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bella-La Noche En Que Nicolás Dejó De Fingir Que Elena Solo Era Su Secretaria-bella

Nicolás comprendió el problema mientras Elena seguía girando con Julian en medio de la pista: la mentira que había organizado para mantener alejadas a otras mujeres ya no le parecía una mentira cuando otro hombre la sostenía entre sus brazos.

Y eso lo irritó todavía más, porque no tenía derecho a sentirse así.

Él había puesto las reglas.

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Él había pedido aquella actuación.

Él mismo le había dicho a Elena que no necesitaba su permiso para bailar.

Sin embargo, desde el borde del salón, cada detalle parecía diseñado para recordarle que Elena no era una extensión de su oficina ni una pieza dentro de una estrategia.

Era una mujer a la que otros hombres podían acercarse.

Una mujer que podía aceptar una copa, reírse de una frase o bailar con alguien simplemente porque quería hacerlo.

Y, por alguna razón que Nicolás no estaba preparado para admitir, esa libertad de pronto le resultaba insoportablemente visible.

Julian inclinó la cabeza para decirle algo.

Elena respondió sin perder el paso.

Luego soltó una risa breve.

Nicolás dejó su copa sobre la bandeja de un mesero antes de terminarla.

Arthur Langley apareció a su lado con la expresión divertida de alguien que llevaba demasiado tiempo observándolo.

—Parece que su estrategia está funcionando —comentó.

Nicolás siguió mirando la pista.

—¿Qué estrategia?

Arthur soltó una risa baja.

—La de demostrar que está ocupado.

—Lo estoy.

—Claro.

Nicolás giró apenas la cabeza.

Arthur levantó ambas manos, divertido.

—No dije nada.

—Entonces sigue así.

Pero Arthur no se fue.

—Solo me parece curioso que un hombre que negocia adquisiciones sin pestañear lleve tres minutos viendo bailar a otro como si estuviera calculando cuánto costaría comprar el edificio para apagar la música.

Nicolás lo miró por fin.

—¿Terminaste?

—Ahora sí.

Arthur se alejó sonriendo.

Nicolás volvió la vista hacia Elena.

La canción estaba terminando.

Eso debería haber sido suficiente.

Julian agradecía el baile, Elena retiraba la mano y todos regresaban a sus lugares.

Perfecto.

Normal.

Controlable.

Pero Julian no la condujo inmediatamente de regreso.

Se quedaron hablando junto a la pista.

Nicolás vio cómo él señalaba hacia una de las mesas de la subasta y cómo Elena miraba en aquella dirección.

Después caminaron juntos.

Ahí terminó su paciencia.

Nicolás cruzó el salón.

No rápido.

Nunca rápido.

Había aprendido hacía años que el hombre que parecía tener prisa entregaba información innecesaria.

Así que avanzó con la misma calma con la que entraba a una reunión antes de despedir a alguien.

Cuando llegó, Julian estaba mostrándole a Elena una pieza de la subasta silenciosa.

—Moretti —dijo Julian—. Justo le estaba explicando a Elena que conozco al artista.

—Qué útil.

Elena giró hacia Nicolás.

Sus ojos bajaron un instante hasta sus manos vacías.

—¿Perdiste tu copa?

—La dejé.

—Eso sonó grave.

Julian sonrió.

—Le estaba diciendo que después de la gala habrá un pequeño grupo tomando algo arriba. Deberían venir.

Deberían.

No Elena.

Los dos.

La invitación era impecable.

Nicolás no tenía ninguna razón objetiva para rechazarla con la tensión que le apareció en la mandíbula.

—Tenemos otros planes.

Elena levantó una ceja.

—¿Tenemos?

Nicolás la miró.

Habían ensayado suficientes detalles para soportar preguntas básicas sobre su supuesta relación, pero aquello no formaba parte del guion.

Julian también lo notó.

—No quiero interferir —dijo.

—No interfieres —respondió Elena antes que Nicolás.

Aquello cayó peor de lo que debería.

Julian volvió a sonreír.

—Entonces tal vez pueda robarte otro baile después.

Elena abrió la boca.

—No —dijo Nicolás.

Ella giró hacia él.

Julian parpadeó.

Nicolás entendió demasiado tarde que había contestado como si alguien le hubiera preguntado directamente.

—Quise decir que probablemente tendremos que irnos antes —añadió.

Elena lo observó durante dos segundos completos.

—Probablemente.

