Lucía no me pidió una respuesta romántica; me pidió algo más difícil: que al regresar al edificio dejáramos de actuar como si entre nosotros no pasara nada.
Seguía sosteniendo mi mano cuando lo dijo, con los dedos entrelazados sobre el descansabrazos y la mirada fija en ellos, como si necesitara comprobar que ninguno de los dos iba a retirar la mano primero.
Yo había imaginado muchas veces el momento en que le confesara lo que sentía.

En ninguna versión estábamos a miles de metros de altura, con turbulencia, vasos de plástico pasando por el pasillo y un niño llorando tres filas atrás.
Tampoco había imaginado que ella llevara casi una hora despierta sobre mi hombro.
—Te lo prometo —dije.
Lucía levantó los ojos.
—No lo digas solo porque estamos aquí arriba y no puedes escapar.
—Créeme, hace diez minutos estaba buscando mentalmente una salida de emergencia.
Se rio, pero su mano no soltó la mía.
Eso fue lo primero que me hizo entender que la conversación no había terminado con una confesión.
Apenas estaba comenzando.
Durante casi dos años yo había pensado que el problema era encontrar el momento correcto para hablar.
Aquella tarde descubrí que el verdadero problema había sido otro: ambos habíamos tenido momentos de sobra y los habíamos desperdiciado esperando una garantía que el otro jamás podía ofrecer.
Lucía se acomodó otra vez en el asiento, aunque ya no sobre mi hombro.
—Entonces dime algo —pidió—. ¿Cuántas veces estuviste a punto de decirme esto?
Solté una risa nerviosa.
—No quieres saber.
—Sí quiero.
—Muchas.
—¿Muchas cuántas?
—No llevo una tabla.
—Daniel.
Conocía ese tono.
Era el mismo que utilizaba cuando yo intentaba cambiar de tema en el pasillo del edificio.
Así que empecé a recordar.
La primera vez había sido pocos meses después de conocernos.
Lucía había tocado mi puerta una noche porque se le había terminado el café y, según ella, bajar a comprar más a esa hora era una tragedia que ninguna persona decente debía enfrentar sola.
Le presté un poco.
Terminamos sentados en mi cocina hablando durante más de dos horas.
Cuando se levantó para regresar a su departamento, se quedó junto a la puerta con la taza todavía en la mano.
—Mañana te la devuelvo —dijo.
Yo quise contestar que podía quedarse con la taza si eso le daba un pretexto para volver.
En cambio dije:
—Más te vale. Es mi favorita.
Lucía cerró los ojos y negó con la cabeza mientras me escuchaba contar aquello.
—No puede ser.
—Sí puede.
—Yo dejé la taza en mi cocina tres días para ver si venías por ella.
Me quedé mirándola.
—¿Qué?
—Tres días, Daniel.
—Pensé que se te había olvidado.
—Pensé que estabas buscando una excusa para tocar mi puerta.
—Estaba intentando no parecer desesperado.
—Pues te salió perfecto. Parecías desinteresado.
Nos miramos un segundo y después empezamos a reírnos.
No porque fuera especialmente gracioso.
Era la clase de risa que aparece cuando uno descubre cuánto tiempo perdió interpretando exactamente al revés las señales que tenía enfrente.
—Otra —dijo Lucía.
—¿Otra qué?
—Otra vez que casi me dijiste algo.
Recordé una tarde lluviosa en la que los dos habíamos llegado casi al mismo tiempo al edificio.
Yo traía una bolsa del súper en cada mano y ella intentaba encontrar sus llaves mientras sostenía un paraguas que ya no servía para nada porque tenía el cabello y la chamarra empapados.
Subimos juntos.
En el descanso de las escaleras se fue la luz durante unos segundos.
Lucía se agarró de mi brazo.
Cuando regresó la iluminación, no me soltó de inmediato.
Yo sentí entonces aquella certeza incómoda que ya conocía: quería tomarle la mano.
Quería hacerlo tanto que preferí meter ambas manos en los bolsillos.
—Esa también la recuerdo —dijo ella.
—No pasó nada.
—Exactamente.
Me dio un pequeño golpe con el hombro.
—Yo pensé que habías metido las manos en los bolsillos porque no querías que te tocara.
—Las metí porque quería tocarte.
—Eres pésimo para esto.
—Empiezo a sospecharlo.
El avión se estabilizó y la señal del cinturón permaneció encendida.
Lucía observó la ventanilla durante unos segundos.
