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kybie-La Cláusula Que Mauricio Ignoró Podía Cambiar El Destino De La Casa-kybie

La advertencia de la abogada hizo que Octavio cerrara la escritura y dejara de pensar en regresar de inmediato a enfrentar a Mauricio.

Antes de acercarse otra vez a la casa, tenía que entender qué significaba realmente aquella cláusula que Marisela había insistido en conservar años atrás.

Octavio permaneció sentado en la orilla de la cama del hotel, con el documento sobre las piernas y el teléfono en altavoz.

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—Explíqueme qué vio —pidió.

La abogada tardó unos segundos en responder.

No quería darle una interpretación apresurada por teléfono ni convertir una frase de la escritura en una promesa que después no pudiera sostenerse.

Le pidió que leyera lentamente el apartado completo, incluyendo las líneas anteriores y posteriores.

Octavio obedeció.

Mientras pronunciaba aquellas palabras, recordó el día en que él y Marisela habían firmado la donación.

Mauricio estaba impaciente.

Tenía planes para mudarse, hablaba de muebles, de remodelaciones y de comenzar su vida matrimonial sin una deuda encima.

Octavio también estaba emocionado.

Después de 43 años de trabajo en el taller, poder entregar una casa a su único hijo le parecía una forma concreta de demostrar que tantos sacrificios habían valido la pena.

Marisela había sido distinta.

Ella no se opuso a ayudar a Mauricio, pero pidió que quedara por escrito una protección para ambos.

No quería impedir que su hijo viviera ahí.

Quería evitar que, después de entregar el patrimonio, ellos quedaran completamente a merced de una decisión futura de Mauricio.

En aquel momento él se había reído.

—Mamá, como si yo algún día fuera a correrlos.

Marisela no discutió.

Simplemente esperó a que el notario terminara de incluir el apartado y firmó.

Mauricio firmó después.

Sin leerlo completo.

Años más tarde, esa prisa regresaba como el detalle que podía cambiar la situación.

La abogada explicó que la cláusula no significaba que Octavio pudiera presentarse al día siguiente con una llave, sacar las pertenencias de Mauricio y declarar terminada la donación.

Había procedimientos, hechos que debían acreditarse y límites que era necesario respetar.

Pero tampoco era una frase decorativa.

Marisela había conservado derechos sobre el inmueble que Mauricio parecía haber olvidado por completo.

—Lo primero es separar dos asuntos —dijo la abogada—. Una cosa es la propiedad y otra lo que está viviendo tu esposa dentro de esa casa.

Octavio miró las manos con las que había sostenido herramientas durante décadas.

Hasta unas horas antes, su impulso había sido recuperar la casa.

Ahora entendía que la prioridad tenía otro nombre.

Marisela.

—Entonces dígame cómo la saco de ahí.

La abogada le hizo varias preguntas concretas.

¿Marisela podía salir por voluntad propia?

¿Tenía dinero consigo?

¿Conservaba alguna identificación?

¿Tenía acceso a un teléfono?

¿Había dicho expresamente que quisiera quedarse?

Octavio contestó lo que sabía y admitió lo que no.

Sabía que Mauricio tenía la tarjeta de la pensión.

Sabía que había retenido el celular con la excusa de repararlo.

Sabía que Marisela dormía dentro de aquella casa porque la había visto ahí.

Pero todavía no sabía cuánto control ejercían sobre sus documentos, su dinero o sus salidas.

Y había algo peor.

Marisela llevaba meses protegiendo a Mauricio incluso cuando hablaba con su propio esposo.

—Solo un mes más —le repetía.

Octavio había creído que su hijo atravesaba una mala temporada.

Ahora aquella frase sonaba diferente.

No era únicamente paciencia de madre.

También podía ser vergüenza.

Miedo.

O la esperanza de que, si aguantaba un poco más, Mauricio volviera a ser el hijo que ella recordaba.

La abogada le pidió que no discutiera todavía sobre la escritura con Mauricio.

Si él desconocía el alcance de la cláusula, anunciarla antes de tiempo solo podía darle oportunidad de anticiparse, presionar a Marisela o intentar construir otra versión de los hechos.

—Primero necesitas hablar con ella sin él enfrente —dijo.

Esa parte parecía sencilla.

No lo fue.

Octavio llamó al número de Mauricio esa misma noche.

