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silas-El Hombre Que Nadie Se Atrevía A Contradecir Le Pidió Que Lo Acompañara-silas

Desmond no estaba en condiciones de salir, pero aun así decidió hacerlo, y lo más extraño fue que no quiso dejar a la mujer que acababa de desafiarlo fuera de aquella situación.

La caja de baclofeno seguía en su mano cuando levantó la vista hacia Frankie.

—Entonces ella viene conmigo.

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Frankie se quedó mirándolo.

Yo también.

Dos semanas antes, habría pensado que era una locura acompañar a un hombre como Desmond Gallagher a cualquier lugar, mucho menos después de saber que el hombre responsable de la bomba estaba vivo y dispuesto a hablar únicamente frente a él.

Pero ya conocía otra parte de Desmond.

La parte que aparecía cuando el dolor le ganaba al orgullo.

La parte que intentaba ocultar debajo de una cobija, detrás de órdenes cortas y de una actitud capaz de hacer renunciar a cualquiera que se acercara demasiado.

Y esa noche había algo todavía más evidente: estaba exhausto.

Llevaba tres noches prácticamente sin dormir.

El espasmo acababa de dejarle la pierna tensa y el cuerpo temblando.

Aun así, había decidido enfrentarse al hombre que podía revelar quién había pagado para matarlo.

—Necesitas descansar —le dije.

Desmond sostuvo la pastilla entre los dedos.

—Necesito respuestas.

—Puedes conseguirlas mañana.

—Si ese hombre cambia de opinión, no.

Frankie cruzó los brazos.

—Jefe, el auto está listo.

Desmond hizo un movimiento para incorporarse.

La pierna derecha tardó en responder.

Su mandíbula se tensó.

No dijo nada.

Yo sí.

—Espera.

Me acerqué y ajusté el soporte de su silla.

—No vas a levantarte solo.

Sus ojos se clavaron en mí.

—No necesito que me cuides cada segundo.

—Correcto. Sólo los segundos en los que estás a punto de caerte.

Frankie miró hacia otro lado.

No sabía si estaba tratando de ocultar una sonrisa o simplemente evitando meterse en medio.

Desmond terminó tomando el medicamento.

Después dejó el vaso sobre la mesa.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Siete.

—Ocho.

—Hecho.

Era una discusión absurda para alguien que acababa de descubrir que quizá había un nuevo intento de asesinato detrás de todo lo ocurrido.

Pero esa era nuestra forma de funcionar.

Él daba una orden.

Yo encontraba la manera de discutirla sin temblar.

Y, por primera vez desde que había llegado a aquella residencia, Desmond parecía aceptar que alguien podía decirle que no sin que el mundo se viniera abajo.

Mientras Frankie salía para preparar el vehículo, revisé su pierna.

La lesión de presión seguía necesitando atención.

No era algo que pudiera ignorarse sólo porque hubiera un criminal dispuesto a hablar.

—Vamos a cubrir esto antes de salir.

—No.

—Sí.

—No tenemos tiempo.

—Tienes tiempo para descubrir quién intentó matarte. También tienes tiempo para evitar que una lesión empeore.

Desmond apretó los labios.

—Eres insoportable.

—Y tú estás vivo.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos.

Luego apartó la vista.

—Hazlo.

Preparé lo necesario.

Sin dramatismo.

Sin tratarlo como si fuera frágil.

Sólo haciendo mi trabajo.

Cuando terminé, Frankie regresó.

—Todo listo.

Desmond giró la silla hacia la puerta.

Yo tomé mi bolsa.

—¿Vas a traer eso? —preguntó.

—Sí.

—No necesitamos una enfermera.

—Entonces no me necesitas a mí.

La silla se detuvo.

Frankie volvió a mirar hacia otro lado.

Desmond respiró lentamente.

—Trae la bolsa.

Salimos.

El pasillo estaba casi vacío.

Las cámaras seguían cada movimiento, pero aquella vez ya no me importaban.

Había dejado de sentir que estaba entrando a una casa ajena.

Ya sabía dónde estaba el gabinete de medicamentos.

Sabía qué puerta se atoraba.

Sabía cómo sonaba la silla cuando una rueda necesitaba ajuste.

Y sabía cuándo Desmond estaba mintiendo sobre cuánto dolor tenía.

Eso último parecía molestarle especialmente.

Al llegar al vehículo, Frankie abrió la puerta.

Desmond se quedó quieto.

Miró el asiento.

Después me miró a mí.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando que deberías usar la silla para subir al vehículo.

—Eso era peor.

—Entonces no preguntes.

Con ayuda de Frankie, quedó acomodado.

Yo subí después y coloqué la bolsa junto a mis pies.

Frankie tomó el volante.

La residencia quedó atrás.

Durante varios minutos nadie habló.

Desmond miraba por la ventana.

Yo revisaba mentalmente lo que necesitábamos llevar.

Medicamentos.

Material para la lesión.

Lo necesario por si el espasmo regresaba.

Y, sobre todo, la certeza incómoda de que estábamos entrando en una situación que no entendíamos por completo.

Finalmente, Desmond habló.

—No tienes que venir.

—Ya lo sé.

—Podrías perder tu trabajo.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Lo miré.