Las nubes seguían extendiéndose debajo de nosotros y, por alguna razón, la normalidad de aquella vista hacía todavía más extraña la conversación.
Todo lo importante estaba ocurriendo en dos asientos estrechos.
—Yo también tuve momentos —dijo.
Esta vez fui yo quien se volvió hacia ella.
—¿Cuáles?
—No sé si quiero contártelos después de descubrir que aparentemente hemos sido dos adultos funcionales incapaces de hablar durante casi dos años.
—Ahora tienes que hacerlo.
Lucía respiró hondo.
Me recordó la noche en que había tocado mi puerta para preguntarme si quería cenar porque había preparado comida de más.
Yo acepté.
Comimos en su sala mientras afuera se escuchaban los coches pasar sobre el pavimento mojado.
Cuando terminé, le dije que todo estaba buenísimo y me levanté para lavar mi plato.
Según ella, había pasado la mitad de la noche intentando reunir valor para preguntarme si quería quedarme un rato más.
Yo terminé de lavar, le agradecí la cena y me fui.
—Pensé que estabas cansado de estar conmigo —dijo.
—Pensé que estabas cansada y que debía dejarte descansar.
—Me quedé viendo la puerta como cinco minutos después de que saliste.
Me cubrí la cara con una mano.
—Esto empeora con cada historia.
—Muchísimo.
Hubo otra.
Y otra.
El café que alguno preparaba de más.
Las ocasiones en que coincidíamos en el pasillo sin admitir que uno había esperado escuchar la puerta del otro.
Las conversaciones que empezaban con una tontería y terminaban de madrugada.
Los mensajes escritos, borrados y sustituidos por algo completamente inútil.
Una recomendación de comida.
Una pregunta sobre una llave que ninguno necesitaba.
Una queja sobre el ruido del edificio.
Pequeñas cosas.
Siempre pequeñas cosas.
Nos habíamos vuelto expertos en construir una relación alrededor de todo lo que no nos atrevíamos a nombrar.
—Hay algo que nunca entendí —dije.
Lucía esperó.
—Si tú también sentías algo, ¿por qué nunca dijiste nada?
Su expresión cambió.
No dramaticamente.
Solo dejó de sonreír.
—Porque me gustaba demasiado lo que ya tenía contigo.
No respondí.
—Suena absurdo —continuó—, pero eras la primera persona que yo buscaba cuando me pasaba algo bueno. También cuando tenía un día horrible. Sabía que podía tocar tu puerta y que ibas a abrir. Y empecé a pensar que si decía algo y tú no sentías lo mismo, iba a perder hasta eso.
Ahí estaba.
Mi propio miedo, pronunciado con su voz.
—Eso pensé yo —dije.
Lucía asintió.
—Por eso, cada vez que parecía que tú ibas a acercarte, yo esperaba. Y cuando no lo hacías, me decía que había entendido mal.
—Y yo veía que tú no hacías nada y pensaba exactamente lo mismo.
—Somos brillantes.
—Impresionantes.
La sobrecargo pasó a nuestro lado y nos preguntó si queríamos algo de tomar.
Los dos contestamos que no casi al mismo tiempo.
Cuando siguió por el pasillo, Lucía me miró.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Tengo miedo de preguntar.
—Que si no hubieras creído que estaba dormida, probablemente hoy tampoco me lo habrías dicho.
No pude discutirlo.
Porque tenía razón.
Yo había pronunciado aquellas palabras precisamente porque pensaba que no habría consecuencias.
Había elegido el único momento en que creía poder ser completamente sincero sin tener que escuchar una respuesta.
Eso decía más de mi miedo que cualquier explicación.
—Probablemente no —admití.
Lucía apretó un poco mi mano.
—Entonces me alegra haber fingido.
—Esa frase suena terrible fuera de contexto.
—Pero funcionó.
—Me engañaste durante casi una hora.
—Tú llevabas casi dos años engañándome haciéndome creer que no pasaba nada.
—Buen punto.
Volvimos a quedarnos callados, pero ya no era el mismo silencio de antes.
No había una frase atorada entre nosotros.
Había demasiadas.
Yo seguía teniendo una pregunta que me parecía ridículamente obvia y, al mismo tiempo, peligrosamente importante.
Lucía había dicho que también tenía miedo.
Había tomado mi mano.
Había pedido que dejáramos de fingir.
Aun así, necesitaba escuchar algo claro.
—Lucía.
—¿Sí?
