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gemmee-La Cadena Ensangrentada Que Llevó a Valeria Hasta el Secreto de Mateo-gemmee

Cuando la hoja metálica cedió, Chuy dio un paso brusco y le cerró el paso a Valeria con el cuerpo.

Del otro lado, sentado en el piso contra una pared de block, había un muchacho de poco más de veinte años con un pómulo hinchado y una mano envuelta en una playera vieja.

Sobre sus piernas descansaba una chamarra que Valeria reconoció antes de verle bien la cara.

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Era de Mateo.

La había usado durante tres inviernos, aunque el cierre ya no subía completo y el bolsillo derecho tenía una costura que Valeria misma había reparado.

Ella empujó el hombro de Chuy.

—Quítate.

—Valeria…

—Quítate.

Corto. Seco.

El joven del piso levantó la mano sana.

—Tu hermano está vivo.

Eso fue suficiente para que Valeria dejara de forcejear.

No para que dejara de temblar.

Roldán entró detrás de ellos y cerró el portón, esta vez sin poner seguro.

—Él vino con Mateo anoche —dijo.

Valeria miró al desconocido.

—¿Dónde está mi hermano?

El muchacho bajó los ojos hacia la chamarra.

—No sé dónde está ahora.

Valeria avanzó un paso.

Chuy volvió a ponerse en medio, pero Roldán levantó una mano.

—Déjala.

El desconocido tragó saliva.

Explicó que Mateo había llegado a buscarlo pocas horas antes de aparecer por segunda vez en La Última Curva.

Estaba nervioso, revisando los espejos de los coches estacionados y mirando cada motocicleta que pasaba por la carretera.

No quería compañía.

Pero tampoco quería quedarse solo.

—Me dijo que alguien llevaba varios días siguiéndolo —continuó el joven—. Al principio creyó que era por él. Después se dio cuenta de que también te estaban observando a ti.

Valeria sintió un hueco debajo de las costillas.

Recordó dos detalles que durante la semana le habían parecido insignificantes.

Un automóvil que había visto dos veces cerca de su casa.

Un hombre que, una tarde, permaneció demasiado tiempo bajo el toldo de una tienda mientras ella esperaba transporte.

No había visto su rostro.

Sólo recordó una chamarra oscura.

Roldán no permitió que el miedo llenara los espacios que todavía no tenían respuesta.

Tomó la cadena que Chuy había dejado sobre una caja de herramientas y señaló la mancha negra atrapada dentro del eslabón recién cortado.

—Esto no viene de donde se llevaron a Mateo.

Valeria lo miró.

—Entonces, ¿de dónde?

Roldán señaló el portón.

Chuy se agachó junto al cerrojo y pasó un dedo por la cadena que aún colgaba allí.

La misma grasa oscura se quedó en la yema.

—De aquí —dijo.

Valeria tardó unos segundos en entender.

Los treinta y ocho centímetros de cadena que había llevado empapados de lluvia al bar no habían sido utilizados originalmente para sujetar a Mateo.

Mateo los había tomado de La Última Curva.

Seis noches antes, después de preguntar por el alacrán plateado, había convencido a Roldán de cortar una sección del cerrojo trasero.

Roldán había creído que era una precaución exagerada.

Mateo le explicó que necesitaba una señal que nadie más pudiera falsificar fácilmente.

Una pieza que, si terminaba tirada en algún lugar extraño, condujera a Valeria directamente hasta el bar.

—Por eso sabía que yo vendría —murmuró ella.

—Sí.

—¿Y ustedes aceptaron esto?

Roldán sostuvo su mirada.

—Acepté darte una puerta a la cual llegar si algo salía mal.

Valeria apretó la mandíbula.

—Algo salió mal.

Roldán no intentó defenderse.

—Sí.

El joven sentado contra la pared levantó la chamarra de Mateo.

—Anoche vino por esto.

Valeria se acercó y la tomó.

El interior todavía estaba húmedo.

En el puño izquierdo había tierra seca.

Nada más.

No había otra nota.

No había un teléfono escondido.

No había una pista milagrosa esperando a ser descubierta.

Sólo la chamarra de su hermano y la historia de las decisiones que él había tomado sin contarle nada.

El muchacho explicó que Mateo había recibido una amenaza horas antes.

Quienes lo seguían sabían dónde vivía Valeria, a qué hora salía y qué ruta acostumbraba usar.

No le pidieron dinero.

No le pidieron entregar un objeto.

Le exigieron que dejara de preguntar por el alacrán plateado y que se presentara solo en un punto apartado cerca de la carretera.

