La puerta del ático seguía cerrada cuando alguien exigió desde el pasillo que la abrieran en nombre de Vicente.
Clara Serrano no apartó la vista de Gabriel.
El hombre apenas podía mantener los ojos abiertos, pero había conseguido pronunciar un nombre antes de volver a hundirse en la confusión.

Vicente.
La enfermera sostuvo el teléfono con el que había pedido ayuda médica externa y miró a Luis Ferrer.
—No abras.
Luis no respondió.
La llave que acababa de entregarle a Clara seguía en su mano.
Hasta unos minutos antes, todo parecía apuntar a una recuperación complicada después de un disparo.
Gabriel Moretti llevaba tres semanas con fiebre, temblores, debilidad progresiva y episodios de agresividad.
El primer informe decía que la bala había atravesado la zona del hombro izquierdo sin tocar el hueso.
Pero aquella noche Clara había encontrado algo que el informe no explicaba.
Otra cicatriz.
Estaba varios centímetros por debajo de la herida original, reciente y perfectamente suturada.
No seguía la trayectoria del disparo.
Y debajo de esa segunda cicatriz había una pequeña forma dura.
Una cápsula.
Clara no intentó sacarla.
Sabía que tocarla sin conocer qué era podía convertir una sospecha en un problema todavía mayor.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —preguntó.
Luis negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pero sí sabía quién había llevado a Gabriel a una clínica privada días después del disparo.
Vicente Moretti.
El primo de Gabriel había insistido en que todavía quedaba un fragmento del proyectil y que necesitaba otra intervención.
El doctor Adrián Valdés fue quien realizó aquella operación.
El problema era que el primer informe aseguraba que el proyectil había salido del cuerpo.
Clara volvió a mirar la espalda de Gabriel.
La fiebre ya no era el único dato que importaba.
Había una segunda intervención que nadie le había explicado al paciente.
Y había algo colocado bajo la piel que no correspondía con la herida que supuestamente había provocado el disparo.
Entonces recordó la conversación que había escuchado antes.
El padrino de Gabriel hablaba de lo que ocurriría si Gabriel quedaba incapacitado.
«Cuando quede incapacitado, todo pasará a nuestras manos».
No era una frase aislada.
Ahora tenía otro significado.
Si Gabriel no podía decidir por sí mismo, otras personas podrían intentar controlar lo que quedara bajo su nombre.
Luis había contado que las enfermeras anteriores apenas habían conseguido atenderlo.
Una había durado seis horas.
Otra, nueve.
Gabriel había reaccionado con violencia cuando intentaron tocarle el hombro.
La quinta enfermera había estado a punto de marcharse cuando Clara entendió que el problema podía estar más abajo.
No se trataba solamente de un paciente difícil.
Había una parte de su historia médica que faltaba.
Clara tenía treinta y seis años y llevaba once trabajando en urgencias de hospitales públicos y privados.
Había aprendido a separar el poder de una persona de la gravedad de su estado.
Por eso, cuando Luis le preguntó si sabía quién era Gabriel Moretti, ella respondió que en ese momento era un paciente con fiebre.
Después comprobó sus signos.
El pulso estaba cerca de 140.
La saturación era de 86.
La temperatura había llegado a 39,9.
Gabriel respiraba demasiado rápido.
Cuando despertó, reaccionó como si Clara fuera una amenaza.
Le agarró la muñeca.
Luis dio un paso hacia ellos.
Clara lo detuvo.
—Ni se te ocurra.
Gabriel apretó con fuerza.
—¿Quién te manda? —preguntó.
Clara le explicó de dónde venía y qué estaba ocurriendo con su cuerpo.
Él no parecía convencido.
Pero cuando ella le dijo que podía romperle la muñeca o darle diez minutos para averiguar por qué estaba empeorando, Gabriel finalmente la soltó.
Fue entonces cuando mencionó la espalda.
No el hombro.
Más abajo.
Ese detalle cambió la revisión.
Clara pidió que lo giraran.
Luis se opuso al principio.
—Nadie le toca la espalda.
Gabriel, sin embargo, asintió.
Lo giraron con cuidado.
La primera cicatriz estaba donde debía estar si el disparo había atravesado la zona descrita en el informe.
La segunda no.
Clara la examinó sin presionar de más.
La sutura era reciente.
La piel alrededor estaba inflamada.
Y debajo se distinguía una pequeña estructura dura.
—Alguien lo operó dos veces —dijo.
Gabriel abrió los ojos.
—Vicente.
La palabra salió casi sin fuerza.
Pero bastó.
Clara ya tenía una persona relacionada con la segunda intervención y un paciente que señalaba directamente a esa misma persona.
Todavía faltaba saber qué había ocurrido dentro de aquella clínica.
Y, sobre todo, qué era la cápsula.
La respuesta no estaba en el primer informe.
Tampoco en la explicación que Luis había recibido sobre el supuesto fragmento de bala.
Mientras Clara intentaba mantener estable a Gabriel, escuchó que alguien se acercaba nuevamente a la puerta.
Esta vez la voz del pasillo fue más clara.
Querían entrar antes de que llegara el equipo médico externo.
Luis se acercó a la entrada.
Clara mantuvo el teléfono en la mano.
Gabriel apenas podía mantenerse consciente.
Pero todavía había conseguido decir algo importante.
Vicente había estado en la clínica.
El golpe contra la puerta volvió a escucharse.
Luis miró a Clara.
Ella entendió que abrir significaba entregar el control de la habitación justo cuando había aparecido la primera señal de que alguien podía haber manipulado la historia médica de Gabriel.
La llave ya no era solamente una forma de cerrar una puerta.
Era la única barrera inmediata entre Gabriel y quien quisiera recuperar el control de la situación.
Clara la apretó en la mano.
Y decidió mantener la puerta cerrada hasta que llegara la ayuda que había solicitado.
Pero la verdadera pregunta ya no era quién había operado a Gabriel por segunda vez.
Era qué habían colocado bajo su piel y por qué alguien quería que permaneciera oculto.
La respuesta tendría que esperar a que Gabriel pudiera salir de aquel ático sin que nadie volviera a intervenirlo.