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vinhprovip-La Nochebuena En Que Alejandro Descubrió Que Tenía Dos Hijos-vinhprovip

El muñeco gris resbaló de las piernas de Valentina. Luego la niña alzó ambos brazos hacia Alejandro, como si para ella aquel hombre tembloroso no fuera un extraño que acababa de descubrir que era su padre.

Alejandro no reaccionó de inmediato.

Miró a Mariana.

Image

Luego a la pequeña.

Luego otra vez a Mariana.

—¿Qué hago? —preguntó en voz baja.

La pregunta desarmó a Mariana más que cualquier reclamo.

Había esperado enojo. Había esperado reproches. Incluso había imaginado que Alejandro exigiría respuestas ahí mismo, en medio del avión, sin importarle quién escuchara.

Pero no había esperado que preguntara permiso.

—Cárgala —respondió.

Alejandro se inclinó con torpeza y tomó a Valentina debajo de los brazos. La niña se acomodó contra su pecho con una confianza incomprensible, apretando una mano contra la solapa de su saco.

Él dejó escapar el aire lentamente.

—Hola, Valentina.

La niña lo observó con seriedad.

—Mi elefante.

Alejandro miró al piso, encontró el peluche junto al asiento y se agachó para recogerlo sin soltarla.

—Aquí está.

—Gracias.

Mateo levantó la cabeza desde su dibujo.

—Ella siempre tira todo.

Por primera vez desde que Alejandro había llegado a aquella fila, Mariana estuvo a punto de reír.

Alejandro también.

Fue apenas una sonrisa breve, nerviosa, pero cambió algo.

No arregló los tres años.

No borró el silencio.

No convirtió de pronto a cuatro desconocidos unidos por la sangre en una familia.

Pero hizo que Mariana comprendiera algo incómodo: había pasado años preparándose para proteger a sus hijos de la ausencia de Alejandro, sin saber qué clase de padre habría sido si hubiera tenido la oportunidad de elegir.

La señal del cinturón volvió a encenderse.

Una sobrecargo pidió a los pasajeros regresar a sus lugares.

Alejandro entregó a Valentina con cuidado.

La niña se aferró un segundo a su saco.

—Voy a sentarme —le explicó él—. Estoy allá adelante.

Valentina señaló el pasillo.

—¿Regresas?

Alejandro tragó saliva.

—Si tu mamá me deja, sí.

Mariana sostuvo su mirada.

—Después de aterrizar hablamos.

Él asintió.

No discutió.

No pidió privilegios.

No mencionó abogados, dinero ni todo lo que podía comprar con la vida que había construido en Monterrey.

Simplemente regresó a su asiento.

Durante los siguientes minutos, Mariana intentó concentrarse en los niños, pero podía sentir la presencia de Alejandro varias filas adelante como si siguiera parado a su lado.

Mateo continuó coloreando.

Valentina volvió a abrazar su elefante.

—Mamá —dijo Mateo de pronto—, ¿ese señor te conoce?

Mariana observó las cuatro figuras que el niño había dibujado debajo del avión.

—Sí.

—¿Desde antes?

—Desde hace mucho.

Mateo pareció satisfecho con la respuesta.

Los adultos necesitaban fechas, explicaciones y culpables.

Él solamente necesitaba saber si su mamá estaba tranquila.

Mariana le acomodó el cabello y miró por la ventanilla.

La Ciudad de México había quedado atrás.

Guadalajara estaba cada vez más cerca.

Y por primera vez desde que compró aquellos boletos, la Navidad con sus padres había dejado de ser el acontecimiento más importante del viaje.

Cuando el avión aterrizó, Alejandro no intentó adelantarse.

Esperó.

Mariana guardó los crayones, dobló el dibujo de Mateo y metió el elefante de Valentina en la mochila. Cuando finalmente se puso de pie, Alejandro estaba unos pasos más adelante, junto a su asiento, sin bloquearles el paso.

—¿Puedo ayudarte con algo?

Mariana le entregó una pequeña mochila infantil.

Nada más.

Él la tomó como si le hubieran confiado algo mucho más valioso.

Caminaron por la terminal sin tocarse.

Mateo iba de la mano de Mariana.

Valentina, cansada, avanzaba despacio del otro lado.

Alejandro llevaba la mochila.

Durante algunos metros, esa fue toda la relación que pudo reclamar.

