Camila volvió a soltar una carcajada detrás del mostrador, todavía con el delantal puesto y sin sospechar que aquel acuerdo de tres semanas iba a dejar de parecer un juego mucho antes de lo que cualquiera de los tres imaginaba.
Renata la observó colocar unas piezas de pan en una charola y luego miró a Alejandro.
—Mis condiciones no están a discusión.

—Ya las escuché.
—Quiero saber si las entendiste.
Alejandro acomodó los puños de la camisa bajo el saco.
—Tres semanas. Sin dinero. No intervengo en tu negocio. Mis hombres esperan afuera. No decido qué usas, adónde vas ni con quién hablas. Y no te beso.
Renata levantó un dedo.
—Sobre todo esa última.
—Parece importante para ti.
—Porque tú tienes una relación complicada con los límites.
Camila soltó otra risita mientras fingía concentrarse en una bandeja.
Alejandro la miró de reojo.
Renata alcanzó a notar cómo su expresión cambiaba apenas cuando veía sonreír a su sobrina.
Eso fue lo que terminó de decidirla.
No el dinero.
No Mercedes.
Mucho menos Alejandro.
Camila.
—Empieza el domingo —dijo Renata—. Voy a esa cena, finjo ser tu novia y después regresamos cada quien a su vida.
—De acuerdo.
—Y si intentas modificar las reglas, se termina.
—De acuerdo.
—Y si me presentas como si fuera un accesorio tuyo, también se termina.
Alejandro guardó silencio un momento.
—Eso va a ser más difícil.
Renata tomó una servilleta de papel y se la aventó al pecho.
—Practica.
El domingo, Alejandro llegó por ella sin los dos guardaespaldas dentro del local, tal como había prometido.
Renata estaba cerrando la panadería cuando lo vio esperando afuera.
No llevaba el traje negro de siempre, sino una camisa oscura con las mangas dobladas hasta los antebrazos.
—¿Qué? —preguntó él al notar que lo examinaba.
—Nada. Estoy procesando que tienes ropa que no parece elegida para despedir gente.
—También tengo camisetas.
—No te creo.
Camila apareció detrás de él.
—Yo sí las he visto.
Renata fingió horror.
—Entonces esto es más serio de lo que pensaba.
La cena era en casa de Mercedes.
Renata esperaba una reunión pequeña.
Encontró una mesa llena de familiares y conocidos que, apenas la vieron entrar junto a Alejandro, comenzaron a observarla con la curiosidad mal disimulada de quien ya había escuchado una historia antes de conocer a la protagonista.
Mercedes se levantó encantada.
—Renata, por fin.
—Señora Mercedes.
—Nada de señora. Si vas a sobrevivir tres meses con mi sobrino, ya eres de la familia.
Renata clavó los ojos en Alejandro.
—Tres semanas —corrigió él.
Mercedes parpadeó.
—¿Cómo?
Alejandro tardó apenas un segundo.
—Dije que llevamos tres meses. No que vayamos a durar tres meses más.
Renata sonrió sin alegría.
—Qué hombre tan optimista.
Camila se tapó la boca para no reírse.
Durante la primera parte de la cena, Renata entendió por qué Alejandro había inventado aquella relación.
Mercedes no perdía oportunidad de preguntarle cuándo pensaba casarse, si quería hijos, si Renata estaba dispuesta a acompañarlo a determinados eventos o si pensaba seguir trabajando todos los días en la panadería después de formalizar la relación.
La última pregunta hizo que Renata dejara el tenedor sobre el plato.
—Claro que voy a seguir trabajando.
Mercedes sonrió con amabilidad.
—Decía después, querida.
—Yo también.
Alejandro giró ligeramente hacia su tía.
—La panadería es suya.
Renata lo miró.
Era la primera vez que él respondía por ella sin quitarle algo en el proceso.
Mercedes pareció sorprendida.
—Solo pensaba que, teniendo a Alejandro, quizá ya no tendría necesidad de trabajar tanto.
