestido de Victoria de la vitrina para fotografiarse con él a escondidas.

Nadia leyó el mensaje dos veces.

Luego devolvió el teléfono.

—Así que no quiere destruirte a ti.

Gabriel frunció el ceño.

—Quiere usarme a mí para destruirte a ti.

—No. Quiere que tengas miedo de lo que pueda hacerme para obligarte a obedecer.

Gabriel no respondió inmediatamente.

Porque era cierto.

Y Nadia lo conocía lo suficiente para saberlo.

Durante cuatro años había visto cómo resolvía conflictos con proveedores, retrasos, socios difíciles y empleados que llegaban con problemas que nadie más quería escuchar.

Gabriel soportaba que lo atacaran a él.

Lo que no soportaba era que alguien pagara por estar cerca.

Ese era exactamente el punto que Aurelio había elegido.

—Cancela la recepción —dijo Nadia.

—Eso estaba pensando.

—Por eso no debes hacerlo.

Gabriel la miró.

Josefina también.

Nadia respiró hondo.

—Si cancelas después de recibir ese mensaje, mañana él podrá contar la historia que quiera. Va a decir que te descubrieron con tu asistente usando el vestido, que te dio miedo enfrentar a las familias y que huiste.

—No me importa lo que diga de mí.

—A mí sí me importa lo que diga de mí.

La respuesta salió tan rápido que incluso Nadia se sorprendió.

Luego continuó.

—Porque yo llevo cuatro años haciendo mi trabajo mientras ellos me llaman la muchacha del café. Si ahora desaparezco para proteger tu apellido, van a convertir eso en prueba de que tenían razón sobre mí.

Josefina se apoyó en la mesa.

—Entonces, ¿qué quieres hacer?

Nadia miró la réplica cubierta de vino.

Después miró la vitrina abierta.

—Primero quiero cambiarme. Luego quiero dormir unas horas. Y mañana quiero ir a trabajar.

Gabriel parpadeó.

—¿A trabajar?

—La recepción está en tu agenda desde hace seis semanas. Yo organicé buena parte de ella. No pienso faltar porque Jimena tiró una copa y su padre consiguió una foto.

Gabriel soltó una respiración breve, casi una risa, pero no había diversión en ella.

—Nadia, Aurelio va a intentar humillarte frente a todos.

—Ya lo intentaron esta noche sin público.

Ella señaló la réplica.

—La diferencia es que mañana yo sabré que viene.

A las siete de la mañana, Nadia estaba despierta.

No porque hubiera descansado.

Porque su teléfono había comenzado a llenarse de mensajes.

La fotografía ya circulaba entre algunos invitados.

No había llegado a redes públicas, pero eso no la hacía menos peligrosa.

Alguien había agregado una versión de los hechos.

La asistente de Gabriel había sido sorprendida usando el vestido reservado para la futura esposa de un Leal.

En otra versión, Nadia había convencido a Josefina para sacarlo de la vitrina.

En una tercera, Gabriel las había encontrado juntas.

A las ocho y doce, Jimena le escribió directamente.

Qué pena que confundieras amabilidad con lugar.

Nadia leyó la frase.

No contestó.

A las ocho y diecisiete llegó otra.

Todavía puedes evitar pasar vergüenza. No vayas esta noche.

Nadia dejó el teléfono boca abajo.

Se levantó, abrió el clóset y tomó uno de los suéteres amplios que usaba incluso con calor.

Lo sostuvo unos segundos.

Luego volvió a colgarlo.

Escogió una blusa que había comprado meses antes y nunca se había atrevido a usar porque marcaba su cintura.

No era un gesto heroico.

Nadie la estaba mirando.

Precisamente por eso importaba.

Cuando llegó a la casa de los Leal, Josefina ya trabajaba sobre la réplica.

Había retirado la parte más dañada del frente, pero no podía devolverle la caída que tenía antes de tantos ajustes.

—Puedo dejarla presentable —dijo—. No puedo convertirla en algo que nunca fue.

Nadia entendió que hablaba del vestido.

También entendió que no hablaba solamente del vestido.

Gabriel apareció poco después.

