Víctor Ledesma acababa de preguntar por la parte cerrada de la casa, precisamente la zona donde Adrián había descubierto que Lucas y Martín volvían a comer cuando dormían lejos de sus recámaras.
La pregunta parecía sencilla.
No lo era.

Adrián sostuvo el teléfono sin responder durante unos segundos.
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó finalmente.
Víctor tardó un instante en contestar.
—Porque yo supervisé esa remodelación. Si hay una falla en la ventilación, necesito saber qué encontraron antes de que alguien toque algo.
Adrián miró hacia la sala donde Elena permanecía con los gemelos.
Ella no había escuchado toda la conversación, pero vio la expresión de Adrián y comprendió que algo acababa de cambiar.
Hasta ese momento, la rejilla era una sospecha.
Ahora también era una pregunta que alguien dentro de la casa quería controlar.
—No toques nada —repitió Adrián—. Yo me encargo.
—Adrián, si esa instalación lleva casi dos años así, quizá no tenga nada que ver con los niños.
Fue la primera frase que le hizo levantar la mirada.
Víctor no había preguntado qué había pasado con los niños.
No había preguntado si estaban mejor.
Había hablado de la instalación.
Y había dicho «casi dos años» sin que Adrián mencionara cuánto tiempo llevaba la remodelación.
Adrián terminó la llamada.
Elena se acercó.
—¿Sabía cuánto tiempo llevaba la obra?
—La supervisó él.
—Eso no explica cómo sabía que había un problema.
Adrián no respondió.
En ese momento, Martín salió de la habitación acompañado por su hermano.
Lucas llevaba un plato pequeño entre las manos.
—Papá, ¿podemos comer aquí otra vez?
Adrián miró el plato.
Era una petición sencilla, pero durante meses había esperado escuchar algo parecido y nunca había ocurrido.
—Sí —dijo.
Lucas se sentó.
Martín hizo lo mismo.
Elena permaneció de pie unos segundos, observándolos.
No quería convertir aquella mejoría en una explicación antes de tener una causa.
Pero ya había una diferencia que nadie podía negar.
Cuando estaban en esa ala de la casa, los niños perdían el apetito, la fuerza y la concentración.
Cuando dormían lejos de allí, pedían comida.
Eso no demostraba qué había en la rejilla.
Demostraba algo más importante: el lugar importaba.
Adrián volvió al despacho.
Su abogado seguía esperando con la carpeta de Lucía sobre la mesa.
Los dos nombres continuaban allí.
El abogado los había leído, pero todavía no había explicado por qué eran importantes.
—Ahora sí —dijo Adrián—. Dime qué sabes.
El abogado abrió la carpeta con cuidado.
—No sé qué significan todavía. Pero sé que tu esposa no los escribió por casualidad.
Adrián señaló la hoja.
—¿Quiénes son?
—Uno de ellos está relacionado con la casa. El otro aparece en documentos que Lucía conservó por separado.
Adrián se quedó quieto.
—¿Y por qué nunca me habló de ellos?
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
El abogado sacó una segunda hoja.
No era un informe médico.
Tampoco era una carta.
Era una anotación breve, escrita a mano por Lucía.
Adrián reconoció la letra de inmediato.
Solo había una frase.
«Si los niños empiezan a enfermar, no busques primero afuera».
Adrián levantó la vista.
Durante casi dos años había hecho exactamente lo contrario.
Había llevado a sus hijos de un especialista a otro.
Había pagado estudios en distintas ciudades.
Había aceptado hipótesis contradictorias porque necesitaba creer que, en algún lugar, alguien encontraría una explicación.
Nunca había pensado que la respuesta pudiera estar dentro de su propia casa.
El abogado dobló la hoja.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Lucía escribió esto antes de morir.
Adrián tomó aire.
—¿Cuánto antes?
—No lo sé todavía.
—Entonces averígualo.
El abogado asintió.
Pero antes de guardar la carpeta, Adrián recordó algo que Elena había dicho horas atrás.
«Si algo está pasando dentro de esta casa, primero tenemos que saber quién sabe que está pasando».
Y había una persona que acababa de demostrar que sabía demasiado.
Víctor.
Adrián salió del despacho y encontró a Elena en el pasillo.
Ella había llevado a los gemelos a una zona distinta de la casa.
La puerta del ala cerrada permanecía asegurada.
—Quiero que sigan lejos de ahí —dijo Adrián.
—Lo harán.
—Y no quiero que nadie entre.
Elena lo miró.
—¿Ni siquiera el doctor Mena?
Adrián recordó la llamada.
«Deja de investigar si quieres que los niños salgan de esto».
La frase seguía sonando diferente después de haber visto a los niños comer.
—Especialmente él —respondió.