Su hijo contestó después de varios tonos.

—¿Qué quieres?

—Hablar con tu madre.

—Está ocupada.

—Son casi las diez.

—Pues aquí tenemos cosas que hacer.

Octavio apretó el teléfono, pero recordó la advertencia de la abogada.

No mencionó la cláusula.

No mencionó la tarjeta.

No mencionó el celular desaparecido.

Solo dijo:

—Pásamela.

Mauricio soltó una risa breve.

—Ya te dije que está ocupada.

Entonces se escuchó algo al fondo.

La voz de Marisela.

No alcanzó a entender las palabras, pero la reconoció.

Octavio se incorporó.

—Marisela, soy yo.

La llamada terminó.

Así de rápido.

Octavio volvió a marcar.

Mauricio rechazó la llamada.

Marcó una segunda vez.

Nada.

A la tercera, el teléfono ya parecía apagado.

Octavio sintió el impulso de tomar las llaves del automóvil y regresar a la privada.

No lo hizo.

Llamó de nuevo a la abogada y le contó exactamente lo ocurrido.

Ella le recordó algo que él llevaba horas pasando por alto: aquella mañana había visto a Marisela frente a frente.

Había visto sus manos dañadas.

Había visto sus rodillas.

Había escuchado a Mauricio ordenarle que regresara a limpiar.

No necesitaba provocar otra escena para convencerse de que algo estaba mal.

Necesitaba actuar sin convertir a Marisela en el centro de una pelea que pudiera empeorar su situación.

Al día siguiente, Octavio comenzó por algo más pequeño.

Revisó sus propios estados de cuenta y los comprobantes que todavía conservaba de los años en que habían pagado la casa.

No buscaba demostrar que Mauricio les debía gratitud.

La gratitud no podía reclamarse como una deuda.

Buscaba reconstruir qué habían entregado, qué derechos habían conservado y qué podía seguir estando bajo control de Marisela.

También reunió los documentos relacionados con su pensión que tenían en Saltillo.

Entonces recordó una costumbre de su esposa.

Marisela guardaba copias de todo.

Recibos.

Contratos.

Notas de proveedores.

Comprobantes viejos del taller.

Hasta garantías de aparatos que ya ni tenían.

Durante años, Octavio se había burlado de aquellas carpetas.

—Un día vas a necesitar una bodega nada más para tus papeles.

Marisela siempre respondía igual.

—Un papel no pesa hasta que te hace falta.

Aquella frase volvió a su cabeza mientras abría una carpeta que llevaba meses en la cajuela del automóvil.

Dentro encontró copias de movimientos de la pensión que Marisela había guardado antes de viajar a Aguascalientes.

Octavio comenzó a compararlos con los meses posteriores.

Los depósitos habían continuado.

Los retiros también.

Algunos eran cantidades pequeñas y frecuentes.

Otros coincidían con fechas en las que Marisela le había dicho por teléfono que casi no había salido de la casa.

Octavio no sabía quién había realizado cada movimiento y se negó a sacar una conclusión que todavía no podía probar.

Pero sí sabía algo sencillo: Marisela no tenía la tarjeta.

Mauricio la tenía.

Le envió a la abogada únicamente los datos que podía afirmar con certeza.

Ella respondió con la misma prudencia de la noche anterior.

—No supongamos lo que aún no sabemos. Primero hay que devolverle a Marisela el control sobre sus propias cosas.

Ese objetivo cambió la manera en que Octavio veía la casa.

Durante años había pensado en ella como el regalo más grande que habían hecho por su hijo.

Ahora la puerta cerrada en su cara pesaba más que todos los metros cuadrados de la propiedad.

La mañana del 30 de diciembre, Mauricio volvió a llamar.

Octavio contestó desde el hotel.

—Papá, ya bájale a esto.

El tono era distinto.

Menos desafiante.

Más calculado.

—Mamá vino a ayudarnos porque quiso. Nadie la obligó.

Octavio dejó que terminara.

—Quiero escuchar eso de ella.

—Siempre haces dramas.

—Pásamela.

Hubo una pausa.

Después apareció Ximena en la llamada.

—Octavio, estamos preparando la cena de mañana. Marisela está bien. De verdad, no entendemos por qué estás haciendo esto tan grande.

Octavio recordó las rodillas enrojecidas.