—No quiero arruinar este momento demostrando otra vez que soy lento, pero necesito preguntarlo.
Sus ojos se iluminaron con una mezcla de ternura y diversión.
—Pregunta.
—¿Tú también estás enamorada de mí?
Lucía no respondió de inmediato.
Miró hacia el frente.
Después hacia nuestras manos.
Luego volvió a mirarme.
—Daniel, llevo casi una hora fingiendo estar dormida sobre tu hombro porque no quería apartarme.
—Eso no es un sí técnicamente.
—Sí.
Una palabra.
Después de casi dos años, eso fue todo lo que necesitó.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones de una forma que me hizo reír.
Lucía también se rio.
No hubo música.
Nadie aplaudió.
Los señores de unas filas más adelante siguieron discutiendo sobre futbol y el niño de atrás volvió a quejarse porque quería levantarse.
Nuestro gran momento romántico ocurrió mientras alguien cruzaba el pasillo cargando una bolsa de basura pequeña.
Cuando la vi, empecé a reír todavía más.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lucía.
Señalé discretamente la bolsa que la sobrecargo llevaba hacia el fondo del avión.
Lucía tardó un segundo en entender.
Luego se tapó la boca.
—No puede ser.
—Una bolsa de basura otra vez.
—No empieces.
—Nuestra relación tiene una temática muy elegante.
—Te advertí desde el primer día que tu vecina era elegante y organizada.
—Lo recuerdo perfectamente.
Y así, de todas las cosas que podían acompañar nuestra primera conversación como algo más que vecinos, apareció justo el objeto que había provocado la primera.
Tal vez por eso dejé de sentir que estaba viviendo una escena extraordinaria.
Era Lucía.
Era yo.
Seguíamos haciendo bromas malas.
La diferencia era que ya no teníamos que esconder detrás de ellas lo que realmente queríamos decir.
Cuando comenzó el descenso, la conversación cambió.
No hacia grandes planes.
Eso habría sido demasiado fácil.
Hablamos de algo más incómodo: qué significaba dejar de fingir cuando el vuelo terminara.
—No quiero que bajemos del avión y mañana actuemos como si esto hubiera sido producto de la altura —dijo Lucía.
—Yo tampoco.
—Ni que intentemos convertirlo inmediatamente en algo perfecto.
—Eso sería difícil considerando nuestros antecedentes.
Sonrió.
—Quiero que lo intentemos de verdad.
—Yo también.
—Y si algo nos da miedo, lo decimos.
—Eso suena peligrosamente adulto.
—Algún día teníamos que empezar.
Acepté.
No necesitábamos decidir en ese instante cómo sería cada día siguiente.
Solo teníamos que dejar de utilizar la amistad como escondite cuando lo que sentíamos ya llevaba mucho tiempo rebasándola.
Mientras el avión bajaba, Lucía volvió a recargarse en mi hombro.
Esta vez levantó la cabeza casi enseguida.
—Por cierto, estoy despierta.
—Gracias por avisar.
—Para evitar confusiones.
—Excelente nueva política.
—Daniel.
—¿Qué?
—Puedes dejar de estar tan nervioso.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque hace una hora eras mi vecina y mi mejor amiga, y ahora eres mi vecina, mi mejor amiga y la persona que acaba de decirme que está enamorada de mí.
Lucía pensó unos segundos.
—Sigues teniendo el mismo asiento.
—Eso ayuda muchísimo.
El aterrizaje fue completamente normal.
Yo esperaba sentir que algo espectacular debía ocurrir cuando las ruedas tocaran la pista.
No pasó.
La gente encendió sus teléfonos.
Algunos pasajeros se levantaron antes de tiempo.
Se escuchó el movimiento habitual de cinturones, mochilas y compartimentos abriéndose.
Lucía y yo seguimos sentados.
No porque necesitáramos otro momento dramático.
Simplemente porque ninguno quería ser el primero en soltar la mano del otro.
—Tenemos que levantarnos —dije finalmente.
—Lo sé.
—La gente detrás de nosotros empieza a odiarnos.
—También lo sé.
Nos soltamos.
Durante medio segundo sentí aquella antigua inseguridad regresar.
Entonces Lucía se puso de pie, tomó su bolso y, antes de salir al pasillo, extendió la mano hacia mí otra vez.
Esta vez no había turbulencia.
No había accidente posible que explicar.
La tomé.
Caminamos así fuera del avión.
No hicimos anuncios.
