Elio apenas podía mantenerse consciente cuando Bruno entró a la habitación. Ginevra seguía sujetándolo de la camisa, manteniéndolo lejos de la ventana rota, y no estaba dispuesta a entregarlo a cualquiera. Había pasado menos de una hora desde que se habían casado y, sin embargo, ya había aprendido algo que no esperaba: el hombre que acababa de despreciarla ahora dependía de ella para seguir con vida.
Bruno dio un paso hacia ellos.
—¿Qué pasó?

Ginevra no respondió de inmediato. Miró primero a Elio.
Él tenía una mano sobre la herida y respiraba con dificultad. La camisa blanca que había usado para casarse con ella estaba manchada y arrugada. Su expresión seguía siendo dura, pero la seguridad con la que había hablado durante toda la noche había desaparecido.
—Te dije que solo Bruno —murmuró Elio.
Ginevra recordó esas palabras.
No sabía si podía confiar en ellas.
Tampoco sabía si Bruno era realmente quien decía ser.
Así que no soltó a Elio.
—Cierra la puerta —ordenó ella.
Bruno la miró con sorpresa, pero obedeció.
Entonces Ginevra señaló a Elio.
—Necesita ayuda.
—Ya lo veo.
—Y nadie más entra hasta que él me diga que puede hacerlo.
Bruno miró a su jefe.
Elio asintió débilmente.
Solo entonces Ginevra permitió que Bruno se acercara.
Entre los dos lograron apartar a Elio de la ventana. Bruno se agachó junto a él y revisó rápidamente la herida mientras Ginevra mantenía la presión sobre la camisa.
—¿Dónde está el médico? —preguntó ella.
—Viene en camino.
—Que venga rápido.
Bruno levantó la mirada.
—Señora Vieira, hay hombres afuera.
Ginevra entendió que el ataque no había terminado.
La mansión estaba llena de personas que podían estar trabajando para Elio, para los Santoro o para alguien que todavía no conocían. Los disparos habían apagado las luces y convertido una celebración familiar en una trampa.
Y ella acababa de descubrir que no podía saber quién estaba de su lado.
Bruno volvió a mirar a Elio.
—¿Quién hizo esto?
Elio cerró los ojos durante un instante.
—No lo sé.
Ginevra lo observó.
Era la primera vez que escuchaba esas palabras de su boca.
No lo sé.
El hombre que había decidido su futuro con la misma frialdad con la que negociaba rutas y puertos no tenía una respuesta.
Pero todavía había algo más.
Algo que Ginevra no podía sacar de su cabeza.
Antes de que Bruno entrara, Elio le había sujetado la muñeca.
Y había dicho algo que hizo que Bruno cambiara de expresión.
Ginevra miró a los dos hombres.
—¿Qué te dijo?
Bruno no contestó.
—Bruno.
El hombre tragó saliva.
—Me pidió que no dejara que nadie la sacara de esta habitación.
Ginevra frunció el ceño.
—¿A mí?
Elio abrió los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
Elio tardó unos segundos en responder.
—Porque si entraron hasta aquí, no venían solamente por mí.
La frase cambió todo.
Ginevra dejó de pensar únicamente en la herida de Elio.
Pensó en su padre.
En las rutas del sur.
En los puertos.
En los Santoro.
En el matrimonio que supuestamente debía asegurar una alianza.
Y en algo todavía más inquietante: si alguien había esperado hasta la noche de la boda para atacar, quizá la boda no había sido solamente una negociación entre dos familias.
Quizá alguien había estado esperando que todos estuvieran reunidos en un mismo lugar.
Bruno se levantó.
—Voy a revisar el pasillo.
—No —dijo Ginevra.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—Si Elio dijo que no deje entrar a nadie, tú tampoco te vas.
Bruno miró a su jefe.
Elio hizo un pequeño gesto afirmativo.
Bruno regresó junto a ellos.
Ginevra no sabía qué pensar de esa obediencia.
Hacía unas horas, ella había llegado a aquella mansión como una joven obligada a convertirse en esposa para proteger a su familia.
Ahora estaba tomando decisiones dentro de la habitación del hombre que acababa de casarse con ella.
Y nadie parecía dispuesto a cuestionarla.
Ni siquiera Elio.
Eso la desconcertó más que los disparos.
Cuando por fin llegó el médico, Bruno abrió la puerta solamente después de identificarlo. Ginevra permaneció cerca de Elio mientras revisaban la herida.
El médico le pidió espacio.
Ella retrocedió unos pasos, pero no salió.
Elio seguía consciente.
Cada tanto, sus ojos buscaban los de ella.
No había ternura en aquella mirada.
Todavía no.
Había algo distinto.
Una especie de reconocimiento.
Como si por primera vez estuviera viendo a la mujer con la que se había casado y no solamente al apellido que llevaba.
Ginevra no quería darle importancia.