Julian fue suficientemente inteligente para detectar que algo estaba ocurriendo.

Se despidió con cortesía y regresó hacia su grupo.

Elena esperó hasta que estuvo lejos.

—¿Qué fue eso?

—Nada.

—Hoy estás usando mucho esa palabra.

—Porque no pasa nada.

—Acabas de responder por mí.

—Estábamos sosteniendo una imagen.

Elena cruzó los brazos.

—¿La imagen de que eres mi novio o la de que eres mi dueño?

Nicolás sintió el golpe de la frase precisamente porque ella la pronunció sin levantar la voz.

—No dije eso.

—No necesitabas decirlo.

Una pareja pasó junto a ellos.

Elena esperó a que se alejara antes de continuar.

—Tú me pediste que viniera, Nicolás. Tú dijiste que debía hablar con la gente, sonreír, moverme por el salón y hacer creíble la historia.

—Lo sé.

—Entonces no puedes molestarte cuando hago exactamente eso.

—No estoy molesto.

Elena soltó una respiración que estuvo muy cerca de convertirse en risa.

—Claro.

Él conocía ese tono.

Lo había escuchado cuando alguien presentaba cifras absurdas en una reunión y Elena decidía darle una última oportunidad para corregirse antes de destruir el argumento completo.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad sería novedosa.

Nicolás bajó la voz.

—Estamos en medio de mi gala.

—Precisamente.

Ella descruzó los brazos.

—Así que sonríe. Esa era la instrucción, ¿recuerdas?

Y se alejó antes de que pudiera responder.

Nicolás se quedó mirándola atravesar el salón.

No fue con Julian.

Eso produjo un alivio tan inmediato que terminó de confirmar algo que ya no podía seguir atribuyendo a la irritación.

Estaba celoso.

No de la atención.

No exactamente.

Estaba celoso de la posibilidad.

De que alguien pudiera descubrir en unas horas lo que él había tenido frente a sí durante cuatro años sin permitirse mirar demasiado tiempo.

Elena conocía sus horarios, sus silencios, sus cambios de humor y las llamadas que nunca debía pasarle durante una reunión.

Sabía cuándo necesitaba café y cuándo necesitaba que nadie entrara a su oficina.

Sabía qué documentos revisaría dos veces y qué socios intentaban esconder inseguridad detrás de una voz demasiado alta.

Pero Nicolás, de pronto, se preguntó cuánto sabía él de ella fuera del trabajo.

Sabía cómo organizaba una crisis.

No sabía qué música escuchaba al manejar.

Sabía cómo tomaba el café.

No sabía cuál era su restaurante favorito.

Sabía reconocer desde la puerta cuándo estaba cansada.

No sabía quién la acompañaba cuando él no estaba mirando.

Aquella última idea le cayó como una piedra.

Elena regresó a su lado casi veinte minutos después.

—La presidenta de la fundación quiere una foto contigo antes del discurso —dijo.

Nicolás asintió automáticamente.

Elena ya estaba otra vez en modo profesional.

Eso debería haberlo tranquilizado.

No lo hizo.

—¿Estás enojada?

Ella lo miró con sorpresa.

—Estoy trabajando.

—No te pregunté eso.

—Y estamos en tu gala.

Utilizó contra él las mismas palabras que él había usado antes.

Nicolás aceptó el golpe.

—Después hablamos.

—Después volvemos al auto, dejamos de fingir y el lunes vuelvo a organizar tu calendario.

Ella dio medio paso para marcharse.

Nicolás la detuvo con una frase.

—¿Eso quieres?

Elena se quedó quieta.

Por primera vez en toda la noche, la seguridad de su rostro cambió apenas.

—No sé qué estás preguntando.

Nicolás tampoco estaba seguro.

Aquello era lo peligroso.

Durante años había sobrevivido porque nunca hacía una pregunta sin saber qué respuesta podía soportar.

—Nada —dijo finalmente.

Elena lo sostuvo con la mirada.

—Otra vez esa palabra.

Después le indicó con la cabeza el extremo del salón.

—Te están esperando.

Nicolás subió al pequeño escenario minutos más tarde y dio el discurso que había revisado tres veces con Elena durante la semana.

Habló de las metas de la fundación, agradeció a los donantes y mencionó cifras que conocía de memoria.

No cometió errores.

Tampoco recordó casi nada de lo que dijo.

Desde el escenario podía ver a Elena junto a una columna.