Al llegar a una zona menos transitada, Mariana se detuvo.

—Mis papás están esperando que lleguemos —dijo—. No quiero que esta conversación ocurra frente a ellos.

Alejandro asintió.

—Está bien.

—Y tampoco frente a los niños.

—Está bien.

Mariana frunció el ceño.

—¿No vas a discutir nada?

Él soltó una risa sin humor.

—Tengo tres años de preguntas y llevo menos de una hora sabiendo que soy papá. Si empiezo a discutir ahora, probablemente diga algo de lo que me arrepienta.

Aquello se parecía demasiado al Alejandro que ella recordaba.

No al hombre de las revistas.

No al multimillonario.

Al ingeniero que daba vueltas por el departamento cuando intentaba resolver un problema y que prefería quedarse callado antes que hablar desde el enojo.

Mariana bajó la vista.

—Yo también tengo cosas de las que me arrepiento.

Alejandro apretó la correa de la mochila.

—Entonces dime una primero.

Ella levantó la cara.

—Dejé de buscarte demasiado pronto.

La expresión de Alejandro se endureció apenas.

—¿Cuánto tiempo intentaste localizarme?

—Al principio, varias veces. Llamé a tu antigua empresa. Pregunté por ti. El número que tenía dejó de funcionar.

—¿Y después?

—Después nacieron ellos.

Mariana miró a los gemelos.

—Y todo se volvió sobrevivir el siguiente día. Dormir dos horas. Trabajar. Conseguir quién me ayudara cuando tenía turno. Aprender a cuidar a dos bebés al mismo tiempo. Cada semana que pasaba me convencía de que ya era demasiado tarde.

Alejandro guardó silencio.

—Eso no responde por qué nunca me escribiste una carta, un correo, cualquier cosa.

—No.

Mariana sostuvo su mirada.

—La respuesta real es que también estaba enojada contigo.

Aquello sí le dolió.

Se notó.

—¿Tanto como para no decirme que tenía dos hijos?

—Al principio pensé que encontraría la forma. Después pensé que tú ya habías elegido tu nueva vida. Y luego me dio miedo que aparecieras únicamente por obligación.

Alejandro bajó la voz.

—No podías tomar esa decisión por mí.

—Lo sé.

—Me quitaste dos años y medio con ellos.

—Sí.

Mariana no intentó defenderse.

Eso hizo más difícil que Alejandro siguiera enojado de la manera que necesitaba.

Se pasó una mano por el cabello y caminó un par de pasos antes de regresar.

—Yo tampoco te busqué.

Ella parpadeó.

—No.

—Me dije que tú habías dejado claro que no querías seguir conmigo. Me fui a Monterrey, cambié de número por el trabajo, cerré mis redes porque todo estaba empezando a crecer demasiado rápido y supuse que si querías encontrarme sabrías cómo hacerlo.

Mariana soltó una respiración corta.

—Eso mismo pensé yo de ti.

Los dos se quedaron mirándose.

Ahí estaba la parte que ninguno había querido admitir.

No había existido una gran conspiración que los separara.

No había una persona escondiendo mensajes.

No había una explicación perfecta que permitiera declarar inocente a uno y culpable al otro.

Había orgullo.

Había miedo.

Había dos personas heridas esperando que la otra hiciera el esfuerzo que ninguna se atrevió a hacer.

Y en medio habían quedado Mateo y Valentina.

Mateo jaló la manga de Mariana.

—Tengo hambre.

La vida volvió a entrar en la conversación sin pedir permiso.

—Ya vamos con los abuelos —respondió ella.

Alejandro miró al niño.

—¿Les gustan mucho sus abuelos?

Mateo asintió con entusiasmo.

—Mi abuelo hace chocolate.

—¿Ah, sí?

—Pero lo deja enfriar porque Vale se quema.

Valentina protestó.

—Yo no.

—Sí.

—No.

—Sí.

Alejandro sonrió.

Mariana lo observó hacerlo y sintió una punzada difícil de nombrar.

Aquella discusión idéntica había ocurrido cien veces delante de ella.

Pero esa era la primera vez que alguien más los miraba entendiendo, de golpe, que esos detalles insignificantes también le pertenecían.

Alejandro se agachó hasta quedar a la altura de Mateo.