No necesitábamos convertir aquello en una declaración pública para demostrar que era real.
Lo importante vendría después, en las cosas pequeñas donde durante tanto tiempo habíamos escondido el miedo.
Y vino.
Cuando finalmente regresamos a nuestro edificio, varios días después, llegamos frente a las dos puertas que durante casi dos años habían marcado la distancia más corta y más complicada de nuestras vidas.
Lucía se detuvo frente a la suya.
Yo frente a la mía.
Era un momento absurdamente familiar.
Habíamos estado así cientos de veces.
Uno decía buenas noches.
El otro entraba.
Y ambos se quedaban luego del otro lado pensando en todo lo que no habían dicho.
Lucía metió la llave en su cerradura y luego se detuvo.
—Esto es exactamente lo que prometimos no hacer.
—¿Qué cosa?
—Irnos cada quien a su departamento como si nada hubiera cambiado.
—Cierto.
Quitó la llave de la cerradura.
—Entonces haz algo diferente.
Mi primer impulso fue hacer una broma.
Lo noté antes de hablar.
Ella también.
Lucía levantó una ceja.
—Te estoy viendo pensar en una tontería.
—Estoy luchando contra dos años de entrenamiento.
—Lucha más fuerte.
Respiré hondo.
—¿Quieres cenar conmigo?
—Sí.
—No porque casualmente preparé comida de más.
—Bien.
—No porque tenga que devolverte una taza.
—Daniel.
—Voy al punto. Quiero cenar contigo porque quiero estar contigo.
Lucía sonrió.
No fue una sonrisa enorme.
Fue mejor.
Fue la expresión de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando escuchar una frase sencilla.
—Eso estuvo bastante bien —dijo.
—Gracias. Practicaré.
Entramos a mi departamento.
La noche no tuvo nada extraordinario.
Pedimos comida, hablamos demasiado y discutimos sobre quién había sido más cobarde durante los últimos dos años.
Lucía sostenía que yo ganaba porque había confesado mi amor únicamente cuando creía que ella estaba dormida.
Yo sostenía que ella ganaba porque había permanecido despierta casi una hora sin decirme nada.
Terminamos declarando empate.
Antes de irse, Lucía se detuvo junto a mi puerta.
Era casi la misma posición de aquella noche de la taza.
Esta vez ninguno buscó una excusa.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Dio un paso hacia el pasillo.
Luego volvió y me besó.
Fue breve.
Torpe también.
Perfecto precisamente por eso.
Cuando se separó, me miró con una satisfacción descarada.
—Para que mañana no puedas convencerte de que imaginaste todo en el avión.
—Aprecio tu preocupación por mi memoria.
—De nada, vecino.
Entró a su departamento.
Yo cerré mi puerta y me quedé un momento apoyado contra ella.
Entonces me reí solo porque acababa de hacer exactamente lo que había hecho tantas noches: quedarme del otro lado pensando en Lucía.
Pero ahora había una diferencia esencial.
Ya no tenía que preguntarme qué significaba cada gesto.
A la mañana siguiente tocaron mi puerta.
Cuando abrí, Lucía estaba en el pasillo con dos cafés.
No traía una emergencia doméstica.
No necesitaba azúcar.
No había perdido nada.
No tenía ninguna pregunta sobre el edificio.
—¿Qué pasó? —pregunté por costumbre.
Ella levantó uno de los vasos.
—Nada.
Esperé.
Lucía sonrió.
—Solo quería verte.
Tomé el café que me ofrecía.
Entonces, a unos metros de nosotros, una bolsa de basura mal cerrada que alguien había dejado junto a una puerta se inclinó peligrosamente hacia un lado.
Lucía la señaló.
—Ni se te ocurra decirlo.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
La bolsa terminó cayéndose y una lata rodó por el pasillo hasta nuestros pies.
Nos miramos.
Dos años antes, algo casi idéntico nos había obligado a conocernos mientras Lucía intentaba convencerme de que era una vecina elegante y organizada.
Esta vez ella recogió la lata, la devolvió a la bolsa y luego volvió a ponerse a mi lado con su café.
No necesitábamos que aquel pequeño accidente iniciara nada.
Eso ya había ocurrido.
Lucía tocó mi brazo con el suyo y señaló mi departamento.
—¿Entramos?
Abrí la puerta.
—Sí.
Y por primera vez desde que vivíamos frente a frente, ninguno de los dos necesitó inventar un pretexto para cruzarla.