—Pásame a mi esposa.

Ximena cambió de estrategia.

Dijo que Marisela estaba descansando.

Dijo que se había puesto nerviosa por la escena del día anterior.

Dijo que quizás sería mejor que todos hablaran después de Año Nuevo.

Octavio respondió con la misma frase.

—Pásame a mi esposa.

Finalmente escuchó un movimiento y luego una respiración conocida.

—¿Octavio?

—Sí.

Marisela habló bajo.

—Estoy bien.

Él cerró los ojos.

Había escuchado esa misma frase demasiadas veces.

—No te pregunté eso. Te preguntaré otra cosa. ¿Quieres regresar conmigo a Saltillo?

Del otro lado no hubo respuesta inmediata.

Después se escuchó la voz de Mauricio, más lejos.

—Mamá, dile que ya habíamos quedado.

Octavio no dijo nada.

Marisela tampoco.

Entonces él entendió que la pregunta debía ser todavía más simple.

—Marisela, ¿quieres salir de esa casa hoy?

La respiración de ella cambió.

—Sí.

Una sola palabra.

Fue suficiente.

Octavio se puso de pie.

Mauricio tomó el teléfono.

—No puedes llegar aquí a llevártela como si fuera una niña.

—No voy a llevarme a nadie que no quiera irse —respondió Octavio—. Ella acaba de decir que quiere salir.

Mauricio insistió en que su madre estaba confundida.

Ximena habló de todo lo que habían hecho por ella.

Mencionó comida, medicinas, gastos de la casa y meses de alojamiento.

Octavio escuchó algo que le revolvió el estómago.

La misma lógica de la frase que había oído la tarde anterior.

Como si cada plato servido a Marisela hubiera creado una deuda.

Como si la madre que había pagado la universidad, la renta, el automóvil y aquella casa tuviera ahora que compensarlos limpiando pisos.

—Voy por mi esposa —dijo Octavio.

Esta vez no fue solo.

Siguió las indicaciones que había recibido para evitar una confrontación improvisada y se presentó con la intención concreta de recoger a Marisela y sus pertenencias personales.

No fue a discutir quién era dueño de la sala.

No fue a reclamar muebles.

No fue a leer la escritura frente a Mauricio.

Fue por ella.

Cuando Marisela apareció en la entrada llevaba una bolsa pequeña.

Octavio la miró y supo que algo no cuadraba.

Había vivido meses ahí.

Aquella bolsa parecía preparada para una noche.

—¿Y tus demás cosas?

Marisela bajó la vista.

Mauricio respondió por ella.

—Eso es lo que quiso llevarse.

Octavio miró a su esposa.

—¿Es cierto?

Marisela apretó las asas de la bolsa.

—Mi ropa está arriba.

—Entonces ve por ella.

Mauricio se interpuso.

—No vamos a convertir esto en un saqueo.

Octavio sintió que la palabra era tan absurda que casi no supo qué contestar.

Marisela no estaba pidiendo un televisor.

Estaba pidiendo su ropa.

—También quiero mi teléfono —dijo ella.

Fue la primera vez que Octavio la oyó reclamar algo directamente.

Mauricio respondió que seguía descompuesto.

Marisela lo miró.

—Entonces dámelo descompuesto.

Ximena apareció detrás de él.

—Marisela, no empieces.

Algo cambió en su rostro al escuchar aquella frase.

Durante meses le habían dado instrucciones sobre horarios, comida, limpieza, uniformes, patio y reuniones.

Ahora le estaban diciendo que no empezara justo cuando pedía recuperar algo suyo.

—Mi teléfono —repitió.

Esta vez Mauricio subió las escaleras.

Regresó con el aparato en la mano.

No estaba en un taller.

No estaba desmontado.

No estaba esperando una pieza.

Estaba ahí.

Dentro de la casa.

Octavio no necesitó decir nada.

Marisela extendió la mano.

Mauricio tardó un instante antes de entregárselo.

Aquel segundo dijo más que cualquier discurso.

Después Marisela pidió su tarjeta.

La reacción fue inmediata.

—Esa la necesito para los gastos —respondió Mauricio.

—Es mi pensión.

—Pero tú también comes aquí.

Marisela sostuvo su mirada.

—Dame mi tarjeta.