Llevaba una carpeta delgada bajo el brazo, pero la dejó cerrada.

—Aurelio llamó tres veces.

—¿Qué le dijiste?

—Que nos veríamos esta noche.

Nadia arqueó una ceja.

—Eso va a ponerlo de buen humor.

—Eso espero.

Por primera vez, Gabriel parecía dispuesto a dejar que Aurelio creyera que tenía ventaja.

La recepción comenzó poco después de las siete.

Llegaron familiares, socios y conocidos de ambas familias.

Jimena apareció con la réplica reparada.

A distancia se veía impecable.

De cerca, Nadia podía distinguir dónde Josefina había tenido que reconstruir la parte delantera.

Jimena pasó junto a ella sin detenerse.

—Veo que viniste.

—Trabajo aquí esta noche.

—Siempre tan servicial.

Nadia sostuvo su mirada.

—Es mi trabajo.

Jimena esperaba algo más.

Una disculpa quizá.

Una provocación.

No recibió ninguna.

Aurelio apareció media hora después.

Saludó a Gabriel como si no hubiera enviado ningún ultimátum.

Le puso una mano en el hombro y habló lo bastante fuerte para que quienes estaban cerca escucharan.

—Me alegra que hayamos entendido qué conviene cuidar.

Gabriel retiró el hombro con calma.

—Sí. Esta noche vamos a cuidar varias cosas.

Aurelio sonrió.

No entendió la respuesta.

Todavía.

El momento preparado llegó después de la cena.

Aurelio pidió atención.

Jimena se colocó junto a él.

Gabriel permaneció a varios pasos.

Nadia estaba cerca de una mesa lateral revisando que el personal tuviera la secuencia correcta del servicio cuando escuchó su nombre.

No el de Gabriel.

El suyo.

—Antes de hablar del futuro —dijo Aurelio—, parece que debemos aclarar una pequeña confusión ocurrida anoche.

Sacó su teléfono.

La fotografía apareció en la pantalla que se utilizaba para las imágenes de la recepción.

Nadia con el vestido de Victoria.

Varias personas volvieron la cabeza hacia ella.

Aurelio continuó.

—Hay quienes olvidan que trabajar cerca de una familia no los convierte en parte de ella.

Gabriel dio un paso.

Nadia levantó una mano.

No hacia Aurelio.

Hacia Gabriel.

Él se detuvo.

Aquella era su acusación.

Y por primera vez en mucho tiempo, Nadia no quería que alguien más respondiera por ella.

Caminó hasta el frente.

—Tiene razón en una cosa, don Aurelio —dijo—. Yo trabajo para Gabriel. No soy parte de esta familia.

Aurelio pareció satisfecho demasiado pronto.

—Entonces comprenderás por qué…

—No he terminado.

Dos palabras.

Sin gritar.

Nadia se volvió hacia Jimena.

—Anoche usted tiró vino sobre esa réplica.

Jimena cruzó los brazos.

—Fue un accidente.

—Eso dijo después.

—¿Y qué importa?

—Importa porque su padre acaba de usar una fotografía tomada después de ese accidente para decir que yo saqué el vestido original por mi cuenta.

Aurelio intervino.

—La fotografía habla por sí sola.

—No —respondió Nadia—. Las fotografías muestran un momento. Las personas deciden qué historia contar alrededor.

Entonces Josefina avanzó.

No llevaba documentos.

No llevaba una grabación.

Llevaba algo mucho más simple.

La réplica.

La misma que Jimena tenía puesta.

O, mejor dicho, la parte interior que Josefina había conservado al reconstruir el frente.

Una sección de seda todavía mostraba la mancha oscura del vino.

—Yo le pedí a Nadia que se probara el original —dijo Josefina—. Necesitaba recuperar la caída correcta para reparar esto. Ella se negó primero. Yo insistí.

Aurelio apretó la mandíbula.

—Eso no cambia el hecho de que lo llevaba puesto.

—Cambia la mentira de que lo tomó sin permiso —respondió Josefina.

Jimena giró hacia su padre.

—Papá, ya déjalo.

Aurelio no la escuchó.

Ese fue su error.

