Gabriel entendió que la memoria USB que Elena había dejado caer junto al sofá ya no podía tratarse como una simple prueba contable. La mujer había llegado herida hasta su puerta, había preguntado primero por la seguridad de su hermano y solo después había entregado aquello por lo que, aparentemente, alguien estaba dispuesto a lastimarla.
La tormenta seguía golpeando los ventanales del piso treinta y ocho.
Gabriel permaneció de pie frente al sofá, con la pequeña memoria plateada entre los dedos.

Elena respiraba con dificultad.
El moretón que cubría su mejilla izquierda resaltaba sobre su rostro pálido y la ropa mojada seguía pegada a sus brazos y piernas. Una de sus botas estaba torcida después de la caída, mientras la otra había quedado cerca del escritorio cuando él la cargó.
Había sangre en el pasillo.
Pero no era eso lo que más inquietaba a Gabriel.
Era la pregunta que Elena había hecho antes de perder el conocimiento.
¿Tomás estaba a salvo?
Gabriel conocía la deuda del hermano de Elena. La había comprado semanas atrás porque quería evitar que ciertas personas utilizaran ese problema para presionar a la familia. Elena sabía que él podía hacerlo.
Lo que no sabía era hasta dónde había llegado el conflicto.
Gabriel dejó la memoria sobre la mesa.
Después miró la puerta.
—Leonardo —dijo cuando su jefe de seguridad regresó al pasillo—. ¿El edificio está cerrado?
—Sí. Nadie sube ni baja sin que yo lo autorice.
—¿Viste a alguien en el elevador?
Leonardo negó con la cabeza.
—No a tiempo para identificarlo. El elevador se detuvo en varios pisos durante la tormenta. Estoy revisando quién entró y quién salió.
Gabriel señaló el rastro que comenzaba cerca del elevador.
—Quiero saber de dónde venía.
Leonardo miró a Elena.
—Primero hay que atenderla.
—El doctor Salgado viene en camino.
—¿Y después?
Gabriel tomó aire.
—Después sabremos por qué alguien quería impedir que ella llegara aquí.
Leonardo no respondió.
Conocía a Gabriel desde hacía veinte años.
Sabía reconocer cuándo estaba enojado.
Aquella noche era distinto.
Gabriel no estaba pensando en castigar a nadie todavía.
Estaba intentando entender.
Elena no había llegado con una amenaza.
Había llegado con una respuesta.
Tres semanas antes, su vida parecía mucho más sencilla.
Elena Benítez tenía treinta años y trabajaba como contadora forense para una firma respetable. Su especialidad era encontrar errores que otros preferían no mirar demasiado tiempo.
Cuando Gabriel la contrató, le dio una instrucción concreta.
Revisar unas cuentas.
Nada más.
Había transferencias duplicadas, empresas que parecían existir solo sobre el papel y movimientos de dinero que no coincidían con los documentos que los respaldaban.
Al principio, Elena creyó que se trataba de una estructura financiera complicada.
Después encontró un patrón.
Las empresas fantasma no estaban moviendo dinero al azar.
Alguien las estaba utilizando para sacar cantidades pequeñas de distintas cuentas y hacerlas desaparecer dentro de operaciones aparentemente normales.
Una transferencia podía parecer insignificante.
La siguiente también.
Pero juntas contaban otra historia.
Elena había pasado días reconstruyendo aquella historia.
Y esa noche había terminado.
O eso había dicho.
Gabriel volvió a mirar la memoria USB.
—¿Dónde está el doctor? —preguntó.
—A unos minutos.
Gabriel se acercó al sofá.
Elena abrió los ojos apenas.
—Gabriel…
Él se inclinó.
—Estoy aquí.
Ella intentó levantar una mano, pero no pudo.
—Tomás…
—Está a salvo.
Elena cerró los ojos durante un instante.
—¿Seguro?
—Sí.
Aquella respuesta pareció darle fuerzas.
—Entonces… abre la memoria.
Gabriel miró el dispositivo.
—No ahora.
—Ahora.
Fue apenas un susurro.
Pero Elena insistió.
—Si me pasa algo, no la pierdas.
Gabriel sintió que algo se endurecía dentro de él.
—No te va a pasar nada.
—No puedes prometer eso.
La frase quedó entre ambos.
Elena sabía algo que él todavía ignoraba.
Y por primera vez desde que había entrado a su oficina, Gabriel comprendió que la puntualidad no tenía ninguna importancia.
