A la mañana siguiente, Chloe regresó al departamento de Brendan sin reclamarle nada de lo que había escuchado en la clínica. Él abrió la puerta con la misma tranquilidad de siempre, sonrió como si la noche anterior no hubiera existido y le puso un sobre en las manos. Chloe todavía no sabía que aquellas tres cosas pendientes no tenían que ver con su relación, sino con algo que podía comprometer a muchas más personas.
No abrió el sobre de inmediato.
Lo sostuvo entre los dedos y observó a Brendan.

—¿Qué es esto?
—Lo que necesitamos terminar —respondió él.
Su voz era tan normal que, durante un segundo, Chloe recordó a la mujer que había sido unas horas antes: la novia que había corrido a una clínica privada porque le dijeron que el hombre que amaba estaba gravemente herido.
La misma mujer que había entregado su sangre sin preguntar demasiado.
La misma que había descubierto que la bolsa con su nombre terminó en un contenedor de residuos biológicos.
Pero ahora ya no estaba buscando una explicación para Brendan.
Estaba observándolo.
Y esa diferencia empezó a cambiarlo todo.
Chloe abrió el sobre.
Dentro había tres hojas impresas y una fotografía.
La primera hoja era una copia de un documento relacionado con aquella competencia universitaria de baile que había ganado cuatro años atrás.
La segunda contenía una serie de fechas y cantidades.
La tercera tenía nombres que reconoció de inmediato.
Scarlett Montgomery aparecía en la parte superior.
Debajo estaba el nombre de Brendan.
Chloe sintió que se le tensaban los dedos alrededor del papel.
—¿Por qué tienes esto?
Brendan se apoyó en el marco de la puerta.
—Porque ya es hora de terminar.
—¿Terminar qué?
Él no contestó de inmediato.
Chloe volvió a mirar la lista.
Ahora entendía por qué las conversaciones que había escuchado en la clínica habían sido tan precisas.
No hablaban de bromas improvisadas.
Hablaban de una cuenta.
Noventa y seis.
No eran noventa y seis coincidencias ni noventa y seis momentos en los que ella hubiera tenido mala suerte.
Había una intención detrás de ellas.
Y alguien llevaba la cuenta.
—¿Esto es lo que han estado haciendo durante tres años? —preguntó.
Brendan soltó el aire.
—No exageres.
Esa palabra le dolió más de lo que esperaba.
“Exageras”.
Había escuchado algo parecido después de cada humillación.
Cuando pasó la noche buscando el brazalete bajo la lluvia, él le dijo que se tomaba las cosas demasiado en serio.
Cuando creyó que estaba inconsciente después de una cirugía que nunca ocurrió, él le aseguró que necesitaba aprender a manejar sus emociones.
Cuando la acusaron de plagio y ella pasó horas tratando de demostrar que no había hecho nada, Brendan le dijo que seguramente había cometido algún error y que no debía dramatizar.
Ahora todas aquellas frases tenían otro significado.
Chloe levantó la primera hoja.
—¿Qué tiene que ver esto con Scarlett?
Brendan se acercó un poco.
—Ella perdió por tu culpa.
Chloe lo miró fijamente.
—No. Yo gané.
Él apretó la mandíbula.
—Para ti es lo mismo.
—No. No lo es.
Fue la primera vez que Chloe se lo dijo sin disculparse después.
Brendan se quedó callado.
Sobre la mesa había una fotografía de aquella noche de la competencia.
Chloe aparecía levantando el trofeo.
Su mamá estaba llorando en primera fila.
Su papá sostenía el celular viejo con el que había grabado parte de la ceremonia.
Durante años, Chloe había guardado aquella fotografía como uno de los recuerdos más felices de su vida.
Ahora entendía por qué Brendan nunca había querido hablar demasiado de esa noche.
Él estaba al fondo.
Junto a Scarlett.
Y la estaba mirando.
No a Chloe.
A Scarlett.
—Ella te pidió que hicieras esto —dijo Chloe.
Brendan no respondió.
Eso fue suficiente.
La segunda hoja contenía fechas que correspondían a varios de los momentos que ella había considerado accidentes.
El brazalete.
La supuesta cirugía.
La acusación de plagio.
Otras situaciones que Chloe apenas recordaba porque, durante años, había intentado enterrarlas como episodios desagradables de una relación complicada.
Ahora aparecían organizadas.
Una fecha.
Un incidente.
Una cantidad.
Una marca al lado.
No necesitó leerlas todas.
—¿Les pagaban por esto?
Brendan tomó aire.
—No era así.
—Entonces dime cómo era.
—Scarlett quería que entendieras lo que se siente perder algo que creías que te pertenecía.
Chloe soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Tres años?
—Al principio no pensé que duraría tanto.
Aquella frase confirmó algo que ella todavía se resistía a aceptar.
Brendan no estaba arrepentido de haber empezado.
Estaba sorprendido de que el juego hubiera llegado tan lejos.
—¿Y yo qué era para ti?
Él bajó la mirada.
Por primera vez desde que Chloe lo conocía, pareció no encontrar una respuesta preparada.
Ella dejó la fotografía sobre la mesa.
—No me digas que me querías.
—Chloe…
—No.
Su voz no subió.
Precisamente por eso Brendan dejó de hablar.
—Quiero saber qué significaban los tres años.
Él tardó unos segundos en responder.
—Al principio eras parte del trato.
Chloe sintió el golpe en el pecho.
—¿Y después?
Brendan miró hacia otro lado.
—Después las cosas se complicaron.
—¿Te enamoraste de mí?
Él no respondió.