—¿Me enseñas tu dibujo antes de que te vayas?

Mateo sacó la hoja doblada.

Alejandro la abrió.

El avión ocupaba casi toda la página. Abajo había cuatro figuras: una grande con cabello largo, dos pequeñas y otra alta a un costado.

Alejandro señaló la última.

—¿Quién es este?

Mateo encogió los hombros.

—No sé.

—¿Entonces por qué lo dibujaste?

—Porque faltaba alguien.

Mariana cerró los ojos un instante.

Alejandro dejó de sonreír.

—Mateo —dijo ella suavemente—, guarda tu dibujo, por favor.

El niño obedeció.

Alejandro se puso de pie.

—¿Ellos han preguntado por su papá?

—Todavía no como tú imaginas. Saben que tienen uno. Nunca les dije que estuvieras muerto ni que los hubieras abandonado. Solo les decía que cuando fueran más grandes se los explicaría.

—¿Y qué ibas a explicarles?

Mariana tardó en responder.

—No lo sabía.

Esa fue quizá la confesión más dura de todas.

Alejandro miró hacia donde estaban los niños.

—No quiero que me presentes hoy como su padre solo porque acabamos de encontrarnos.

Mariana levantó las cejas.

—¿No?

—Quiero que lo sepan. Claro que quiero.

Respiró hondo.

—Pero no quiero que dentro de veinte minutos alguien les diga que soy su papá y mañana yo tenga que volar a Monterrey sin que entiendan por qué desaparecí otra vez.

Mariana lo estudió.

—¿Tienes que regresar mañana?

Alejandro miró su teléfono por primera vez desde que comenzaron a hablar.

Había varias notificaciones en la pantalla.

Las apagó.

—Tenía que hacerlo.

—¿Tenías?

—Cancelé una cena antes del vuelo porque estábamos retrasados. Puedo cancelar lo demás.

Mariana negó con la cabeza.

—No quiero que empieces convirtiendo cada decisión en una demostración.

Alejandro pareció sorprendido.

—No estoy intentando impresionarte.

—Tal vez no conscientemente. Pero conozco esa parte de ti. Cuando sientes que algo se te sale de las manos, intentas resolverlo todo de golpe.

Él miró la mochila infantil que todavía cargaba.

—Esto no se resuelve de golpe.

—Exacto.

Alejandro dejó pasar unos segundos.

—Entonces dime qué sí puedo hacer.

Mariana volvió la vista hacia Mateo y Valentina.

—Hoy, nada espectacular.

—Eso suena difícil para un multimillonario.

La frase salió más seca de lo que ella pretendía.

Alejandro arqueó una ceja.

—Sigo sabiendo calentar leche sin comprar una empresa.

Mariana soltó una risa inesperada.

Los dos se sorprendieron.

Durante un instante, estuvieron otra vez en aquel departamento pequeño donde discutían por recibos, pedían comida barata cuando ninguno quería cocinar y se burlaban uno del otro para dejar de pelear.

Después el instante terminó.

—Ven a cenar —dijo Mariana.

Alejandro se quedó quieto.

—¿Con tus papás?

—Sí.

—Tu papá quería matarme la última vez que lo vi.

—Probablemente no ha perdido práctica.

Alejandro exhaló por la nariz.

—Excelente.

—Pero hay una condición.

—La que sea.

—No les diremos a los niños quién eres hasta que hablemos nosotros primero. Tú vas a conocerlos. Ellos te van a conocer. Sin promesas enormes. Sin regalos absurdos. Sin intentar recuperar dos años y medio en dos días.

Alejandro miró a Mariana durante varios segundos.

—De acuerdo.

—Y después decidimos juntos cómo decirles la verdad.

Esa palabra cambió su expresión.

Juntos.

No como pareja.

No todavía.

Quizá nunca.

Pero sí como los dos adultos responsables de Mateo y Valentina.

—De acuerdo —repitió.

Mariana extendió la mano para recuperar la mochila.

Alejandro no la soltó inmediatamente.

—Puedo cargarla.

—Pesa poco.

—Ya sé.

—Entonces dámela.

—Quiero cargarla.

Mariana lo miró.

Era una discusión ridícula.

Y precisamente por eso entendió lo que él estaba pidiendo.

No quería llevar una mochila porque fuera pesada.

Quería hacer una cosa mínima que correspondiera a un padre.