Mateo decidió ir.

Antes pasó por La Última Curva.

—Yo traté de frenarlo —dijo Roldán.

Valeria giró hacia él.

—¿Trataste?

—Si llegábamos cuarenta motociclistas detrás de él, quienes estaban vigilándote podían cambiar de objetivo antes de que supiéramos quiénes eran.

—Entonces lo dejaron ir.

—Mateo eligió ir.

La frase le dolió porque era cierta y porque no servía de consuelo.

Valeria conocía ese defecto de su hermano.

Mateo podía cargar con cualquier problema siempre que creyera que así evitaba que alguien más lo cargara.

Había sido igual desde que murió su madre.

Pagaba primero.

Preguntaba después.

Ocultaba las malas noticias hasta tener una solución.

Y si no la encontraba, al menos intentaba que Valeria se enterara al final.

—¿Qué tenía que ver el alacrán? —preguntó.

Roldán se tocó el pequeño emblema plateado de su chaleco.

—Hace tiempo, un hombre que rodó con nosotros empezó a usar este símbolo para conseguir cosas que nadie le había autorizado.

No dio un nombre.

No hizo falta.

Explicó que aquel hombre llevaba años fuera del grupo, pero todavía conocía el peso que el emblema tenía entre ciertos talleres, bares y negocios de carretera.

No necesitaba afirmar que Roldán lo respaldaba.

Le bastaba permitir que los demás lo supusieran.

Mateo lo había visto utilizándolo.

Y en lugar de alejarse, empezó a preguntar.

—Hace seis noches vino aquí para saber si ese hombre seguía siendo de los nuestros —dijo Roldán—. Cuando le dije que no, entendió que alguien estaba usando nuestro nombre.

—¿Por eso se lo llevaron?

—Por eso empezó el problema.

Valeria miró la cadena.

—¿Y la sangre?

Nadie contestó.

Todavía.

El muchacho del piso se incorporó con dificultad.

—Yo sé dónde debía encontrarse con ellos.

Chuy lo miró con dureza.

—Dijiste que no sabías dónde estaba Mateo.

—No sé dónde está ahora. Sé dónde lo dejé.

Valeria dio media vuelta.

—Vamos.

Roldán se atravesó esta vez.

No la tocó.

—Primero escuchas.

—Llevo toda la noche escuchando a hombres decirme lo que Mateo decidió por mí.

—Y si entras corriendo sin saber qué hay, les vas a dar otra persona para controlar.

Valeria quiso responder.

No pudo.

Porque también eso era cierto.

Respiró por la nariz.

Una vez.

Dos.

Tres.

Su madre otra vez.

No para quitarle el miedo.

Para impedir que el miedo eligiera el siguiente movimiento.

El muchacho describió un patio de maniobras abandonado detrás de una bodega cerrada, apartado de la carretera principal.

Había llevado a Mateo hasta las cercanías porque él no quería que reconocieran el vehículo.

Mateo bajó antes de llegar.

Llevaba la sección de cadena dentro de la chamarra.

Le entregó la prenda al muchacho y le pidió regresar al bar.

—Me dijo una cosa más —añadió.

Valeria apretó la chamarra contra el pecho.

—¿Qué?

—Que si tú aparecías aquí, significaba que él ya no podía controlar lo que estaba pasando.

Roldán miró a Chuy.

Chuy entendió sin recibir una orden completa.

Minutos después salieron por la parte trasera del bar.

No hubo una caravana de motocicletas.

No hubo motores rugiendo para anunciar su llegada.

Fueron pocos.

Eso era exactamente lo que Mateo había pedido.

La lluvia había bajado, pero la carretera seguía cubierta por una película brillante que devolvía las luces de los vehículos.

Valeria llevó la chamarra de Mateo sobre las piernas durante todo el trayecto.

Nadie intentó conversar con ella.

Cuando llegaron cerca del viejo patio, Roldán pidió detenerse antes de la entrada.

Desde allí se veía una construcción baja, una puerta corrediza y una lámpara encendida bajo un techo de lámina.

Nada parecía dramático.

Eso fue lo peor.

Los lugares donde algo terrible puede ocurrir rara vez se esfuerzan por parecer terribles.

Valeria bajó.

Roldán la sujetó del antebrazo sólo el tiempo suficiente para que lo mirara.

—Si Mateo está adentro, tú vas hacia él.

—¿Y usted?

—Yo me encargo del hombre que está usando mi alacrán.

Valeria se soltó.