Chloe entendió que aquella era la única respuesta que necesitaba.
Pero todavía faltaba algo.
Las tres cosas.
Recordó el mensaje que había recibido la noche anterior.
“Todavía nos faltan tres cosas por arreglar”.
Miró las hojas otra vez.
—¿Cuáles son?
Brendan tomó la tercera página.
—La primera era hacerte venir hoy.
Chloe frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para entregarte esto.
—Eso no es una de las tres cosas. Es una consecuencia.
Él la miró.
Chloe sostuvo la mirada.
Ya no estaba intentando descubrir qué podía hacer para salvar su relación.
Estaba tratando de descubrir qué quería él de ella.
—La segunda —dijo Brendan— era conseguir que te fueras a Tucson.
Chloe sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque Scarlett no quiere que sigas aquí.
La respuesta fue tan directa que Chloe tardó un momento en procesarla.
Tucson.
Su mamá.
Su papá.
La mudanza que ella había rechazado durante meses porque no quería alejarse de Brendan.
De pronto, aquello también parecía formar parte del mismo tablero.
Pero había una diferencia.
Su mamá había hablado de una decisión familiar.
Brendan hablaba de ella como si fuera una pieza que alguien podía mover.
—¿Y la tercera?
Brendan no respondió.
Chloe esperó.
Entonces él miró la fotografía.
—La tercera es que termines conmigo.
Chloe sintió una mezcla extraña de alivio y rabia.
—Eso es lo que quieres.
—Es lo que tiene que pasar.
—No. Es lo que decidieron que pase.
Brendan se quedó quieto.
Chloe tomó la tercera hoja y la dobló cuidadosamente.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que durante tres años pensé que tenía que convencerte de que me quisieras.
Él bajó la cabeza.
—Y ahora entiendo que nunca fue ese el problema.
Brendan intentó acercarse.
Chloe dio un paso atrás.
—No me toques.
Él se detuvo.
Aquella fue la primera frontera que ella puso sin explicar por qué.
No hubo gritos.
No hubo una escena.
Solo una distancia que antes no existía.
Brendan miró el sobre.
—No puedes irte así.
—Ya me fui hace tres años. Solo que no me había dado cuenta.
Chloe guardó los papeles en su bolso.
Antes de salir, vio nuevamente la fotografía.
La tomó.
No porque quisiera conservar un recuerdo de Brendan.
Sino porque esa imagen pertenecía a una versión de su vida que ella necesitaba recuperar.
—Esta me la quedo.
Brendan no discutió.
Chloe salió al pasillo.
Su celular vibró antes de llegar al elevador.
Era un mensaje de su mamá.
“¿Ya decidiste?”
Chloe miró la fotografía que llevaba en la mano.
Respondió:
“Sí. Voy a Tucson.”
Por primera vez en mucho tiempo, no agregó una explicación.
Mientras esperaba el elevador, abrió otra vez la tercera hoja.
Había algo que Brendan no le había explicado.
Una de las fechas estaba marcada de manera distinta.
Correspondía a la semana de la acusación de plagio.
Junto a ella aparecía un nombre que Chloe no había visto antes.
No era Scarlett.
Tampoco era Brendan.
Era el nombre de una persona que había estado cerca de Chloe durante aquella época y que, hasta ese momento, ella había considerado completamente ajena a todo aquello.
Chloe volvió a leerlo.
Una vez.
Luego otra.
Y una tercera.
La persona que aparecía en aquella lista no había sido simplemente un testigo de una de sus humillaciones.
Había participado.
Eso explicaba por qué una de las pruebas que ella había buscado durante horas había desaparecido justo antes de que pudiera presentarla.
También explicaba por qué Brendan había sabido detalles que ella nunca le contó.
Chloe cerró el bolso.
La traición ya no tenía un solo rostro.
Pero tampoco iba a permitir que eso la devolviera al mismo lugar.
En los meses anteriores había confundido paciencia con amor y sacrificio con lealtad.
Ahora tenía una decisión mucho más sencilla delante.
Irse.
No para castigar a Brendan.
No para darle una lección a Scarlett.
No para ganar una discusión que había empezado cuatro años atrás.
Irse porque ya no quería que nadie más decidiera cuánto dolor tenía que soportar para demostrar que amaba a alguien.
Cuando llegó al estacionamiento, Chloe vio la marca morada en su brazo.
La tocó con cuidado.
Aquella donación de sangre había terminado en la basura.
Pero no todo lo que había hecho por Brendan estaba perdido.
Había aprendido algo que no podía devolverle a nadie.
La próxima vez que alguien le pidiera que demostrara su amor sufriendo, no tendría que preguntarse si estaba siendo egoísta.
Simplemente diría que no.
Su celular volvió a vibrar.
Era Brendan.
“Tenemos que hablar de lo que viste.”
Chloe leyó el mensaje y guardó el teléfono.
No contestó.
Subió al auto y colocó la fotografía sobre el asiento del copiloto.
En unas horas tendría que contarle a su mamá todo lo ocurrido.
Después tendría que decidir qué hacer con los documentos.
Y todavía quedaba una pregunta que no podía ignorar.
¿Por qué alguien que había participado en una de las peores humillaciones de su vida aparecía precisamente en la lista que Brendan le había entregado?
Chloe arrancó el auto.
Esta vez no iba a buscar una respuesta para salvar a Brendan.
Iba a buscarla para entender por qué tres años de su vida habían sido convertidos en un juego.
Y mientras se alejaba, todavía no sabía que el último nombre de aquella lista podía cambiar por completo lo que creía saber sobre la primera de aquellas noventa y seis venganzas.