Julian estaba a unos metros.

No hablaban.

Eso tampoco debería haber importado.

Importó.

Cuando terminó el discurso, varias personas se acercaron a Nicolás.

Elena desapareció entre los invitados para resolver un problema con una mesa que había cambiado de lugar y coordinar la entrega de unas tarjetas para la subasta.

Todo volvió a parecer normal durante algunos minutos.

Hasta que una mujer de la junta se acercó a Nicolás con una sonrisa satisfecha.

—Así que Elena era la razón.

—¿La razón de qué?

—De que nunca aceptaras ninguna de nuestras presentaciones.

Nicolás estuvo a punto de repetir la explicación ensayada.

Sí.

Elena y él llevaban un tiempo juntos.

Preferían mantenerlo privado.

Nada complicado.

Pero las palabras no salieron.

Porque esa mentira ahora le parecía peligrosamente cercana a una confesión que no se había ganado.

—Elena es importante para mí —dijo.

La mujer sonrió como si acabara de confirmar sus sospechas.

Nicolás no corrigió nada.

El problema fue que Elena estaba detrás de él.

—Te buscan en la mesa principal —dijo ella.

Su tono era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Nicolás giró.

No sabía cuánto había escuchado.

Elena no se lo aclaró.

Caminaron juntos hacia la mesa.

—¿Importante? —preguntó ella sin mirarlo.

Así que lo había escuchado todo.

—Lo eres.

—Para la empresa.

—No dije eso.

Elena se detuvo.

Nicolás también.

A su alrededor seguían pasando invitados, meseros, conversaciones y música.

Nadie estaba pendiente de ellos.

Por primera vez esa noche, Nicolás deseó que el salón estuviera realmente vacío.

—Entonces explícate —dijo Elena.

—Aquí no.

—Conveniente.

—Elena.

—No puedes pasar cuatro años tratándome como si mi vida empezara cuando entro a tu oficina y terminara cuando cierro tu agenda, traerme aquí para interpretar a tu novia y luego molestarte porque alguien más nota que existo.

Nicolás recibió la frase sin interrumpirla.

Porque no podía discutirla.

—Tienes razón.

Elena pareció preparada para responder y se detuvo.

—Eso fue rápido.

—No significa que me guste.

—Eso suena más a ti.

Por fin apareció una sonrisa mínima.

Nicolás sintió que podía respirar mejor.

—Termina la gala conmigo —dijo.

—Ese era el acuerdo.

—No como mi secretaria.

La sonrisa desapareció, pero no por enojo.

Elena lo observó con atención.

—¿Y como qué?

Ahí estaba la pregunta.

Esta vez no podía esconderse detrás de una instrucción, un evento ni un contrato.

Nicolás miró alrededor.

Había construido toda aquella noche para convencer a cientos de personas de una relación inexistente.

Ahora la única persona a la que necesitaba decirle la verdad era precisamente la única que conocía la mentira completa.

—Como la mujer con la que vine.

Elena negó lentamente.

—Eso todavía es parte del papel.

—Entonces dame un minuto para aprender la diferencia.

Ella lo miró durante un largo instante.

—Tienes hasta que termine la gala.

Y se fue hacia la mesa principal.

Nicolás casi sonrió.

No era una victoria.

Era una oportunidad.

Para alguien como él, resultaba más aterradora.

La siguiente hora fue distinta.

No intentó impedir que Elena hablara con nadie.

No se colocó entre ella y otros hombres.

No respondió preguntas por ella.

Cuando Julian regresó para conversar, Nicolás se quedó donde estaba.

Le costó.

Mucho.

Elena lo notó.

Él también notó que ella no aceptó otro baile.

No quiso convertir ese detalle en esperanza.

Fracasó.

Cerca del final de la noche, la orquesta volvió a tocar una melodía lenta.

Las parejas comenzaron a ocupar la pista.

Nicolás encontró a Elena junto a una mesa vacía, revisando por costumbre unos mensajes en su teléfono.

Se acercó.

Ella levantó la vista.

—¿Problema?

—Probablemente.

—Eso sí te lo creo.

Nicolás extendió la mano.

Elena miró sus dedos y después su rostro.

—¿Qué haces?

—Intentando hacer algo sin convertirlo en una orden.

Ella guardó el teléfono.

—Vas mejorando.

—¿Bailas conmigo?

Elena dejó pasar un segundo.

Luego otro.