—No vine hasta aquí para obedecer otro plan que nadie me explicó.

Roldán aceptó el golpe sin discutir.

—Entonces te lo explico: si algo cambia, tú eliges.

Caminaron por un costado de la bodega.

Chuy se quedó unos metros atrás vigilando el acceso.

Valeria escuchó voces antes de distinguir palabras.

Una era áspera.

La otra casi no se oía.

Reconoció la segunda de inmediato.

—Mateo.

Roldán levantó una mano.

Valeria se detuvo.

Esta vez porque decidió hacerlo.

Avanzaron hasta una abertura lateral.

Mateo estaba sentado en una silla de plástico, con las muñecas libres y el labio hinchado.

Tenía una cortada pequeña cerca de la ceja y la playera sucia, pero estaba despierto.

Dos hombres permanecían cerca de la puerta.

Frente a él había otro con chaleco oscuro.

Debajo de la clavícula llevaba un alacrán plateado.

Valeria sintió que el aire le regresaba de golpe a los pulmones.

El símbolo era casi idéntico al de Roldán.

Casi.

Roldán entró primero.

—Te dije que dejaras de usarlo.

El hombre volteó.

Por primera vez desde que Valeria había entrado a La Última Curva, vio a alguien mirar a Roldán sin sorpresa.

Lo estaba esperando.

—Sabía que el muchacho acabaría corriendo contigo.

Mateo levantó la cabeza.

Vio a Roldán.

Luego vio a Valeria detrás de él.

Su expresión cambió.

—Vale, no.

Ella avanzó.

—No vuelvas a decidir por mí.

Uno de los hombres cercanos a Mateo se movió.

Chuy apareció en la entrada.

No hizo falta más.

Todos entendieron dónde estaba cada uno.

El hombre del alacrán falso señaló a Mateo.

—Tu hermano vino por voluntad propia.

—Lo sé —respondió Valeria.

Eso lo desconcertó más que una acusación.

—Entonces también sabes que nadie lo obligó a meterse en esto.

Mateo respiró con dificultad.

—Me obligaste cuando empezaste a seguirla.

El hombre lo miró.

Mateo continuó.

—Yo podía dejar de preguntar. Lo que no iba a hacer era fingir que no sabía quién estaba usando ese símbolo para asustar gente.

Roldán no dio un discurso.

Se quitó lentamente el chaleco.

Lo dobló.

Lo dejó sobre una mesa.

Después señaló el alacrán del otro hombre.

—Quítatelo.

El hombre sonrió sin humor.

—¿Y si no?

—Entonces deja de esconderte detrás de algo que ya no te pertenece.

Los otros dos hombres intercambiaron una mirada.

Ahí cambió la escena.

No porque Roldán fuera más fuerte.

No porque Chuy cerrara el puño.

Sino porque el hombre del alacrán falso había construido su poder sobre la idea de que nadie sabía dónde terminaba su autoridad y dónde empezaba la de Roldán.

Esa confusión acababa de desaparecer.

Uno de sus acompañantes se apartó de Mateo.

El otro hizo lo mismo segundos después.

El hombre los insultó.

Ninguno volvió.

Valeria caminó hasta su hermano.

Mateo intentó ponerse de pie.

Las piernas le fallaron durante un instante.

Ella lo sostuvo por debajo del brazo.

—Despacio.

—Te dije que fueras con Roldán.

—Eso hice.

—No que vinieras aquí.

Valeria lo miró de frente.

—Esa parte la decidí yo.

El hombre del alacrán falso intentó convertir su derrota en un acuerdo.

—Llévenselo. Se acabó.

Roldán giró hacia él.

—No. Lo que se acabó es que uses mi nombre para que otros tengan miedo de preguntarte quién eres.

Ahí apareció el verdadero costo.

Aquel hombre no había retenido a Mateo únicamente porque hubiera hecho demasiadas preguntas.

Necesitaba que Mateo saliera de ahí convencido de callarse.

Necesitaba conservar la duda.

Mientras las personas creyeran que el alacrán plateado significaba automáticamente respaldo de Roldán, él podía seguir utilizándolo.

Mateo había roto esa ventaja al llevar la pregunta hasta La Última Curva.

Valeria había terminado de romperla al llegar con la cadena.

El hombre miró la salida.

Después a Chuy.

Después a sus dos acompañantes, que ya no estaban junto a él.

Con dos dedos arrancó el parche plateado de su chaleco y lo arrojó sobre la mesa.

No pidió disculpas.

Nadie esperaba una.