Mariana soltó la correa.

—Está bien.

Alejandro siguió caminando con ella.

La cena de Nochebuena comenzó con una sorpresa mucho menos elegante de lo que Alejandro habría imaginado.

El padre de Mariana abrió la puerta, vio a su hija, abrazó a los gemelos y después levantó la mirada hacia el hombre parado detrás de ellos con una mochila de animalitos colgada del hombro.

Su cara cambió.

—No puede ser.

—Feliz Navidad —dijo Alejandro.

—No para ti.

—Papá —intervino Mariana.

Su madre apareció desde adentro y se llevó una mano a la boca.

—Mariana.

—Después explico todo.

—Más te vale.

Los gemelos entraron corriendo.

Alejandro permaneció en la entrada.

No cruzó hasta que Mariana hizo un gesto con la cabeza.

Aquello no pasó desapercibido para ella.

Durante la cena hubo preguntas pequeñas, miradas grandes y demasiadas frases interrumpidas.

Alejandro se sentó lejos de Mariana.

Mateo terminó junto a él porque quiso ver el reloj brillante que llevaba en la muñeca.

—¿Es de superhéroe?

Alejandro observó el objeto que esa misma mañana había formado parte de la imagen impecable con la que entró al avión.

—No.

—¿Entonces qué hace?

—Da la hora.

Mateo lo pensó.

—El de mi abuelo también.

Alejandro miró el reloj sencillo del hombre sentado enfrente.

—Entonces creo que el suyo es mejor negocio.

El abuelo de Mateo intentó no sonreír.

No lo consiguió del todo.

Más tarde, cuando los niños se entretuvieron con sus juguetes, los cuatro adultos se quedaron en la cocina.

Mariana contó lo ocurrido en el avión.

Su madre lloró en silencio.

Su padre no.

—¿Y ahora qué quieres? —le preguntó directamente a Alejandro.

—Conocer a mis hijos.

—¿Porque los viste y se parecen a ti?

Alejandro aceptó el golpe sin levantar la voz.

—Porque son mis hijos aunque no se parecieran en nada.

—No estuviste cuando nacieron.

—No sabía que existían.

—Mi hija te buscó.

—Y yo no la busqué a ella.

El padre de Mariana se detuvo.

Alejandro continuó.

—No vine a fingir que hice todo bien. Tampoco voy a fingir que Mariana hizo todo bien. Los dos fallamos. Pero lo que hagamos con eso ya no puede decidirse por orgullo.

Mariana sintió que esas palabras iban dirigidas también a ella.

Su padre cruzó los brazos.

—¿Vas a querer llevártelos a Monterrey?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Mariana miró a Alejandro.

—¿No?

—No voy a entrar en la vida de dos niños que apenas me conocen y empezar exigiendo que cambien su casa, su rutina o a la gente que los ha criado.

Alejandro apoyó las manos sobre la mesa.

—Yo fui quien llegó tarde. Me toca aprender cómo entrar.

Aquello fue el primer verdadero cambio de la noche.

Hasta ese momento, Mariana había temido que el poder económico de Alejandro acabara convirtiendo cada conversación en una negociación desigual.

Él podía pagar vuelos privados, departamentos, escuelas, especialistas y cualquier comodidad que ella tardaría años en costear.

Pero no podía comprar el tiempo perdido.

Y parecía saberlo.

Esa madrugada, cuando los gemelos ya dormían, Mariana y Alejandro hablaron a solas en la sala.

No discutieron sobre volver.

Hablaron de horarios.

De alergias.

De comidas que los niños rechazaban.

De cómo Mateo necesitaba una luz pequeña para dormir.

De que Valentina pedía el elefante cuando estaba cansada.

De enfermedades infantiles, cumpleaños y primeras palabras que Alejandro se había perdido.

Cada detalle parecía producirle una herida nueva.

Pero escuchó todos.

—¿Cuál fue su primera palabra? —preguntó.

—Mateo dijo “agua”.

—¿Y Valentina?

Mariana sonrió.

—“No”.

Alejandro soltó una carcajada breve.

—Esa sí es hija tuya.

—También tuya. Tú convertías cualquier instrucción en una negociación.

Se miraron.

La familiaridad volvió a aparecer entre ellos, peligrosa porque era cómoda.

Mariana apartó la mirada primero.