Finalmente colocó la mano en la suya.

—Un baile.

Nicolás la condujo hacia la pista.

No era el primer contacto físico entre ellos esa noche, pero se sintió completamente distinto.

Antes habían entrado tomados del brazo porque el plan lo exigía.

Ahora Elena había elegido acompañarlo.

Él apoyó una mano en su cintura con una cautela que probablemente nadie habría asociado con Nicolás Moretti.

—Estás demasiado tenso —murmuró ella.

—No acostumbro hacer esto.

—Negocias con personas que asustan a medio Manhattan.

—Eso es más fácil.

Elena soltó una risa.

Esta vez Nicolás no sintió celos de quien la había provocado.

—¿Por qué yo? —preguntó ella.

Nicolás entendió la pregunta.

¿Por qué la había elegido para fingir?

Podía haber contratado a alguien.

Podía haber llevado a una conocida.

Podía haber soportado las presentaciones de la junta.

En cambio había ido directamente al escritorio de Elena dos semanas antes y le había explicado el problema con la misma frialdad con la que asignaba una reunión.

—Porque confiaba en ti.

—Respuesta profesional.

—Porque sabía que no convertirías la noche en algo que no era.

—Irónico.

Nicolás bajó la mirada hacia ella.

—Mucho.

Elena esperó.

Él respiró una vez.

—Y porque la idea de llegar contigo me resultó demasiado fácil.

—Eso todavía no explica nada.

—Lo sé.

Dieron otro giro.

—Cuando bajaste del auto entendí que había calculado mal algo —continuó Nicolás.

—¿Mi vestido?

—A mí.

Elena dejó de bromear.

Nicolás siguió antes de perder la voluntad.

—Pensé que podía verte aquí como te veo todos los días. Como Elena, la persona que sabe dónde está cada documento y qué desastre debo resolver primero.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—Eso suena terrible.

—Déjame terminar.

—Qué jefe tan exigente.

Nicolás casi sonrió.

—Entonces empezaron a acercarse a ti.

—Y descubriste que tu secretaria puede hablar con otros seres humanos.

—Descubrí que llevo años usando la palabra secretaria para evitar pensar en todo lo demás.

Elena dejó de moverse durante una fracción de segundo.

La música los obligó a recuperar el paso.

—Nicolás…

—No voy a decirte que llevo cuatro años enamorado de ti. Sería una mentira distinta.

Ella lo miró fijamente.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que esto empezó esta noche solo porque hoy me puse celoso.

Aquello sí le costó decirlo.

Elena lo supo.

—¿Celoso?

—No hagas que lo repita.

—Quiero escucharlo bien.

—Elena.

—Nicolás.

Él cerró los ojos un instante.

—Estaba celoso.

Ella sonrió.

—Muchísimo.

—No abuses.

—Casi rompiste una copa.

—Eso fue una exageración.

—El cristal no opinaría lo mismo.

Nicolás negó con la cabeza.

Luego su expresión volvió a ponerse seria.

—Pero eso es mío. No tuyo.

Elena dejó de sonreír.

—¿Qué significa?

—Que no tenías que rechazar a Julian para hacerme sentir mejor. No debí responder por ti. Y no voy a convertir lo que siento en otra instrucción que tengas que obedecer porque trabajas para mí.

La mirada de Elena cambió.

No fue una reacción espectacular.

Fue algo más pequeño y, para Nicolás, mucho más importante.

Confianza.

Todavía cautelosa.

Pero presente.

—Entonces tenemos un problema —dijo ella.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes.

Elena respiró profundamente.

—Porque yo tampoco acepté venir únicamente para salvarte de las mujeres de la junta.

Nicolás se quedó quieto.

Esta vez fue Elena quien tuvo que ajustar el paso para que no chocaran con otra pareja.

—¿Qué dijiste?

—Lo escuchaste.

—Quiero escucharlo bien.

Ella le lanzó una mirada que reconocía su propia frase.

—No abuses.

—Elena.

—Pensé que sería una noche —dijo ella—. Un vestido, unas fotografías, unas cuantas conversaciones y después volveríamos a lo normal.

—¿Y?

—Y descubrí que verte reaccionar cuando otros hombres se acercaban a mí fue bastante satisfactorio.

Nicolás arqueó una ceja.

—Eso es cruel.

—Un poco.

—¿Julian?

—Es agradable.

Nicolás hizo una mueca.

—No exageres.

Elena rió.