—No trabajo porque necesite que un hombre me mantenga lejos de una estufa —contestó Renata—. Trabajo porque construí ese lugar desde cero.
Camila levantó la vista desde su plato.
Alejandro también.
Renata siguió comiendo.
No pidió disculpas.
Después de la cena, Mercedes llevó a Camila a ver unas fotografías familiares, dejando a Renata y Alejandro unos minutos solos en la terraza.
—Gracias —dijo él.
—¿Por qué?
—Por venir.
—No confundas un contrato verbal con afecto.
—No lo hago.
—Bien.
Alejandro apoyó los antebrazos sobre el barandal.
—Camila comió más de lo habitual.
Renata miró hacia el interior.
La adolescente estaba escuchando a Mercedes y, por primera vez desde que la conocía, parecía participar en la conversación sin cargar aquella expresión distante.
—Necesita espacios donde no estén vigilando si está triste correctamente —dijo Renata.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que todos saben que perdió a su mamá. Entonces seguramente todos la miran esperando una reacción. Si ríe demasiado, alguien piensa que ya se recuperó. Si no habla, alguien pregunta qué tiene. Si come, comentan. Si no come, también.
Alejandro no respondió.
—En la panadería nadie espera que sea la sobrina de Alejandro Barragán —continuó Renata—. Puede ser una chamaca que pone mal una charola y se roba una galleta.
—Se robó dos.
Renata volteó.
—¿La estabas contando?
—Tengo buena memoria.
—Tienes problemas.
Los siguientes días fueron extrañamente fáciles.
Alejandro aparecía algunas tardes en la panadería con Camila, pero respetaba la regla de mantener a sus hombres afuera.
A veces se sentaba en una mesa a trabajar mientras la adolescente ayudaba a Renata.
No daba órdenes.
No preguntaba cuánto ganaba el negocio.
No intentaba reorganizar nada.
Eso, para Renata, resultaba casi más inquietante que verlo discutir.
Una tarde lo encontró recogiendo unas cajas vacías que ella pensaba mover al almacén.
—¿Qué haces?
—Ayudando.
—Tú no ayudas.
—Estoy cargando una caja.
—Exacto. Algo raro está pasando.
Alejandro siguió caminando.
—Pesa menos que la bolsa de harina que me lanzaste.
Camila soltó una carcajada desde el mostrador.
Renata cruzó los brazos.
—Esa harina fue una inversión educativa.
—Funcionó.
—¿Ves? Entonces no me arrepiento.
Lo que comenzó a inquietarla no fue que Alejandro estuviera fingiendo mejor de lo esperado.
Fue que, en ciertos momentos, parecía olvidar que estaba fingiendo.
Recordaba cómo tomaba ella el café.
Llegaba con comida para Camila cuando sabía que la adolescente se quedaría varias horas.
Una mañana arregló una bisagra floja de la puerta del almacén sin comentarlo.
Otra tarde se quedó hasta el cierre porque Renata tenía que terminar un pedido grande y Camila insistió en ayudar.
—Puedes irte —le dijo Renata.
—Puedo.
—Entonces vete.
—No quiero.
Renata dejó de acomodar las cajas.
—Eso no estaba en el acuerdo.
—Quedarme sentado tampoco estaba prohibido.
Ella lo señaló con una cuchara de madera.
—No uses mis propias reglas contra mí.
—Fuiste tú quien insistió en que fueran claras.
Camila, cubierta con una fina capa de harina, los miró desde la mesa de trabajo.
—Parecen casados.
—¡No! —respondieron ambos.
La muchacha se rio tanto que tuvo que apoyarse en la mesa.
Aquella noche, cuando Camila fue al baño, Alejandro dejó de sonreír.
—Gracias.
Renata suspiró.
—Otra vez no.
—Está durmiendo mejor.
Eso sí la hizo callar.
Alejandro miró hacia el pasillo por donde había desaparecido su sobrina.
—Desde que murió mi hermana, Camila dejó de cocinar con cualquiera. Ellas horneaban juntas.
Renata bajó lentamente la cuchara.