—Hay algo que necesito dejar claro.

—Dime.

—Que seas su padre no significa que nosotros vayamos a volver.

Alejandro asintió lentamente.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—Mariana, hace seis horas no sabía que tenía hijos. No voy a usar esto para recuperar nuestro matrimonio.

Ella respiró con más tranquilidad.

Entonces él añadió:

—Pero tampoco voy a fingir que ya no siento nada por ti.

Mariana levantó la mirada.

—Alejandro.

—No te estoy pidiendo una respuesta.

Se inclinó hacia adelante.

—Solo estoy diciendo la verdad porque ya perdimos demasiado tiempo haciendo lo contrario.

Ella no respondió.

A la mañana siguiente, Mateo encontró a Alejandro dormido en un sillón con una cobija demasiado pequeña cubriéndole apenas las piernas.

El niño se acercó con su dibujo en la mano.

—Señor.

Alejandro abrió los ojos.

—Buenos días.

—Te faltó color.

—¿A mí?

Mateo señaló la cuarta figura del papel.

—Esa.

Alejandro se incorporó.

—Pensé que no sabías quién era.

—Ya sé.

El corazón de Alejandro dio un golpe.

—¿Quién?

Mateo señaló hacia la cocina, donde Mariana preparaba el desayuno.

—Eres amigo de mi mamá.

Alejandro sonrió con una mezcla de alivio y decepción.

—Sí. Por ahora, eso está bien.

Mateo le entregó un crayón verde.

—Pinta.

Alejandro obedeció.

Durante los siguientes días hizo exactamente lo que Mariana le había pedido.

Nada espectacular.

Ayudó a recoger juguetes.

Aprendió cuál vaso prefería cada niño.

Descubrió que Mateo hablaba dormido y que Valentina odiaba ponerse calcetines.

Jugó en el piso hasta que su traje dejó de parecerle importante.

Contestó llamadas de trabajo solamente cuando los niños estaban ocupados.

Y cuando tuvo que regresar a Monterrey, no anunció promesas imposibles.

Se sentó con Mariana primero.

—Quiero volver el próximo fin de semana.

—Eso implica viajar mucho.

—Sí.

—Tienes una empresa.

—También tengo dos hijos.

—No puedes reorganizar toda tu vida en una semana.

Alejandro negó con la cabeza.

—No. Pero puedo empezar a reorganizarla.

Entonces Mariana tomó la decisión que llevaba días evitando.

—Es momento de decirles.

Alejandro dejó de moverse.

—¿Estás segura?

—Sí.

Los sentaron juntos en la sala.

Mateo llevaba su dibujo.

Valentina tenía el elefante apretado contra el pecho.

Mariana habló primero.

Usó palabras sencillas.

Les explicó que Alejandro no era solamente un amigo suyo.

Que lo había conocido mucho antes de que ellos nacieran.

Que era su papá.

Mateo miró a Alejandro con enorme concentración.

Valentina frunció el ceño de la misma manera que él.

—¿Papá? —preguntó Mateo.

Alejandro se agachó frente a ellos.

—Sí.

—¿Dónde estabas?

La pregunta llegó sin acusación.

Eso la hizo más dolorosa.

Alejandro miró a Mariana antes de responder.

—No sabía que ustedes habían nacido.

Mateo volvió los ojos hacia su mamá.

—¿Por qué?

Mariana sintió un nudo en la garganta.

Podía haber suavizado la respuesta.

Podía haber culpado a las circunstancias.

No lo hizo.

—Porque tu papá y yo nos enojamos mucho hace tiempo y dejamos de hablarnos. Después yo no supe cómo arreglarlo.

Mateo procesó aquello durante unos segundos.

—¿Ya hablaron?

—Sí.

—¿Ya no están enojados?

Mariana miró a Alejandro.

—Estamos aprendiendo.

Mateo pareció considerar que eso era suficiente.

Valentina extendió su elefante hacia Alejandro.

—Papá, ten.

Alejandro lo recibió con ambas manos.

Esa vez sí lloró.

No de manera dramática.

Solo bajó la cabeza y se limpió rápidamente una mejilla antes de devolverle el peluche.

—Gracias, Vale.

Los meses siguientes no fueron una reconciliación perfecta.

Fueron más difíciles que eso.

Hubo vuelos cancelados.