—Porque si vuelves a tener un espasmo, alguien tiene que saber qué hacer.

No mencioné la otra razón.

Que después de verlo luchar por cada movimiento durante dos semanas, ya no podía fingir que era sólo mi empleador.

Desmond tampoco insistió.

El auto siguió avanzando.

Afuera, las calles estaban casi vacías.

Adentro, el silencio tenía otro peso.

Frankie recibió una llamada.

Contestó de inmediato.

—Sí.

Escuchó.

Su expresión cambió.

—¿Está seguro?

Volvió a escuchar.

—Entendido.

Colgó.

Desmond giró la cabeza.

—¿Qué pasa?

Frankie tardó un segundo en responder.

—El hombre cambió la condición.

—¿Cuál?

—Dice que ya no quiere hablar en privado.

Desmond se quedó quieto.

—¿Entonces qué quiere?

Frankie miró por el espejo.

—Quiere que haya alguien más presente.

Sentí que el cuerpo de Desmond se tensaba.

—¿Quién?

—A ti.

Desmond frunció el ceño.

—Eso ya lo sabíamos.

Frankie negó con la cabeza.

—No. No me entendiste.

Miró hacia mí.

—Te quiere a ti también.

No respondí.

Desmond sí.

—¿Por qué?

—No lo dijo.

Durante unos segundos sólo se escuchó el motor.

La pregunta había cambiado.

Ya no se trataba únicamente de quién había pagado por la bomba.

Ahora alguien que podía saberlo todo estaba pidiendo específicamente que yo estuviera presente.

Y no tenía idea de por qué.

Desmond extendió una mano.

—Dame el teléfono.

Frankie se lo pasó.

Desmond hizo una llamada.

—Soy Gallagher.

Escuchó.

Su rostro no mostró miedo.

Pero su mano sí.

Los dedos se cerraron alrededor del teléfono con más fuerza.

—No voy a negociar.

Pausa.

—Entonces habla cuando lleguemos.

Otra pausa.

—No.

Desmond miró hacia mí.

—Ella se queda conmigo.

Terminó la llamada.

—¿Qué dijo? —pregunté.

—Nada útil.

—Eso significa que sí dijo algo útil.

La comisura de su boca se movió apenas.

—Empiezas a conocerme demasiado.

—Alguien tiene que hacerlo.

No respondió.

El vehículo continuó.

Cuando llegamos al lugar acordado, Frankie se estacionó.

Desmond no salió de inmediato.

Miró hacia la entrada.

Luego revisó sus manos.

Por un instante parecía otra vez el hombre que había visto aquella primera noche: alguien acostumbrado a controlar cada habitación antes de entrar en ella.

Pero esta vez había una diferencia.

No podía controlar lo que el hombre de la bomba iba a decir.

Y tampoco podía controlar por qué ese hombre había pedido que yo estuviera allí.

—Quédate cerca —me dijo.

—Pensaba hacerlo.

—Y si te digo que salgas, sales.

—Depende.

Sus ojos se endurecieron.

—¿De qué?

—De si estás tratando de protegerme o de ocultarme algo.

Frankie cerró los ojos por un segundo.

Desmond me miró largo rato.

—Después hablamos de eso.

—Claro.

La puerta se abrió.

Frankie salió primero.

Yo me coloqué detrás de Desmond y empujé su silla.

Entramos juntos.

El hombre estaba esperando.

No parecía alguien que tuviera el control.

Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo esperando una oportunidad para hablar.

Desmond se detuvo frente a él.

—Dijiste que sabías quién pagó.

El hombre levantó la vista.

—Lo sé.

—Entonces dilo.

Sus ojos se movieron hacia mí.

No hacia Frankie.

No hacia Desmond.

Hacia mí.

—Primero quiero saber si ella ya te contó lo que encontró.

Mi estómago se apretó.

—¿Qué encontré? —pregunté.

Desmond giró lentamente la cabeza hacia mí.

Yo no entendía de qué estaba hablando.

El hombre sonrió apenas.

—Entonces no se lo dijiste.

Desmond se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué demonios estás hablando?

El hombre metió una mano en el bolsillo.

Frankie avanzó un paso.

Desmond levantó una mano para detenerlo.

—Déjalo.

El hombre sacó un sobre.

No lo abrió.

Sólo lo sostuvo entre los dedos.

—Esto es lo que me dijeron que entregara después de la bomba.

Desmond observó el sobre.

—¿A quién?

El hombre volvió a mirarme.

—A ella.

Nadie habló durante un momento.

Yo miré el sobre.

No reconocía mi nombre porque no había ningún nombre visible.

Pero entonces vi algo que sí reconocí.

La letra en una esquina.

La misma letra que había visto en una de las instrucciones médicas de Desmond.

La misma forma extraña de escribir la letra D.

Sentí que se me helaban las manos.

Desmond también lo vio.

—Dámelo.

El hombre negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la condición era que ella lo recibiera.

Desmond me miró.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía saber qué decir.

Yo extendí la mano.

El sobre cambió de dueño.

Y en cuanto lo tuve entre los dedos, entendí que aquella noche no habíamos venido únicamente a descubrir quién había ordenado la bomba.

Alguien había estado preparando algo para mí desde mucho antes de que yo entrara a la residencia de los Gallagher.

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