Porque hasta ese momento todavía podía fingir que intentaba protegerla.

En cambio, señaló a Nadia.

—Todo esto existe porque alguien olvidó cuál es su lugar.

Jimena cerró los ojos un instante.

Gabriel habló entonces.

—No. Todo esto existe porque tú llevas años creyendo que puedes decidir el lugar de los demás.

Aurelio lo miró.

—Ten cuidado.

—He tenido demasiado cuidado contigo.

La recepción había dejado de parecer una recepción.

Pero Gabriel no dio ningún discurso heroico.

No anunció una venganza.

Dijo algo mucho más costoso.

—No habrá compromiso con Jimena.

Aurelio miró alrededor como si esperara que la presencia de otras personas obligara a Gabriel a corregirse.

—No sabes lo que estás tirando por la borda.

—Sí sé.

—Tu abuela entendía lo que significan las alianzas.

Gabriel miró el retrato de Victoria al fondo del salón.

—Mi abuela también entendía la diferencia entre una alianza y una rendición.

Jimena dio un paso hacia él.

—Yo tampoco acepté ningún compromiso.

La frase cambió la escena por segunda vez.

Aurelio se volvió hacia su hija.

—Jimena.

—Tú organizaste esto. Tú empezaste a hablar de fechas. Tú dijiste que Gabriel terminaría aceptando porque no iba a dejarte en ridículo delante de todos.

Aurelio bajó la voz.

—Hablamos en casa.

—No.

Jimena se quitó una de las mangas de la réplica con cuidado.

Josefina corrió para ayudarla antes de que rompiera la costura reparada.

Entre las dos soltaron los broches.

Jimena salió del vestido detrás de un biombo cercano y regresó con la ropa que había llevado debajo para las pruebas finales.

Después tomó la réplica entre las manos.

Durante unos segundos, Nadia creyó que se la devolvería a Josefina.

No lo hizo.

Caminó hasta Nadia.

—Yo tiré el vino —dijo.

Aurelio pronunció su nombre otra vez.

Jimena siguió hablando.

—No lo hice para montar todo esto. Estaba enojada. Quería avergonzarte. Cuando mi padre recibió la foto, me dijo que por fin tenía algo con qué obligar a Gabriel a dejar de resistirse.

Nadia la observó.

No sintió triunfo.

Solo cansancio.

—Y tú lo dejaste hacerlo.

Jimena tragó saliva.

—Sí.

No pidió que la perdonaran.

No habría servido.

Le entregó la réplica manchada a Nadia.

El objeto que la noche anterior había sido usado para culparla cambió de manos frente a todos.

Nadia la sostuvo apenas unos segundos.

Luego se la dio a Josefina.

—Esto es suyo —dijo—. Usted sabe qué hacer con él.

Aurelio se marchó antes de que terminara la recepción.

No salió derrotado de manera espectacular.

Salió furioso porque nadie siguió el guion que había preparado.

Y eso resultó peor para él.

Durante años había confundido obediencia con respeto.

Aquella noche descubrió que eran cosas distintas.

La fotografía terminó circulando de todos modos.

Pero ya no llevaba una sola versión.

Quienes habían estado presentes sabían por qué Nadia tenía puesto el vestido.

Sabían quién había derramado el vino.

Y sabían que no existía compromiso alguno.

Gabriel pudo haber exigido que eliminaran la imagen.

Nadia le pidió que no lo hiciera.

—No quiero pasar el resto de mi vida tratando de borrar una foto en la que no hice nada malo.

Él la miró durante un momento.

—Está bien.

—Y otra cosa.

—Dime.

Nadia respiró hondo.

—No quiero seguir siendo tu asistente.

Esa respuesta sí lo sorprendió.

Pero Nadia ya había pensado en ello durante todo el día.

Durante cuatro años había organizado reuniones que ella entendía mejor que algunos de los hombres sentados en ellas.

Había conocido los nombres de empleados que los directivos olvidaban.

Había corregido errores antes de que llegaran a Gabriel y resuelto problemas que nunca figuraban en su puesto.

Y aun así, alrededor de aquella familia, seguían reduciéndola a café, agendas y favores.