—Pero no bailé con él para provocarte. Acepté porque me invitó y porque tú acababas de decir que podía hacerlo.

—Lo sé.

—Y no acepté el segundo baile porque ya no quería seguir actuando como si no estuviera pendiente de ti.

La música siguió alrededor de ellos.

Nicolás sintió una calma extraña.

No la satisfacción de haber conseguido algo.

Era diferente.

Elena no le pertenecía.

Precisamente por eso importaba que hubiera elegido quedarse cerca.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella.

Nicolás miró hacia las mesas, las luces y las personas que todavía creían estar observando a una pareja real.

—Terminamos la gala.

—Eso ya lo sabía.

—Después dejamos de fingir.

Elena sostuvo su mirada.

—¿Y después?

—Mañana no eres mi novia.

Ella parpadeó.

—Vaya declaración romántica.

—Mañana eres Elena. Y yo te invito a cenar sin una junta directiva, sin fotógrafos y sin necesitar que interpretes nada.

Ella guardó silencio.

Nicolás continuó.

—Fuera del horario de trabajo. Puedes decir que no. Puedes seguir trabajando conmigo aunque digas que no. Y si esto complica tu posición en la oficina, lo resolvemos antes de intentar cualquier otra cosa.

Elena lo estudió como si estuviera revisando un contrato particularmente sospechoso.

—Has pensado bastante rápido.

—Llevo toda la noche perdiendo el control. Necesitaba recuperar alguna habilidad.

—Ahí está el Nicolás que conozco.

—¿Eso es un sí?

—Es un sí a la cena.

Nicolás asintió.

No pidió más.

Por una vez, entendió que no hacerlo era parte de la respuesta correcta.

Cuando terminó la canción, Elena comenzó a retirar la mano.

Nicolás la soltó inmediatamente.

Ella dio dos pasos.

Después se detuvo.

Volvió hacia él.

—Por cierto.

—¿Qué?

—El lunes voy a cambiar una cosa en tu agenda.

—¿Cuál?

—La cena.

Nicolás sonrió.

—Pensé que sería fuera del horario de trabajo.

—Lo será. Solo quiero asegurarme de que no inventes una reunión a última hora porque te entre pánico.

—No me entra pánico.

Elena le dedicó exactamente la misma expresión que había usado durante toda la noche cada vez que él decía algo que ambos sabían que no era cierto.

—Por supuesto.

La gala terminó poco después de medianoche.

Cuando salieron del hotel, la lluvia se había reducido a una llovizna.

El mismo auto negro esperaba junto a la entrada.

Horas antes, Nicolás había bajado de él convencido de que llevaba consigo una solución simple.

Una empleada confiable.

Una relación inventada.

Una noche controlada.

Ahora Elena se detuvo antes de subir.

—Hay una última cosa.

Nicolás esperó.

—La mentira termina aquí —dijo ella.

—De acuerdo.

Elena abrió la puerta, pero antes de entrar volvió la cabeza.

—Así que si mañana me llamas, no quiero que me preguntes por un documento.

—¿Y qué debería preguntarte?

Ella sonrió.

—Puedes empezar por averiguar cuál es mi restaurante favorito.

Luego subió al auto.

Nicolás se quedó afuera un segundo más, mirándola a través de la puerta abierta.

Durante cuatro años había sabido exactamente dónde encontrar a Elena dentro de su vida: al otro lado de su escritorio, al teléfono, junto a la puerta de una sala de juntas, siempre preparada para resolver el siguiente problema.

Esa noche entendió que conocer el lugar que alguien ocupa en tu rutina no significa conocer todo lo que esa persona puede llegar a significar.

Subió al auto y se sentó a su lado.

No tomó su mano.

No necesitaba convertir el momento en una promesa que ninguno de los dos había hecho todavía.

Elena miró por la ventana mientras las luces del hotel quedaban atrás.

—¿Qué? —preguntó al notar que Nicolás seguía observándola.

—Nada.

Ella giró lentamente hacia él.

Nicolás sonrió antes de corregirse.

—Estoy pensando en dónde llevarte a cenar.

—Mucho mejor.

El auto avanzó entre las calles mojadas.

Y por primera vez desde que Elena había bajado frente al hotel, Nicolás dejó de intentar convencer a alguien de que ella era suya.

Lo único que quería saber era si, cuando ya no existiera ninguna mentira que sostener, ella elegiría sentarse a su lado de todos modos.

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