Roldán recogió el parche.

Luego se hizo a un lado.

Valeria ayudó a Mateo a caminar hacia la salida.

Antes de cruzar la puerta, Mateo se detuvo.

—La cadena.

Valeria metió la mano en el bolsillo de la chamarra.

La había guardado allí antes de salir del bar.

Se la mostró.

Mateo soltó el aire.

—Entonces sí funcionó.

—Casi me da un infarto, pero sí.

Fue la primera vez en horas que algo parecido a una sonrisa apareció entre ellos.

Duró poco.

Ya afuera, bajo la lluvia fina, Valeria preguntó por la sangre seca.

Mateo bajó la vista hacia el metal.

—Es mía.

La noche anterior, cuando llegó al punto de encuentro, comprendió demasiado tarde que no eran dos hombres sino tres.

Intentó retroceder.

Uno lo sujetó.

Mateo sacó la cadena del bolsillo y la apretó mientras forcejeaba.

Un borde oxidado le abrió la palma.

Cuando lograron meterlo en un vehículo, soltó el fragmento sobre el suelo.

No porque creyera que Valeria iba a encontrarlo por casualidad.

Antes había enviado una instrucción simple a un vecino: si él no regresaba, debía avisarle a Valeria cuál había sido el último lugar donde lo habían visto.

Eso bastó.

Ella fue hasta allí.

Encontró la cadena mojada cerca de la orilla del camino.

Y recordó lo último que Mateo le había dicho antes de desaparecer.

Busca al hombre del alacrán plateado.

Ahora todo encajaba.

La grasa negra provenía del portón trasero de La Última Curva.

La fractura coincidía porque Mateo había cortado el fragmento allí seis noches antes.

La sangre apareció durante el momento en que lo subieron por la fuerza.

Y el alacrán no señalaba al hombre que se había llevado a Mateo.

Señalaba al único hombre capaz de reconocer que el símbolo estaba siendo usado por alguien más.

Roldán.

Mateo había convertido un objeto común en una ruta de regreso.

Horas después, cuando ya lo habían revisado y confirmaron que las lesiones no eran graves, Valeria se sentó junto a él.

No hablaron de los hombres de la bodega al principio.

Hablaron de algo más difícil.

—No puedes seguir haciendo esto —dijo ella.

Mateo miró sus manos.

La derecha estaba vendada.

—Pensé que si no sabías nada, estarías fuera.

—Yo ya estaba dentro desde que empezaron a seguirme.

Mateo no respondió.

—Lo que hiciste no me protegió de tener miedo —continuó Valeria—. Sólo hizo que tuviera miedo sin entender por qué.

Él cerró los ojos un momento.

—No sabía cómo decírtelo.

—Podías empezar por la verdad.

No hubo reconciliación perfecta.

No era una historia que pudiera resolverse con una frase bonita.

Mateo seguía creyendo que había hecho lo necesario.

Valeria seguía furiosa porque él había decidido solo qué riesgos podía conocer ella.

Pero acordaron algo concreto.

No más instrucciones misteriosas.

No más problemas escondidos hasta que explotaran.

Si uno estaba en peligro, el otro tendría derecho a saberlo antes de convertirse en parte del plan.

Días después regresaron juntos a La Última Curva.

La lluvia había desaparecido y las motocicletas estaban estacionadas bajo un sol duro de carretera.

La televisión tenía otra vez un partido sin volumen.

El dominó golpeaba una mesa cerca de la barra.

La máquina de discos sonaba demasiado alto.

El lugar parecía el mismo.

Pero Valeria no lo veía igual.

Roldán estaba junto al portón trasero.

Chuy sostenía una herramienta de soldar.

—Nos falta algo —dijo al verlos.

Valeria entendió.

Sacó de su mochila los treinta y ocho centímetros de cadena oxidada.

La sangre ya había sido limpiada.

La grasa negra seguía metida en algunos rincones del metal.

Se la entregó a Chuy.

Él colocó el fragmento en el hueco que había quedado seis noches antes.

Las fracturas encajaron una vez más.

Esta vez no como prueba.

Como parte del portón.

Chuy soldó los extremos y dejó una unión gruesa, imposible de disimular.

Mateo observó el trabajo desde un banco.

Valeria permaneció a su lado.

Roldán cerró el portón cuando terminaron.

Chuy pasó la cadena por el cerrojo y tiró con fuerza para comprobarla.

El metal aguantó.

Valeria miró la marca de la soldadura, luego a su hermano.

Y esa vez no necesitó contar respiraciones.

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