—No te estoy pidiendo que me asciendas por lo de anoche —aclaró—. Te estoy diciendo que ya no voy a hacer trabajo que nadie reconoce mientras mi puesto sirve para que gente como Aurelio decida cuánto valgo.

Gabriel tardó en responder.

—Tienes razón.

—Eso no es una oferta.

—No. Es una deuda pendiente. La oferta te la haré cuando pueda describir el puesto correctamente y pagarlo como corresponde. Y podrás decir que no.

Nadia asintió.

Eso sí le pareció distinto.

No gratitud.

No rescate.

Una negociación.

Semanas después aceptó dirigir la coordinación operativa de varias áreas que, en la práctica, ya llevaba años conectando desde su escritorio.

Dejó de reportar directamente a Gabriel.

El cambio fue incómodo para más de una persona.

También fue concreto.

Su nombre apareció donde antes aparecía solo como contacto administrativo.

Tuvo autoridad para tomar decisiones que antes ejecutaba sin crédito.

Y cuando alguien volvió a pedirle café durante una reunión, Nadia señaló tranquilamente la mesa donde estaban las tazas.

—Está ahí.

Nada más.

No necesitó convertirlo en un momento memorable.

Dos meses después, Josefina la llamó para pedirle que pasara por la casa.

La vitrina estaba abierta otra vez.

Dentro estaba el vestido original de Victoria, limpio y cuidadosamente acomodado.

A un lado se encontraba la réplica reparada.

No perfecta.

Reparada.

—Pensé que la tirarían —dijo Nadia.

—Las cosas dañadas no siempre se tiran —respondió Josefina—. A veces solo hay que dejar de fingir que nunca les pasó nada.

Nadia sonrió.

En la base de la vitrina había una fotografía nueva.

No era la que Aurelio había mandado tomar.

Era una imagen antigua de Victoria.

Nadia se acercó.

Victoria aparecía de pie con el mismo vestido azul oscuro.

No tenía la cintura diminuta que las historias familiares parecían recordar.

Tenía hombros fuertes.

Caderas amplias.

El mismo espacio firme que Nadia había pasado media vida intentando reducir en sí misma.

—Encontré esta foto entre las cosas guardadas con el vestido —explicó Josefina—. Pensé que debía estar aquí.

Nadia la observó durante varios segundos.

—Se parece a mí.

Josefina negó suavemente con la cabeza.

—Tú te pareces a ti. Lo importante es que ya puedes verlo.

Nadia soltó una risa corta.

Aquella frase le gustó más que cualquier cumplido sobre su cuerpo.

Gabriel entró al salón unos minutos después.

Se detuvo al verlas frente a la vitrina.

Durante esos dos meses habían mantenido una distancia cuidadosa.

No por falta de algo entre ellos.

Precisamente porque ambos habían notado que sí había algo.

Gabriel había sido su jefe directo durante cuatro años.

Nadia no quería que la noche del vestido se convirtiera en otra historia donde alguien decidía por ella qué significaba estar cerca de un hombre poderoso.

Él tampoco.

Así que esperaron.

Hablaron de trabajo cuando había que hablar de trabajo.

Se vieron en reuniones.

Discutieron presupuestos.

Una vez se pelearon durante veinte minutos por una ruta de distribución y Nadia salió todavía más segura de que no quería enamorarse de alguien que podía ser tan terco.

Tres días después se descubrió sonriendo al recordar la discusión.

Eso la molestó todavía más.

Gabriel se acercó a la vitrina.

—Josefina dice que ya puedo volver a guardar esto sin que alguien organice una guerra alrededor.

—No prometas demasiado.

Él sonrió.

Luego miró la fotografía de Victoria.

—Mi familia convirtió ese vestido en una prueba que ninguna mujer podía aprobar.

—Yo lo aprobé sin saber que estaba presentando examen.

—Ese es el problema.

Nadia lo miró.

Gabriel metió las manos en los bolsillos.

Por primera vez desde que ella lo conocía, parecía nervioso al pedir algo sencillo.

—¿Quieres cenar conmigo el viernes?

Nadia levantó una ceja.

—¿Es una reunión?