Cambios de turno de Mariana.

Videollamadas en las que los niños preferían seguir jugando.

Fines de semana en que Alejandro quería recuperar demasiado tiempo y Mariana tenía que recordarle que los gemelos necesitaban rutina, no una sucesión de sorpresas.

También hubo discusiones entre ellos.

Una vez Alejandro propuso pagar un departamento más grande para Mariana y los niños.

Ella se negó.

—No necesito que me rescates.

Él se molestó.

Después entendió.

Otra vez Mariana tomó una decisión médica menor sin avisarle y Alejandro sintió que volvía a quedar fuera.

Ella se molestó.

Después entendió.

Poco a poco dejaron de interpretar cada error nuevo como una repetición exacta del pasado.

Alejandro abrió un espacio real en su agenda para estar con los niños.

No únicamente cuando podía presumir una Navidad, un cumpleaños o una fotografía bonita.

También cuando había fiebre, berrinches, ropa que lavar y juguetes debajo de los muebles.

Mariana, por su parte, dejó de confundir independencia con tener que cargar sola con absolutamente todo.

Aceptar que Alejandro comprara los boletos de un viaje con los niños no borraba los años en que ella había trabajado turnos dobles.

Permitirle ser responsable no disminuía lo que ella había hecho.

Y algo más comenzó a cambiar entre ellos.

No ocurrió con una gran declaración.

Ocurrió mientras guardaban platos.

Mientras discutían qué película podían ver los gemelos.

Mientras Alejandro se quedaba dormido en el piso después de armar una pista de juguete.

La confianza regresó en fragmentos pequeños.

Una noche, varios meses después de aquel vuelo, Mariana encontró a Alejandro sentado junto a Mateo mientras el niño coloreaba otro avión.

—Te falta alguien —dijo Alejandro.

Mateo negó con la cabeza.

—No.

En la hoja había cuatro figuras.

Esta vez todas tenían nombre.

Mateo.

Valentina.

Mamá.

Papá.

Mariana se quedó en la puerta.

Alejandro levantó la vista hacia ella.

No hizo ninguna pregunta.

No necesitaba hacerlo.

Más tarde, cuando los niños dormían, Mariana se sentó a su lado.

—He estado pensando en nosotros.

Alejandro mantuvo las manos quietas.

—Eso suena peligroso.

Ella sonrió.

—No quiero volver a lo que éramos.

La expresión de él se volvió seria.

—Yo tampoco.

Mariana lo miró sorprendida.

—¿No?

—Nos queríamos, pero también competíamos por ver quién cedía menos. Si alguna vez intentamos algo otra vez, quiero que sea distinto.

Mariana asintió.

—Yo también.

No hubo promesa de cuento.

No hubo una boda inmediata.

No hubo una decisión impulsiva tomada por los niños.

Hubo una cena la semana siguiente.

Solo ellos dos.

Después otra.

Y varios meses más tarde, cuando pudieron hablar de Monterrey, Ciudad de México, trabajo, dinero y crianza sin convertir cada desacuerdo en una amenaza de abandono, decidieron intentarlo de nuevo.

Despacio.

Los gemelos no fueron utilizados para unirlos.

Ya estaban unidos por ellos.

La diferencia fue que Mariana y Alejandro eligieron construir una relación aparte, una que pudiera existir incluso cuando Mateo y Valentina no estuvieran en la habitación.

Un año después de aquella Nochebuena, los cuatro volvieron a tomar un avión durante las fiestas.

Esta vez no hubo encuentro inesperado entre primera clase y los asientos de atrás.

Alejandro viajaba junto a Mateo.

Mariana junto a Valentina.

Cuando el avión comenzó a moverse, Mateo sacó una caja de crayones.

—Papá.

—¿Qué pasó?

—Se me cayó el verde.

Alejandro miró al pasillo.

El crayón había rodado apenas unos centímetros.

Se agachó y lo recogió.

Durante un segundo recordó otro crayón, otro vuelo y la primera vez que había extendido la mano hacia un hijo que todavía no sabía que era suyo.

Mateo tomó el color.

—Gracias, papá.

Alejandro no respondió enseguida.

Solo le acomodó la hoja sobre la mesita.

Mariana lo observó desde el asiento de al lado.

En la página había un avión y, debajo, cuatro figuras.

Ya no faltaba nadie.

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