Recordaba perfectamente sus palabras.
No la quiero.
Nunca la quise.
Puede hacer lo que quiera en el ala este.
Solo necesito que se mantenga fuera de mis asuntos.
Tendremos un heredero y la alianza se mantendrá.
No había forma de borrar aquello porque unas horas después él hubiera necesitado su ayuda.
Así que cuando el médico terminó de atenderlo, Ginevra no se acercó con dulzura.
Se quedó de pie al otro lado de la habitación.
—¿Va a vivir?
El médico asintió.
—Si descansa y no hay complicaciones, sí.
Ginevra respiró por primera vez con algo de alivio.
Elio cerró los ojos.
Bruno se encargó de que el médico pudiera salir con seguridad y después regresó.
—Tenemos que moverlo.
—¿A dónde?
—A una habitación interior.
Ginevra miró a Elio.
—¿Puede caminar?
—Con ayuda.
Entre Bruno y Ginevra consiguieron levantarlo.
Elio apoyó una mano sobre el hombro de Bruno, pero cuando intentó dar el primer paso, sus piernas fallaron.
Ginevra reaccionó antes de pensarlo.
Lo sostuvo.
Elio se apoyó en ella.
Durante un instante quedaron demasiado cerca.
Ginevra recordó que unas horas antes él había dicho que no pensaba tocarla esa noche.
Ahora era ella quien impedía que cayera.
—No confundas esto con perdón —dijo ella.
Elio respiró con dificultad.
—No lo hago.
—Bien.
—Pero tampoco voy a olvidar que me salvaste.
Ginevra lo miró.
—No lo hice por ti.
Elio no respondió.
Ella tampoco explicó por qué lo había hecho.
Quizá porque no podía permitir que alguien muriera frente a ella.
Quizá porque, aunque lo odiaba por haber aceptado aquel matrimonio como un negocio, todavía no era capaz de abandonar a una persona herida.
O quizá porque una parte de ella necesitaba demostrar que aquella noche no había perdido completamente el control de su propia vida.
Lo ayudaron a llegar a una habitación interior.
Bruno cerró las cortinas.
Ginevra observó la ventana desde lejos.
El agujero en el vidrio seguía allí.
Era la primera señal visible de que su boda había terminado de convertirse en otra cosa.
No habría noche de bodas.
No habría celebración privada.
No habría oportunidad de fingir que todo podía comenzar normalmente al día siguiente.
Había un ataque.
Había una alianza en peligro.
Y había una pregunta que ninguno de ellos podía responder.
¿Quién había disparado?
Durante la madrugada, la mansión se llenó de hombres que revisaban entradas, habitaciones y pasillos. Ginevra no reconocía a la mayoría.
Eso hizo que confiara todavía menos.
Se sentó en una silla cerca de la puerta mientras Elio descansaba.
Bruno permaneció de pie junto a la pared.
—¿Tu padre sabía que habría un ataque? —preguntó Elio de pronto.
Ginevra levantó la mirada.
—No.
—¿Estás segura?
—No metas a mi padre en esto.
—Ya está metido.
—Por el matrimonio.
—Por las rutas.
Ginevra sostuvo su mirada.
—Entonces explícame algo.
Elio esperó.
—Si sabías que casarte conmigo era una cuestión de rutas, ¿por qué dijiste que necesitabas que yo estuviera fuera de tus asuntos?
Elio tardó en responder.
—Porque quería mantenerte fuera de ellos.
—Eso no es lo mismo.
—No.
—Entonces dime la verdad.
Elio desvió la mirada.
—No puedo.
Ginevra soltó una risa breve, sin humor.
—Qué conveniente.
—No es por conveniencia.
—¿Entonces por qué?
Elio no contestó.
Bruno miró hacia la puerta.
Ginevra entendió que la conversación había terminado.
Pero algo había cambiado.
Elio ya no hablaba como el hombre que había esperado que ella obedeciera sin hacer preguntas.
Y ella ya no estaba dispuesta a aceptar respuestas incompletas.
Al amanecer, la noticia del ataque ya había llegado a los miembros principales de ambas familias.
El matrimonio Vieira-Moretti, que había sido presentado como una señal de estabilidad, ahora parecía una declaración de guerra.
El padre de Ginevra llegó antes del desayuno.
Ella lo vio entrar por el pasillo y sintió que el mismo nudo que había tenido en el estómago el día de la boda regresaba.
—Ginevra.
Ella no corrió hacia él.
—¿Sabías algo?
Su padre se detuvo.
—¿De qué hablas?
—Del ataque.
—No.
—¿Los Santoro?
Él negó con la cabeza.
—No tenemos pruebas.
Ginevra observó su rostro.
Por primera vez, no quiso creer automáticamente todo lo que él decía.
Había aprendido demasiado en una sola noche.
Las alianzas podían ser contratos.
