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thuytram-Ella Se Fue Sin Mirar Atrás Y Lorenzo Duca Quiso Saber Quién Era-thuytram

Cuando Lorenzo Duca vio que Amelia seguía caminando junto al lago sin siquiera voltear, dejó de prestar atención a las tres mujeres que habían estado intentando acercarse a él.

Su copa de champán seguía intacta.

Las conversaciones alrededor continuaban, pero para Lorenzo la escena había cambiado por completo.

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—¿Quién es ella? —preguntó.

Uno de sus hombres miró hacia la orilla.

—Todavía no lo sé.

—Averígualo.

La orden fue tranquila, casi casual.

Pero para Amelia, que seguía caminando con sus sandalias en una mano, aquello era completamente desconocido.

Ella no sabía que un hombre acostumbrado a recibir atención sin pedirla acababa de interesarse precisamente porque ella no se la había dado.

Tampoco sabía que, mientras sus pies se hundían un poco en la arena húmeda, alguien ya estaba tratando de descubrir su nombre.

Amelia había llegado aquella tarde a la playa privada junto al lago con unas amigas.

No esperaba conocer a nadie.

Mucho menos a Lorenzo Duca.

Desde el momento en que él apareció, el lugar cambió.

No necesitó una presentación.

Dos guardaespaldas caminaban varios pasos detrás de él y los empleados se enderezaron casi al mismo tiempo.

Las conversaciones bajaron de volumen.

Algunas personas fingieron seguir concentradas en sus propias mesas, aunque claramente estaban pendientes de él.

Lorenzo tenía treinta y ocho años, una fortuna enorme y una reputación que hacía que la mayoría de la gente eligiera con cuidado las preguntas que le hacía.

Los periódicos hablaban de él como empresario.

En Chicago, mucha gente prefería una palabra distinta.

Mafia.

Amelia lo notó.

Era imposible no hacerlo.

Un hombre así provocaba atención incluso cuando no la buscaba.

Pero para ella, notar a alguien y tratar de conquistar su atención eran dos cosas completamente diferentes.

Las tres mujeres que estaban cerca de su mesa parecían pensar lo contrario.

Una se acercó para presentarse aunque nadie se lo había pedido.

Otra comenzó a reírse demasiado fuerte de comentarios que apenas parecían tener gracia.

La tercera encontró una excusa para sentarse tan cerca de Lorenzo que su rodilla casi rozó la silla de él.

Amelia observó la escena desde unos metros de distancia.

Y se cansó antes de que aquello siquiera terminara de empezar.

Su vestido color vino se movía con la brisa del lago.

Una de sus amigas le dio un codazo.

—Amelia. Miró hacia acá.

Ella apenas levantó la mirada.

—¿Y?

Su amiga la observó como si acabara de escuchar una respuesta completamente absurda.

Otra se inclinó hacia ella.

—Deberías ir a hablarle.

—¿Por qué?

—Porque es Lorenzo Duca.

Eso era precisamente lo que Amelia no entendía.

Para las demás, su nombre parecía ser una razón suficiente.

Para ella no.

Había visto demasiadas veces cómo las personas cambiaban su manera de hablar cuando aparecía alguien con dinero, poder o una reputación capaz de intimidar una habitación entera.

Las voces se volvían más suaves.

Las risas más frecuentes.

Los gestos más calculados.

Todos parecían querer ganar algo.

Amelia no quería ganar nada.

Así que hizo algo mucho más sencillo.

Se levantó.

No discutió con sus amigas.

No hizo una escena.

No intentó provocar a Lorenzo.

Simplemente decidió que prefería caminar por la orilla antes que quedarse sentada viendo cómo tres mujeres adultas competían por un hombre que parecía completamente acostumbrado a ser el centro de atención.

Se quitó las sandalias.

Las tomó con una mano.

Y se dirigió hacia el agua.

Eso fue lo que Lorenzo vio.

Primero, el vestido color vino.

Después, su rostro.