La mujer no había llegado catorce minutos tarde.
Había tardado catorce minutos en cruzar un trayecto durante el cual alguien había intentado detenerla.
El doctor Salgado llegó poco después.
Leonardo abrió la puerta y lo dejó pasar sin perder tiempo.
El médico revisó a Elena mientras Gabriel permanecía cerca, respondiendo preguntas y entregando la información que conocía.
No necesitó explicar demasiado.
Había golpes visibles y una pérdida de sangre que debía evaluarse con cuidado.
Elena necesitaba atención.
Eso era lo primero.
Lo demás podía esperar unos minutos.
Gabriel no discutió.
Por una vez, no intentó controlar cada movimiento de la habitación.
Dejó que el médico hiciera su trabajo.
Mientras tanto, Leonardo regresó con información.
—Encontramos algo.
Gabriel salió al pasillo.
—Habla.
—Elena llegó sola al edificio.
—¿Estás seguro?
—La vieron entrar. No venía acompañada.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Y cómo llegó hasta aquí?
—Eso todavía no lo sabemos.
—¿El elevador?
—Sí.
—¿Cámaras?
Leonardo dudó.
—Hay un problema.
Gabriel lo miró.
—¿Qué problema?
—Una parte del registro no coincide con el movimiento del elevador.
Aquello cambió la conversación.
Gabriel extendió la mano.
—Enséñamelo.
Leonardo sacó su teléfono y revisó la información.
—A las ocho cincuenta y siete aparece un movimiento en el elevador. Después, nada hasta que Elena llega al piso.
—¿Cuánto tiempo?
—Diecisiete minutos.
Gabriel pensó en el rastro de sangre.
Diecisiete minutos podían ser mucho tiempo para alguien herido.
También podían ser suficientes para que otra persona saliera del edificio sin ser vista.
—¿Quién tiene acceso al sistema? —preguntó.
—Poca gente.
—No quiero suposiciones.
—Lo sé.
Leonardo guardó el teléfono.
—Hay otra cosa.
Gabriel esperó.
—Antes de llegar, Elena llamó a la recepción.
—¿Para qué?
—Preguntó si alguien había dejado un mensaje para ella.
—¿Qué mensaje?
—Ninguno.
Gabriel miró hacia la puerta de su oficina.
La memoria seguía sobre la mesa.
La pregunta de Elena sobre Tomás seguía en su cabeza.
Y ahora había otra pieza.
Ella esperaba algo.
O a alguien.
Cuando el doctor terminó la primera revisión, Elena estaba más estable.
No estaba bien.
Pero podía hablar.
Gabriel entró.
—Necesito hacerte una sola pregunta.
Elena lo miró.
—¿Quién te siguió?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién te lastimó?
Esta vez tardó más en responder.
—No vi su cara.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Entonces dime qué viste.
Elena cerró los ojos y trató de recordar.
—Un automóvil.
—¿Qué automóvil?
—Oscuro.
—¿Placas?
—No.
—¿Dónde ocurrió?
Elena respiró con cuidado.
—Cerca de la oficina.
Gabriel no la interrumpió.
—Salí después de revisar la última cuenta —continuó ella—. Pensé que ya había terminado.
—¿Y entonces?
—Alguien me llamó por mi nombre.
Gabriel se inclinó.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Qué dijo?
Elena abrió los ojos.
—Que dejara de buscar.
La habitación quedó quieta.
Gabriel no necesitó preguntar qué debía dejar de buscar.
Las cuentas.
Las empresas.
Las transferencias.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Por qué viniste aquí?
Elena miró hacia la memoria.
—Porque tú compraste la deuda de Tomás.
Gabriel asintió.
—Sí.
—Pensé que si llegaba hasta ti, él estaría protegido.
Aquello explicó una parte.
No todas.
—¿Y la memoria?
Elena tragó saliva.
—Es la razón por la que me siguieron.
Gabriel se acercó a la mesa.
Tomó el dispositivo.
—¿Qué hay aquí?
—La última transferencia.
—¿La de las empresas fantasma?
Elena negó.
—No.
Gabriel la miró.
—¿Entonces qué?
—El origen.
Dos palabras.
Pero bastaron para cambiar el peso de todo lo que habían encontrado.
Hasta ese momento, Gabriel había supuesto que alguien estaba desviando dinero desde su estructura.
Si Elena tenía razón, el dinero no estaba desapareciendo de la manera que él había creído.