—No.

—¿Hay agenda?

—Espero que no.

—¿Tengo que llevar café?

Gabriel negó con la cabeza.

—Puedo conseguir el mío.

Nadia dejó que sufriera dos segundos más.

—Entonces sí.

La primera cena no terminó con una declaración.

La segunda tampoco.

Eso fue lo que más le gustó.

Nadie anunció nada por ellos.

Nadie organizó una recepción.

Nadie convirtió una fotografía en un contrato.

Meses después, cuando su relación dejó de ser una posibilidad y se volvió algo que ambos habían elegido, Gabriel preguntó si ella quería mantenerla privada por más tiempo.

Nadia pensó en la primera imagen que habían tomado de ella sin permiso.

Pensó en Aurelio tratando de decidir lo que aquella fotografía significaba.

Pensó en Jimena usando la réplica para cumplir un papel que tampoco había elegido realmente.

Y pensó en Victoria convertida durante cuarenta años en una tradición que nadie se había detenido a cuestionar.

—No quiero esconderme —respondió—. Pero tampoco quiero convertirme en anuncio.

Gabriel entendió.

Así que no hubo presentación formal.

No hubo vestido heredado.

No hubo fotografía cuidadosamente preparada bajo el retrato de Victoria.

La gente se enteró poco a poco, como suele enterarse de las cosas que ocurren de verdad.

Porque llegaron juntos a una comida.

Porque él la esperaba al terminar una reunión.

Porque una tarde Nadia dejó su bolsa sobre el asiento delantero del auto de Gabriel sin preguntar si podía ocuparlo.

Ese detalle habría parecido insignificante para cualquiera.

Para ella no lo era.

Un año antes todavía se disculpaba al pasar junto a alguien aunque hubiera espacio suficiente.

Todavía compraba ropa pensando primero en qué partes de su cuerpo podía esconder.

Todavía creía que ocupar menos espacio era una forma de caer mejor.

Ahora sabía otra cosa.

El vestido de Victoria permaneció en la vitrina.

Nadia nunca volvió a ponérselo.

No lo necesitaba.

La réplica reparada tampoco fue destruida.

Josefina la conservó como referencia de costura, con una pequeña sección interior donde todavía podía distinguirse la sombra de la mancha que no había salido por completo.

Jimena dejó de permitir que su padre organizara su vida social.

No se volvió amiga de Nadia.

Tampoco hacía falta.

Meses después coincidieron en una comida y Jimena se acercó antes de marcharse.

—Debí decir la verdad desde el principio —admitió.

Nadia sostuvo su mirada.

—Sí.

Jimena pareció esperar que agregara algo.

No lo hizo.

Algunas disculpas merecen ser escuchadas.

No todas compran reconciliación.

Aurelio siguió intentando acercarse a ciertos negocios de los Leal, pero ya no mediante un compromiso que solo existía en su propia cabeza.

Gabriel estableció límites más claros y dejó de asistir a reuniones cuyo único propósito era negociar relaciones personales como si fueran activos.

Perdió contactos por eso.

También perdió oportunidades.

No fingió que el costo no existía.

Pero, por primera vez, el costo era suyo y la decisión también.

Una tarde de mayo, casi un año después de la noche del vino, Nadia llegó a la casa para una reunión de trabajo.

Hacía calor.

Mucho.

Entró con una blusa de mangas cortas.

Nada encima.

Ni suéter amplio.

Ni saco usado como escondite.

Al pasar por el salón vio la vitrina y se detuvo.

Dentro, el vestido azul descansaba debajo de la fotografía de Victoria.

La puerta estaba cerrada.

La seda no había cambiado.

La que había cambiado era ella.

Gabriel apareció desde el corredor con dos tazas.

Le ofreció una.

Nadia la tomó.

—¿Café?

—Sí.

—Mira nada más. Cuatro años tardaste en aprender.

Gabriel levantó su propia taza.

—Soy lento.

Nadia comenzó a caminar hacia la sala de juntas.

Al pasar junto a él, ninguno tuvo que hacerse a un lado demasiado.

Había espacio suficiente.

Esta vez Nadia lo sabía.

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