Y finalmente, algo que le resultó mucho menos común.

Amelia no estaba tratando de impresionarlo.

Cuando él había llegado, casi todas las mujeres alrededor habían reaccionado.

Ella no.

Cuando las demás se acercaron, ella se alejó.

Cuando intentaron recuperar la atención de Lorenzo, él ya estaba mirando hacia la orilla.

Uno de sus guardaespaldas dio un paso.

—Jefe.

Lorenzo levantó una mano.

—No.

No necesitó explicar nada.

Sus ojos siguieron a Amelia mientras ella avanzaba.

Diez pasos.

Veinte.

Ella continuó.

Una de las mujeres a su lado intentó llamarlo.

—¿Lorenzo?

Él ni siquiera volteó.

Fue entonces cuando hizo la pregunta.

—¿Quién es ella?

El guardaespaldas dudó.

—Todavía no lo sé.

Lorenzo mantuvo la mirada en la orilla.

—Averígualo.

El hombre se apartó.

Amelia no vio nada de eso.

Siguió caminando hasta que el ruido de las conversaciones quedó un poco más lejos.

Se detuvo cerca del agua.

Por unos segundos simplemente miró el horizonte.

Respiró profundamente.

La brisa le movió otra vez el cabello y ella acomodó el mechón detrás de la oreja.

No estaba pensando en Lorenzo.

De hecho, para ella la tarde había terminado de una manera bastante sencilla.

Había visto una escena que no le interesaba y había decidido salir de ella.

Pero para Lorenzo, aquello era distinto.

Había pasado demasiado tiempo rodeado de personas que buscaban algo de él.

Dinero.

Contactos.

Protección.

Prestigio.

Atención.

Amelia no había pedido nada.

Y esa diferencia comenzó a pesarle más de lo que esperaba.

Uno de sus hombres regresó después de unos minutos.

Lorenzo lo miró.

El hombre se inclinó ligeramente para hablarle en voz baja.

La información que tenía todavía era incompleta.

Pero ya había comenzado a buscar.

Lorenzo no respondió de inmediato.

Miró otra vez hacia la orilla.

Amelia seguía ahí.

Ella se agachó un momento para recoger una pequeña piedra y luego la dejó caer cerca de sus pies.

Después volvió a caminar.

Lorenzo esperó.

Por un instante pareció convencido de que ella finalmente voltearía.

No lo hizo.

Eso le arrancó una expresión casi divertida.

No porque estuviera acostumbrado a ser rechazado.

Precisamente por lo contrario.

Estaba acostumbrado a que la gente buscara una oportunidad para acercarse.

Amelia acababa de tener una oportunidad y había elegido marcharse.

Mientras tanto, las tres mujeres que minutos antes habían competido por su atención seguían cerca.

Una intentó volver a conversar con él.

Lorenzo apenas respondió.

Otra hizo una pregunta.

Él ni siquiera pareció escucharla.

La tercera miró hacia la orilla y luego hacia Lorenzo.

Por primera vez entendió que la atención del hombre que todas habían estado intentando conquistar ya no estaba en la mesa.

Estaba a varios metros de distancia.

Con una mujer que ni siquiera sabía que él la estaba observando.

Amelia caminó hasta que el agua quedó cerca de sus pies.

Se detuvo.

Miró hacia el horizonte.

Y entonces, quizá por pura curiosidad, pareció considerar la posibilidad de regresar la mirada.

Lorenzo lo notó desde lejos.

Esperó.

Pero ella solamente respiró, acomodó las sandalias en su mano y continuó caminando.

Fue una decisión pequeña.

Sin embargo, cambió algo.

Lorenzo dejó de esperar que ella volteara.

Ahora quería saber quién era.

Y cuando Lorenzo quería conocer una respuesta, rara vez dejaba las cosas a medias.

El hombre que había enviado para averiguar su identidad ya estaba en movimiento.

Amelia, por supuesto, no sabía nada de eso.

Regresó hacia sus amigas después de caminar un rato.