Alguien estaba utilizando sus propias operaciones para ocultar de dónde salían los fondos.
Y eso significaba que el problema podía estar mucho más cerca de él.
Gabriel conectó la memoria a una computadora.
No abrió ningún archivo todavía.
Primero comprobó que el dispositivo no tuviera otro contenido visible.
Había una carpeta.
Solo una.
Su nombre era sencillo.
TOMÁS.
Gabriel se quedó inmóvil.
Elena lo vio.
—No abras esa primero.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque no es la más importante.
—Entonces dime cuál.
Elena señaló la pantalla.
—La que dice «Corrección».
Gabriel abrió la carpeta.
Aparecieron documentos, números y registros.
No era una simple hoja de cálculo.
Era una reconstrucción.
Elena había unido transferencias que parecían independientes y había seguido su recorrido hasta una serie de empresas que, en apariencia, no tenían relación entre sí.
Gabriel comenzó a leer.
Una cantidad.
Otra.
Otra más.
Después encontró un nombre.
No era desconocido.
Era alguien que tenía acceso suficiente para saber cómo funcionaban las cuentas.
Alguien que conocía los movimientos.
Alguien que podía anticipar qué revisaría Gabriel y qué pasaría inadvertido.
Leonardo entró justo entonces.
—¿Encontraste algo?
Gabriel no respondió inmediatamente.
Señaló la pantalla.
Leonardo se acercó.
Leyó el nombre.
Y cambió de expresión.
—Eso no puede ser.
Gabriel giró hacia él.
—¿Por qué?
—Porque esa persona fue quien recomendó contratar a Elena.
Gabriel miró a Elena.
Ella seguía recostada, agotada, pero consciente.
—¿Tú ya lo sabías? —preguntó él.
Elena negó.
—No sabía quién estaba detrás.
—¿Entonces por qué corregiste las cuentas?
—Porque los números no mentían.
Gabriel volvió a mirar la pantalla.
Ahora entendía por qué alguien había querido detenerla antes de que llegara.
No necesitaban robarle la memoria.
Necesitaban impedir que Gabriel supiera que existía.
Pero Elena había conseguido llegar.
Herida.
Empapada.
Apenas capaz de mantenerse de pie.
Y aun así había entregado la prueba.
Gabriel cerró la computadora.
—Nadie abre esto sin mí.
Leonardo asintió.
—¿Qué vas a hacer?
Gabriel miró a Elena.
Ella no respondió.
No podía decidir por ella lo que debía pasar después.
Pero sí podía cumplir lo único que ella había pedido al llegar.
Tomás estaría protegido.
Esa misma noche, Gabriel ordenó revisar nuevamente la deuda del joven y bloquear cualquier intento de utilizarla como presión.
No hubo amenazas.
No hubo discursos.
Solo una decisión concreta.
La deuda que había comenzado como una herramienta de presión dejó de estar disponible para quien quisiera usarla contra Elena.
Después Gabriel volvió a la memoria.
Todavía quedaban archivos por revisar.
Y cuanto más avanzaba, más claro quedaba que la contadora no había descubierto únicamente una irregularidad financiera.
Había encontrado una ruta.
Una ruta que llevaba directamente hacia alguien que había estado demasiado cerca de Gabriel durante demasiado tiempo.
Pero Elena necesitaba descansar.
Así que Gabriel apagó la computadora.
Guardó la memoria en un lugar seguro y regresó al sofá.
Elena abrió los ojos.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Y Tomás?
—Está protegido.
Ella asintió.
Por primera vez desde que había llegado, dejó de aferrarse al borde del sofá.
Gabriel entendió entonces algo que había ignorado durante semanas.
Elena nunca había estado trabajando solamente por dinero.
Había estado intentando proteger a su hermano.
Y, para hacerlo, había puesto en riesgo todo lo demás.
Afuera, la tormenta comenzaba a perder fuerza.
Dentro de la oficina, el verdadero problema apenas comenzaba.
Porque ahora Gabriel sabía que las empresas fantasma eran solo la superficie.
Sabía quién había tenido acceso.
Sabía que alguien había intentado detener a Elena.
Y sabía que la deuda de Tomás podía haber sido mucho más que una deuda.
Podía haber sido la forma de mantener a Elena obediente.
No funcionó.
Ella llegó hasta la puerta de Gabriel.
Y dejó la respuesta sobre su mesa.
Ahora él tendría que decidir qué hacer con ella.