Ximena intervino y comenzó a enumerar compras de supermercado, servicios, productos de limpieza y supuestos gastos médicos.

Marisela no discutió las cantidades.

Solo volvió a extender la mano.

—La tarjeta.

Mauricio terminó sacándola de su cartera.

Octavio vio entonces el detalle que más le dolió.

Su hijo la llevaba consigo como si fuera propia.

Marisela tomó la tarjeta y la guardó junto al teléfono.

Luego subió por su ropa.

Cuando bajó, traía dos bolsas más y una caja pequeña con fotografías, documentos y medicamentos.

No había maletas nuevas.

No había regalos.

No había nada que se pareciera a la vida cómoda que Mauricio había descrito por teléfono durante meses.

Antes de salir, Marisela se detuvo junto al refrigerador.

Ahí seguía una de las listas que Ximena acostumbraba pegar.

Baños.

Uniformes.

Patio.

Comida.

Servicio durante la reunión.

Marisela la miró durante varios segundos.

Después la despegó.

Ximena dio un paso hacia ella.

—Eso es mío.

Marisela sostuvo la hoja.

—Tiene mi nombre arriba.

La dobló y la metió en su bolsa.

No era la escritura.

No era el documento capaz de decidir el futuro de la casa.

Pero era algo más inmediato.

Era una pieza de aquellos meses que Marisela ya no estaba dispuesta a fingir que habían sido normales.

Salió junto a Octavio.

Mauricio no los siguió hasta el automóvil.

Solo dijo desde la entrada:

—Cuando se les pase el coraje, hablamos.

Marisela se detuvo.

Octavio creyó que respondería.

No lo hizo.

Subió al vehículo.

Esa noche, por primera vez en meses, durmió en una habitación donde podía cerrar la puerta desde dentro y conservar consigo su propio teléfono, su tarjeta y sus documentos.

Sin embargo, salir de la casa no resolvió todo.

Apenas comenzó a revisar el celular, Marisela descubrió que había llamadas que nunca había visto.

Mensajes de Octavio.

Mensajes antiguos de una conocida.

Avisos relacionados con su pensión.

Algunos habían quedado sin abrir durante semanas.

Otros aparecían como leídos.

Marisela sostuvo el aparato con ambas manos.

—Yo no vi esto.

Octavio se sentó a su lado.

—¿Mauricio sabía tu clave?

Ella tardó en responder.

Sí.

Se la había dado cuando él aseguró que necesitaba revisar el teléfono antes de llevarlo a reparar.

Marisela comenzó a comprender que su aislamiento no había ocurrido de golpe.

Había sido construido con cosas pequeñas.

Una tarjeta entregada temporalmente.

Un celular guardado por unos días.

Una lista en el refrigerador.

Una tarea adicional.

Una salida cancelada.

Una llamada respondida con prisa.

Una mentira a Octavio para evitar que se preocupara.

Ninguna de esas cosas, por separado, le había parecido el momento definitivo para irse.

Juntas habían formado una rutina en la que ella había dejado de decidir casi todo.

Octavio quiso preguntarle por qué no le había contado.

La pregunta le salió más suave de lo que esperaba.

Marisela tardó mucho en contestar.

—Porque era nuestro hijo.

No dijo más.

No hacía falta.

Durante años habían contado la historia de Mauricio a través de sus esfuerzos.

La universidad que lograron pagar.

El automóvil que pudieron comprarle.

La casa que le entregaron.

Aceptar lo que estaba ocurriendo significaba reconocer que todo ese amor no había producido el resultado que ellos imaginaron.

Marisela había preferido cargar con la vergüenza antes que pronunciarlo.

Al día siguiente, la abogada revisó con ellos la documentación completa.

La cláusula que Marisela había exigido no convertía la recuperación de la propiedad en un acto automático, pero sí demostraba que la donación había sido hecha bajo condiciones y reservas que Mauricio no podía fingir que nunca existieron.

Además, la conducta posterior importaba.

Por eso la abogada insistió en documentar cada hecho sin exagerarlo.

La tarjeta.

El teléfono.

Las listas.

Las condiciones en las que Marisela había vivido.

La negativa inicial a permitir que Octavio entrara.

La petición expresa de Marisela de salir.

Todo debía mantenerse separado de las suposiciones.

Mauricio reaccionó antes de que terminara el Año Nuevo.