Entonces entendió por qué la adolescente había mirado los hornos la primera mañana con aquella mezcla de curiosidad y tristeza.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería que la trataras diferente.
—Por fin dijiste algo inteligente.
Alejandro aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.
Camila regresó antes de que pudieran hablar más.
Pero desde aquella noche, algo cambió para Renata.
Empezó a comprender que Alejandro no había llegado a la panadería solo porque necesitara una novia falsa.
También estaba buscando un lugar para su sobrina.
Un lugar que él, con todo su dinero y toda su influencia, no sabía construir.
La segunda semana comenzó con otro problema.
Una de las mujeres que Mercedes había intentado presentarle a Alejandro meses atrás apareció en la panadería.
Se llamaba Verónica y no hizo ningún esfuerzo por ocultar que había ido a conocer a Renata.
—Así que tú eres la famosa novia.
Renata siguió decorando un pastel.
—Eso dicen.
Verónica miró alrededor.
—Esperaba otra cosa.
Renata levantó la vista.
Conocía perfectamente esa frase.
La había escuchado en muchas versiones.
Esperaba a alguien más delgada.
Más sofisticada.
Más parecida a las mujeres que acompañaban a hombres como Alejandro.
—Qué difícil debe ser vivir con tantas expectativas equivocadas —respondió.
Verónica sonrió.
—No quise ofenderte.
—Entonces te salió natural.
Alejandro entró justo cuando el ambiente empezaba a tensarse.
Verónica se volvió hacia él.
—Alejandro. Vine a felicitarte.
Él miró primero a Renata.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Verónica tomó su bolso.
—Solo estaba conociendo a tu novia.
—Ya la conociste.
No hubo gritos.
No hubo amenazas.
Alejandro simplemente se colocó junto al mostrador, del lado de Renata.
Verónica entendió el mensaje y se marchó.
Renata esperó hasta que la puerta se cerró.
—No necesitaba que me defendieras.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—No la defendí de ti. La saqué antes de que terminaras aventándole azúcar glass.
Renata trató de mantener el rostro serio.
No pudo.
Fue la primera vez que Alejandro consiguió hacerla reír sin ayuda de Camila.
Y ese detalle la molestó más de lo que quería admitir.
Al terminar la segunda semana, Mercedes anunció una comida familiar para el domingo siguiente.
Renata sabía lo que significaba.
Sería la última aparición importante antes de que terminara el acuerdo.
Después podría decir que la relación no había funcionado.
Alejandro quedaría libre de las presentaciones de su tía durante un tiempo.
Ella recuperaría su rutina.
Todo limpio.
Todo sencillo.
Al menos eso se repetía.
El problema era que Camila también conocía la fecha.
—Entonces el próximo domingo se acaba —dijo la adolescente mientras acomodaba servilletas.
—Ese era el trato.
—¿Y ya no vas a ver a mi tío?
Renata evitó mirar hacia la mesa donde Alejandro estaba revisando unos documentos.
—Él sabe dónde comprar pan.
Camila no sonrió.
—No pregunté eso.
Renata dejó las servilletas.
—Camila…
—Está bien.
La muchacha volvió al trabajo demasiado rápido.
Alejandro levantó la cabeza.
Había escuchado.
Esa noche, cuando Camila se fue con el chofer, él se quedó frente al mostrador.
—No debí involucrarla.
Renata cruzó los brazos.
—Ella ya estaba involucrada en tu vida antes de conocerme.
—Sabes a qué me refiero.
Sí lo sabía.
El acuerdo que debía resolver un problema de Alejandro había terminado convirtiéndose en una rutina para Camila.
Y las rutinas importaban cuando alguien había perdido demasiado.
—No voy a desaparecer de su vida porque se termine esto —dijo Renata—. Puede venir cuando quiera, mientras respete mis horarios y no se coma todo lo que sale del horno.
Alejandro la miró varios segundos.
—¿Y yo?
La pregunta cayó sin ironía.
Renata sintió que el cuerpo se le tensaba.
—Tú eres otro asunto.
—Eso no responde.