Los matrimonios podían ser estrategias.
Y las palabras podían ocultar cosas que una persona jamás diría en voz alta.
—Quiero volver a casa —dijo.
Su padre la miró con dureza.
—No puedes.
Ginevra sintió que algo dentro de ella se acomodaba.
Era la misma respuesta que había escuchado seis meses antes.
No puedes.
No tienes opción.
La familia necesita esto.
Pero esta vez no estaba sola en una mesa del comedor.
Estaba en la mansión de su esposo.
Había sobrevivido a una noche de disparos.
Había visto a un hombre caer frente a ella.
Y había sido ella quien decidió salvarlo.
—Sí puedo —respondió.
Su padre la miró fijamente.
Antes de que pudiera contestar, una voz llegó desde la habitación.
—Tiene razón.
Era Elio.
Seguía débil, pero estaba de pie.
Ginevra volteó.
Su padre también.
Elio se acercó despacio.
—Puede irse si quiere.
Ginevra no esperaba escucharlo.
Su padre tampoco.
—Elio —dijo él—, el acuerdo…
—El acuerdo no significa que pueda retenerla.
Ginevra sintió una extraña presión en el pecho.
No porque él la estuviera defendiendo.
Sino porque esa era la primera vez que alguien dentro de aquella familia hablaba de su decisión como si realmente le perteneciera.
Su padre apretó la mandíbula.
—Si ella se va, la alianza queda rota.
Elio lo miró.
—Entonces quedará rota.
Bruno, que estaba detrás de él, bajó la mirada.
Ginevra no dijo nada.
Aquella frase tenía un precio.
Elio acababa de poner en riesgo la misma alianza que había utilizado para justificar el matrimonio.
Pero Ginevra tampoco olvidó algo más.
El hombre que acababa de hacer eso era el mismo que había dicho que nunca la había querido.
Todavía no sabía qué significaba aquella contradicción.
Y no estaba dispuesta a convertirla en amor solo porque sonaba mejor que la verdad.
Entonces Bruno entró con un sobre.
No dijo de dónde lo había sacado.
Solo se lo entregó a Elio.
Elio lo abrió.
Leyó la primera página.
Su expresión cambió.
Ginevra se dio cuenta de inmediato.
—¿Qué es?
Elio levantó la mirada.
—La persona que ordenó el ataque conocía el horario de nuestra boda.
—Eso no es posible.
—Sí lo es.
—¿Quién tenía esa información?
Elio miró a Bruno.
Luego a Ginevra.
Y finalmente a su padre.
—Las personas que sabían exactamente cuándo estaríamos solos en la suite.
El padre de Ginevra dio un paso hacia él.
—Estás acusándome.
—No.
Elio dejó el documento sobre la mesa.
—Todavía no estoy acusando a nadie.
Ginevra se acercó.
No tocó el papel.
Solo miró a Elio.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Elio sostuvo su mirada.
—Que anoche alguien intentó matar al hombre equivocado.
Ginevra sintió que se le helaban las manos.
—¿Qué quieres decir?
Elio respondió con una calma distinta a la de la noche anterior.
—Que quizá el objetivo nunca fui yo.
Ginevra miró hacia la ventana rota.
Por primera vez entendió por qué Elio había insistido en que ella no saliera de la habitación.
El ataque podía haber sido una advertencia.
Pero también podía haber sido un intento de eliminar a la única persona cuya presencia cambiaba el equilibrio entre las familias.
Ella.
La novia.
La hija de Vittorio Moretti.
La mujer que controlaba, a través de su apellido, una parte de las rutas que todos estaban tratando de proteger.
Ginevra dio un paso atrás.
El matrimonio que había considerado una condena podía ser también la razón por la que alguien quería verla muerta.
Y de pronto comprendió que volver a casa no significaba necesariamente estar a salvo.
Su padre la observaba.
Elio también.
Bruno esperaba una orden.
Ginevra miró otra vez el documento sobre la mesa.
Después recordó la frase que Elio había dicho la noche anterior.
No la quiero.
Nunca la quise.
Aquellas palabras seguían doliendo.
Pero ahora había una pregunta mucho más urgente.
Si Elio realmente no la quería cerca, ¿por qué había arriesgado la alianza para impedir que alguien la sacara de aquella mansión?
Ginevra no tenía la respuesta.
Todavía.
Pero ya no pensaba esperar a que otros decidieran por ella.
Tomó el sobre de la mesa.
Elio no intentó detenerla.
—Voy a leerlo —dijo.
—Lo sé.
—Y después voy a hacer mis propias preguntas.
Elio asintió.
—También lo sé.
Ginevra abrió el documento.
La primera línea contenía un nombre.
Y ese nombre no pertenecía a los Santoro.
Tampoco a un enemigo desconocido.
Pertenecía a alguien que había estado presente en la boda desde el principio.