Envió un mensaje a su padre.

Decía que estaba dispuesto a devolver cualquier cosa de Marisela que hubiera quedado en la casa y que todo había sido un malentendido familiar.

También escribió que esperaba que no intentaran quitarle el hogar a Emiliano por una discusión.

Octavio mostró el mensaje a Marisela.

Aquella mención de su nieto golpeó exactamente donde Mauricio sabía que podía dolerles.

Durante años, Marisela había soportado muchas cosas por no afectar al niño.

Emiliano tenía 10 años.

No había comprado la casa.

No había tomado la tarjeta.

No había escondido el teléfono.

No había puesto a su abuela de rodillas a limpiar una mancha seca.

Marisela dejó el celular sobre la mesa.

—No quiero hacerle daño a Emiliano.

Octavio asintió.

—Yo tampoco.

La abogada les explicó que protegerse no requería convertir al niño en castigo para sus padres.

Podían reclamar lo que legalmente correspondiera y, al mismo tiempo, tomar decisiones responsables respecto a las consecuencias familiares.

Eso obligó a Marisela a enfrentar una verdad más difícil que la propia cláusula.

Recuperar control no significaba necesariamente recuperar exactamente la vida que tenía antes.

Algo ya se había roto.

La confianza.

Y esa parte no aparecía en ninguna escritura.

Mauricio intentó hablar con ella varios días después.

Esta vez Marisela aceptó la llamada, pero puso una condición.

Octavio no hablaría por ella.

La abogada tampoco.

Ella quería escuchar a su hijo y responderle personalmente.

Mauricio comenzó diciendo que todo se había salido de proporción.

Dijo que estaba estresado por el dinero.

Dijo que Ximena también estaba cansada.

Dijo que nunca había pensado en su madre como empleada.

Marisela escuchó.

Después preguntó:

—Entonces, ¿por qué tenías mi tarjeta?

Mauricio respondió que para administrar gastos.

—¿Y mi teléfono?

Dijo que pensaba arreglarlo.

—¿Y por qué estaba en tu casa sin reparar?

Mauricio cambió de tema.

Habló de todo lo que Marisela había hecho voluntariamente al principio.

Ella no lo negó.

Sí había cocinado porque quería.

Sí había cuidado a Emiliano porque lo amaba.

Sí había limpiado algunas veces para ayudar.

Pero la diferencia entre ayudar y obedecer había desaparecido poco a poco.

—Yo fui tu madre —dijo Marisela—. No tu deuda pendiente.

Mauricio guardó silencio al otro lado.

Después preguntó por la casa.

No por sus manos.

No por las noches en el cuarto de servicio.

No por el teléfono.

La casa.

Marisela miró a Octavio.

Ahí entendió algo que la cláusula por sí sola nunca habría podido mostrarle.

Mauricio estaba preocupado por perder una propiedad antes de haber comprendido por qué podía perder a sus padres.

—Eso lo veremos por la vía que corresponda —respondió.

Y terminó la llamada.

El proceso relacionado con la propiedad no se resolvió en una tarde ni con una frase espectacular.

Hubo documentos que revisar, comunicaciones formales y decisiones que Octavio y Marisela tuvieron que tomar con cuidado.

La cláusula olvidada no funcionó como una llave mágica.

Funcionó como lo que Marisela había querido desde el principio: una protección para no quedar completamente indefensos después de haber entregado tanto.

Mauricio tuvo que reconocer que la casa nunca había sido un regalo sin límites escritos.

Y, por primera vez, él no controlaba los tiempos de la conversación.

Marisela también tomó medidas sobre su pensión.

Cambió accesos.

Revisó movimientos.

Recuperó el control directo de sus recursos.

Conservó su teléfono con ella y modificó la clave que había compartido con Mauricio.

Parecían decisiones pequeñas comparadas con una casa.

Para ella no lo eran.

Cada una devolvía algo que había cedido lentamente.

La posibilidad de contestar una llamada.

La posibilidad de decidir dónde gastar.

La posibilidad de decir que no.

El regreso a Saltillo fue más silencioso de lo que Octavio había imaginado cuando manejó siete horas para sorprender a su familia.

No hubo celebración de Año Nuevo como la que había planeado.

No hubo mesa llena.

No hubo brindis con Mauricio y Ximena.