Una de ellas la miró desde lejos con una mezcla de incredulidad y curiosidad.

—¿Sabes que acaba de preguntar por ti?

Amelia pensó que estaba bromeando.

—¿Quién?

Su amiga miró hacia la mesa.

—Él.

Amelia siguió la dirección de sus ojos.

Lorenzo estaba de pie.

Ya no parecía prestar atención a ninguna de las tres mujeres.

Por un segundo, sus miradas estuvieron a punto de encontrarse.

Amelia fue la primera en apartarse.

No porque tuviera miedo.

Simplemente porque no quería entrar en aquel juego.

Eso era precisamente lo que Lorenzo había empezado a notar.

Ella no estaba jugando.

Y quizá por eso, por primera vez en mucho tiempo, él tampoco quería hacerlo.

Uno de sus hombres regresó una segunda vez.

Esta vez llevaba una respuesta parcial.

—Se llama Amelia.

Lorenzo repitió el nombre en voz baja.

—Amelia.

El hombre asintió.

—Estamos confirmando el resto.

Lorenzo hizo una pausa.

—No te acerques a ella.

El guardaespaldas pareció sorprenderse.

—¿Jefe?

—Dije que averiguaras quién es. No que la molestes.

La diferencia era importante.

Lorenzo podía estar acostumbrado a conseguir información rápidamente, pero había entendido algo que no quería arruinar.

Amelia no se había alejado para llamar su atención.

Se había alejado porque realmente no le interesaba competir por ella.

Y si alguien se acercaba demasiado, podía convertir una curiosidad en exactamente aquello que ella había evitado.

Amelia regresó a la mesa con sus amigas.

Se puso una sandalia.

Luego la otra.

—¿Nos vamos? —preguntó una de ellas.

Amelia asintió.

—Sí.

—¿Así nada más?

—Así nada más.

Su amiga miró otra vez hacia Lorenzo.

—¿Ni siquiera quieres saber por qué preguntó por ti?

Amelia tomó su bolso.

—No.

Y esa respuesta terminó de convencer a Lorenzo de que había algo diferente en ella.

No sabía todavía qué.

Tampoco sabía cuánto tiempo tardaría en descubrirlo.

Pero sí sabía una cosa.

Aquella tarde había llegado a la playa esperando encontrar el mismo espectáculo de siempre: personas buscando su aprobación antes incluso de conocerlo.

En cambio, había encontrado a una mujer que prefería caminar junto al lago.

Y ahora era él quien quería acercarse.

Amelia comenzó a caminar con sus amigas hacia la salida.

Lorenzo no la siguió.

No la llamó.

No permitió que ninguno de sus hombres interrumpiera su camino.

Solamente la observó alejarse.

Por primera vez, la pregunta ya no era por qué una mujer no había intentado acercarse a él.

La pregunta era qué tendría que hacer para que ella decidiera hacerlo por voluntad propia.

Y eso era algo que Lorenzo Duca no estaba acostumbrado a enfrentar.

Porque el poder podía abrir puertas.

El dinero podía conseguir respuestas.

Una reputación podía hacer que una habitación cambiara de actitud en segundos.

Pero ninguna de esas cosas podía obligar a Amelia a mirar atrás.

Mientras ella salía de la playa, el teléfono de uno de los hombres de Lorenzo vibró.

El hombre revisó el mensaje y levantó la vista.

—Jefe.

Lorenzo se volvió.

—¿Qué?

—Ya tenemos más información sobre Amelia.

Lorenzo extendió la mano.

Pero antes de recibir el teléfono, miró una última vez hacia la salida.

Ella ya no estaba ahí.

Y esa ausencia, en lugar de cerrar la historia, acababa de abrir una pregunta mucho más grande.

Porque Lorenzo Duca ya sabía su nombre.

Ahora estaba a punto de descubrir algo sobre su vida que podía cambiar por completo la razón por la que Amelia había decidido mantenerse tan lejos de él.

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