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thuytram-El Millonario Entró A Casa De Su Ex Y Descubrió Un Secreto De Ocho Meses-thuytram

Sebastián Alcázar había imaginado ese momento durante ocho meses.

Había acumulado preguntas, enojo y una culpa que no sabía cómo enfrentar.

Pensaba que cuando volviera a ver a Renata tendría una lista completa de palabras preparadas, explicaciones pendientes y reclamos guardados.

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Pero cuando abrió la puerta de aquella pequeña casa y la vio en medio de la sala, todo desapareció.

Renata no estaba como él la recordaba.

No llevaba ropa elegante ni estaba rodeada del mundo empresarial donde ambos se habían conocido.

Solo tenía una camiseta sencilla, el cabello recogido de cualquier manera y una bebé dormida entre sus brazos.

Una manta amarilla cubría a la pequeña mientras Sebastián permanecía inmóvil mirando aquella escena que no podía encajar con la historia que se había contado durante meses.

Primero miró a la niña.

Después miró a Renata.

Y comenzó a hacer cuentas en silencio.

Ocho meses.

El tiempo exacto desde la última vez que se habían visto.

—¿De quién es? —preguntó finalmente.

Pero la pregunta salió acompañada de algo que Renata pudo notar: él ya sospechaba la respuesta.

Ella abrazó un poco más fuerte a la bebé.

—Deberías sentarte.

Esa frase cambió todo.

Porque tres años antes, ninguno de los dos habría imaginado terminar en esa habitación.

Renata Villaseñor había crecido entre plantaciones de cacao en Tabasco, dentro de una familia que había dedicado generaciones a mantener Cacao Villaseñor, una empresa pequeña pero importante para cientos de productores de la región.

Su vida parecía encaminada hacia otro lugar.

Había estudiado gastronomía y administración de alimentos en Ciudad de México y tenía una oportunidad laboral en un hotel de Cancún.

Pero decidió regresar cuando su padre enfermó y el negocio familiar empezó a caer.

Un cargamento perdido, una póliza mal contratada y un acuerdo firmado sin comprender todas sus consecuencias dejaron a la empresa al borde de desaparecer.

La deuda estaba en manos de Grupo Alcázar, uno de los grupos más poderosos del sector de alimentos y hoteles.

Solo tenían 90 días para encontrar una solución.

—Yo iré a Ciudad de México —dijo Renata.

Su padre intentó detenerla.

—Esa gente no negocia con nosotros.

Ella respondió sin dudar.

—Entonces tendrán que empezar.

Llegó a las oficinas del grupo con una carpeta, una computadora y varias noches sin dormir.

Don Gonzalo Alcázar escuchó su propuesta durante quince minutos.

—Tus números son buenos.

Renata pensó que había conseguido avanzar.

—Entonces tenemos un acuerdo.

Pero el empresario todavía tenía otra condición.

—No todavía. Tengo otro problema.

Ese problema tenía nombre y apellido: Sebastián Alcázar.

El heredero del grupo tenía 34 años y una reputación construida alrededor de la distancia, la disciplina y una imagen imposible de romper.

Después de perder a su madre se había cerrado emocionalmente y rechazaba cualquier intento familiar de decidir su futuro.

Además, estaba enfrentado con su propio padre por decisiones dentro del negocio que consideraba equivocadas.

Don Gonzalo pensó que podía resolver dos conflictos con una sola propuesta.

Un matrimonio.

Renata creyó que había escuchado mal.

—¿Con quién?

—Con mi hijo.

La propuesta era sencilla: dos años de matrimonio, la deuda desaparecía y Cacao Villaseñor conservaba sus instalaciones y contratos.

Renata salió molesta.

Pero esa noche recordó a las familias que dependían del negocio.

Recordó a su padre.

Recordó las tierras donde había crecido.

Al día siguiente aceptó conocer a Sebastián.

Lo encontró frente a una ventana en una oficina de Polanco.

—Así que tú eres la mujer con la que mi padre quiere que me case —dijo él.

Renata no bajó la mirada.

—Soy la mujer que vino a renegociar una deuda. La boda fue idea de su padre.

Ella esperaba arrogancia.

Encontró cansancio.

Entonces puso sus condiciones.

Habitaciones separadas.

Su trabajo seguiría siendo suyo.

Ninguno interferiría en la vida del otro.

No habría hijos.

Y si aparecía un problema real, hablarían antes de buscar abogados.

Sebastián aceptó.

Diez días después se casaron por lo civil.

Sin flores.

Sin música.

Sin amor.

La primera noche, Renata llegó al enorme departamento de Sebastián con una sola maleta.

Observó los espacios perfectos, los ventanales y aquella sensación de lugar sin vida.

—Es muy…

—Frío —terminó él.

Ella corrigió:

—Iba a decir deprimente.

Por primera vez, Sebastián casi sonrió.

Durante semanas apenas coincidieron.

Hasta que una noche Renata preparó chocolate de metate, pan de cacao y mole con ingredientes enviados por su padre.

Sebastián llegó tarde y se detuvo en la cocina.

—¿Qué es ese olor?

—Comida que sí sabe a algo.

—Eso sonó como un insulto.

—Porque lo era.

Él probó el plato.

Y por primera vez habló de su madre.

Dijo que de niño había comido algo parecido.

Renata no intentó obligarlo a explicar más.

Simplemente sirvió otra porción y dejó que el momento existiera.

Después de esa noche, algo comenzó a cambiar.

El contrato seguía vigente.

Las habitaciones continuaban separadas.

La regla de no tener hijos seguía siendo la más clara.

Pero Sebastián empezó a volver antes.

Empezó a aparecer en la mesa.

Empezó a conocer la parte de Renata que no estaba escrita en ningún acuerdo.

Y ella comenzó a descubrir al hombre que se escondía detrás de un apellido poderoso.

Lo que debía durar solamente dos años empezó a sentirse diferente.

Ninguno quiso ponerle nombre.

Pero alguien más sí lo notó.

Una persona que llevaba años esperando convertirse en la esposa de Sebastián fue la primera en entender que aquel matrimonio falso estaba dejando de ser falso.

Y no pensaba quedarse mirando.

Porque mientras Renata y Sebastián intentaban ignorar lo que estaba creciendo entre ellos, una amenaza empezó a acercarse desde el lugar donde menos esperaban.

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