Solo él y Marisela, atravesando carretera con las bolsas de ella en la parte trasera.

A medio camino, Octavio preguntó si quería detenerse a comer.

Marisela miró por la ventana.

—Sí. Pero donde yo escoja.

Octavio sonrió apenas.

—Donde tú escojas.

Fue una frase sencilla.

Sin embargo, después de tantos meses de horarios escritos por otra persona, decidir incluso dónde sentarse a comer tenía un peso nuevo.

En Saltillo, Marisela abrió de nuevo las cuentas del taller que ya casi no tocaba.

No porque pensara regresar a trabajar como antes, sino porque necesitaba recordar quién había sido antes de comenzar a medir sus días según las listas de un refrigerador ajeno.

Encontró notas de proveedores, recibos, libretas con números escritos de su puño y letra.

Octavio la vio ordenar papeles durante una tarde entera.

—Sigues guardándolo todo —dijo.

Marisela levantó una hoja y lo miró.

—Te dije que un papel no pesa hasta que te hace falta.

Esta vez Octavio no se burló.

Meses después, cuando el conflicto por la propiedad ya había avanzado y Mauricio comprendió que ignorar una cláusula no hacía que desapareciera, volvió a buscar a sus padres.

No llegó con la seguridad del hombre que había bloqueado la puerta.

Tampoco encontró a una madre dispuesta a resolverle el problema para evitarle una incomodidad.

Marisela aceptó escucharlo, pero no confundió escucharlo con regresar a la relación anterior.

Le dijo que cualquier contacto futuro tendría que respetar límites que antes nunca habían existido.

Su dinero sería suyo.

Su teléfono sería suyo.

Su tiempo sería suyo.

Y ninguna ayuda familiar volvería a convertirse en una obligación impuesta.

Mauricio quiso explicar otra vez que había estado bajo presión.

Marisela respondió que podía entender que una persona atravesara problemas sin aceptar lo que esa persona había hecho con ellos.

Esa diferencia cambió la conversación.

No hubo reconciliación instantánea.

No hubo un abrazo capaz de borrar los meses anteriores.

Tampoco hubo una escena de venganza.

Hubo consecuencias.

Hubo distancia.

Hubo decisiones que dejaron de girar alrededor de proteger a Mauricio de las consecuencias de sus propios actos.

Emiliano siguió siendo el punto más delicado.

Marisela lo quería profundamente y se negó a usarlo como mensajero entre adultos.

Cuando pudo hablar con él, no le explicó detalles que no le correspondían.

Solo le dejó claro que seguía siendo su abuela y que él no tenía que escoger un bando.

Ese fue uno de los límites que más trabajo le costó sostener, porque durante años había creído que amar a la familia significaba evitar cualquier ruptura visible.

Ahora empezaba a entender que también podía significar impedir que una ruptura se heredara.

La casa terminó dejando de representar lo que había representado cuando la compraron.

Al principio había sido el premio a décadas de trabajo.

Después fue el regalo para su único hijo.

Más tarde se convirtió en el lugar donde Marisela perdió poco a poco control sobre su vida.

Y finalmente pasó a ser una prueba de algo que ella había sabido incluso cuando todos se reían de su cautela: querer a alguien no obliga a quedarse sin protección.

Una tarde, Octavio encontró en la mesa la vieja lista que Marisela había arrancado del refrigerador antes de salir.

Seguía doblada en cuatro partes.

Él preguntó por qué la conservaba.

Marisela la abrió.

Las tareas seguían ahí.

Baños.

Uniformes.

Patio.

Comida.

Servicio.

Durante meses aquellas palabras habían organizado su día.

Marisela tomó una pluma y escribió al reverso una lista distinta.

Llamar a una amiga.

Comprar unas plantas.

Ir a revisar unas cuentas del taller.

Comer con Octavio.

Hablar con Emiliano cuando correspondiera.

Después dejó la hoja junto a sus llaves.

Octavio observó el gesto y entendió que la verdadera recuperación no había comenzado con la casa.

Había comenzado el momento en que Marisela extendió la mano y pidió que le devolvieran su teléfono y su tarjeta.

La cláusula olvidada podía cambiar el destino de una propiedad.

Pero fueron aquellas decisiones pequeñas, tomadas una por una, las que cambiaron de nuevo el destino de Marisela.

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