Elena no hizo más preguntas.
Esa tarde, Adrián pidió que nadie moviera nada de la rejilla.
No quería reparaciones.
No quería limpieza.
No quería que alguien desmontara el conducto antes de entender qué estaba buscando.
Pero la casa no permaneció quieta.
Poco después, Elena escuchó pasos en el piso superior.
Se asomó al pasillo.
Uno de los hombres que trabajaban para Adrián estaba frente a la puerta cerrada.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Elena.
El hombre se volvió.
—Víctor me pidió que revisara la ventilación.
Elena no necesitó levantar la voz.
—Adrián dijo que nadie entrara.
El hombre miró la puerta.
Luego bajó las escaleras.
Elena esperó hasta que desapareció.
Después llamó a Adrián.
Cuando él llegó, la puerta seguía cerrada.
Pero la cerradura ya no estaba exactamente como antes.
Alguien había intentado abrirla.
Adrián no dijo nada.
Sacó su teléfono y llamó a Víctor.
Esta vez no hubo explicación larga.
—¿Mandaste a alguien arriba?
—Solo quería asegurarme de que no hubiera peligro.
—Te dije que no tocaras nada.
—Adrián, estás reaccionando como si yo estuviera ocultando algo.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Adrián sintió que la sospecha empezaba a cambiar de dirección.
—¿Dónde estabas cuando se hizo la remodelación?
—En la casa.
—¿Todos los días?
—Prácticamente.
—Entonces dime qué se instaló entre las habitaciones de los niños.
Silencio.
Esta vez duró más.
—No recuerdo los detalles.
Adrián colgó.
Elena lo observó.
—¿Le cree?
—No.
—Yo tampoco.
Más tarde, los gemelos volvieron a pedir comida.
Martín incluso terminó una porción pequeña sin que Elena tuviera que insistir.
Adrián los miró desde la puerta.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba contando cuánto habían comido.
Estaba viendo que querían comer.
Era una diferencia enorme.
Pero no podía permitirse celebrar todavía.
Porque si la casa estaba relacionada con lo que les ocurría, alguien había permitido que el problema continuara durante meses.
Y si Víctor había supervisado la remodelación, la pregunta ya no era solamente qué había en la rejilla.
Era quién había decidido colocarla allí.
Esa noche, el abogado regresó.
Traía una copia de los documentos que Lucía había guardado.
—Encontré una fecha —dijo.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Qué fecha?
—La remodelación comenzó unas semanas antes de que Lucía muriera.
Adrián sintió que la habitación se hacía más pequeña.
—Eso no puede ser.
—Sí puede.
El abogado puso los documentos sobre la mesa.
—Y hay algo más. La autorización de la obra no coincide con la persona que figura como responsable de contratarla.
Adrián leyó la hoja.
El nombre estaba allí.
Uno de los dos nombres que Lucía había dejado dentro de la carpeta.
El otro seguía sin explicación.
—¿Qué hizo Lucía con esta información? —preguntó Adrián.
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué guardó los dos nombres juntos?
El abogado negó lentamente con la cabeza.
—Tal vez porque quería que alguien los relacionara después de su muerte.
Adrián volvió a mirar la anotación.
«Si los niños empiezan a enfermar, no busques primero afuera».
Ahora entendía por qué Lucía había guardado aquella frase.
No era una explicación.
Era una advertencia.
Y todavía faltaba saber a quién iba dirigida.
A la mañana siguiente, Adrián decidió revisar personalmente la parte cerrada de la casa.
No entró solo.
Elena se quedó fuera con los gemelos.
El abogado esperaba abajo.
Adrián abrió la puerta.
El olor dulce y químico seguía allí.
Era débil, pero reconocible.
Caminó hasta las recámaras.
La rejilla estaba entre ambas puertas.
No la tocó.
Solo la observó.
Entonces vio algo que la primera vez había pasado por alto.
Una pequeña marca junto al marco.
No parecía una señal de construcción.
Parecía una reparación reciente.
Adrián llamó al abogado.
—Ven arriba.
Mientras esperaba, escuchó un sonido en el otro extremo del pasillo.
Una puerta.
Alguien acababa de entrar a la casa.
Adrián salió de la habitación.
Era Víctor.
Había llegado sin avisar.
Y llevaba en la mano una llave que Adrián reconoció de inmediato.
No era la llave de la entrada.
Era la llave del ala que acababa de cerrar.
Víctor levantó la mirada.
Por primera vez desde que Adrián lo conocía, no tuvo una explicación preparada.
Adrián miró la llave.
Luego miró a Víctor.
—¿Quién te dio eso?
Víctor apretó la mano alrededor de la llave.
Y antes de responder, hizo algo todavía más inquietante: miró hacia las recámaras de los niños.