—No tenía intención de responder.
Alejandro se acercó un paso.
No la tocó.
No rompió ninguna regla.
—Faltan seis días —dijo.
—Sé contar.
—Quiero cambiar el acuerdo.
Renata negó inmediatamente.
—Te advertí que si intentabas modificarlo, terminaba.
—No quiero añadir condiciones.
—¿Entonces?
Alejandro la sostuvo con la mirada.
—Quiero dejar de fingir.
Renata sintió un golpe seco en el pecho, pero mantuvo las manos apoyadas en el mostrador.
—No sabes nada de mí.
—Sé que llegas antes de las seis aunque hayas cerrado tarde. Sé que guardas las piezas que salen imperfectas porque dices que saben igual. Sé que finges no darte cuenta cuando Camila se lleva galletas. Sé que dices que no necesitas ayuda incluso cuando tienes tres cajas encima. Y sé que me miras como si esperaras que en cualquier momento vuelva a ser el hombre que entró aquí inventando que eras mi novia.
Renata tragó saliva.
—Ese hombre sigue ahí.
—Sí.
La respuesta la sorprendió.
Alejandro no intentó negarlo.
—Pero estoy tratando de que deje de decidir por mí.
Renata apartó la mirada.
—No conviertas tres semanas raras en una historia romántica.
—No lo estoy haciendo.
—Parece exactamente eso.
—Entonces dime que no sientes nada y termino la conversación.
Renata lo miró de nuevo.
Quería decirlo.
Era la respuesta segura.
La respuesta lógica.
La respuesta que devolvería cada cosa a su lugar.
Pero no salió.
Alejandro esperó.
Renata tomó una charola y empezó a caminar hacia el almacén.
—Cobarde —murmuró él.
Ella se volvió.
—¿Perdón?
Por primera vez desde que se conocían, Alejandro sonrió antes de retirarse.
—Nada.
Renata estuvo a punto de lanzarle otra bolsa de harina.
El último domingo llegó demasiado rápido.
Mercedes recibió a Renata con un abrazo y enseguida empezó a hablar de planes futuros.
Alejandro no la interrumpió al principio.
Renata comprendió por qué cuando Camila apareció con una pequeña caja entre las manos.
—Hice algo.
—¿Qué cosa? —preguntó Renata.
Camila abrió la caja.
Adentro había unas galletas ligeramente disparejas, algunas más tostadas que otras.
—Las hice sola.
Renata tomó una.
—Están feas.
Camila abrió la boca, ofendida.
Renata mordió la galleta.
—Y están buenísimas.
La adolescente sonrió.
—Mi mamá decía lo mismo cuando me quedaban mal.
Alejandro bajó los ojos.
Mercedes dejó de hablar.
Renata entendió entonces que aquello era mucho más importante que la cena, que el acuerdo o que cualquier historia falsa que hubieran contado.
Camila había horneado otra vez por su cuenta.
No porque alguien la obligara a superar nada.
No porque Alejandro hubiera encontrado las palabras perfectas.
Simplemente porque había vuelto a sentirse segura haciéndolo.
Mercedes se secó discretamente una lágrima.
—Tu madre estaría orgullosa.
Camila asintió.
Después le ofreció una galleta a Alejandro.
—Toma.
Él la recibió como si le hubieran entregado algo mucho más valioso.
Renata observó la escena y comprendió la verdad que había estado evitando durante días.
No quería desaparecer de aquella rutina.
Pero tampoco estaba dispuesta a aceptar una relación construida sobre la dinámica que había tenido con Alejandro al principio.
Cuando terminaron de cenar, Mercedes volvió al tema inevitable.
—Bueno, ahora que ya sabemos que esta relación va en serio…
—No lo sabemos —interrumpió Renata.
Alejandro se quedó quieto.
Mercedes miró a ambos.
—¿Pasó algo?
Renata respiró hondo.
—Sí. Que todo esto empezó con una mentira.
Camila levantó la vista.
Mercedes frunció el ceño.
Renata continuó antes de perder el valor.
—Alejandro dijo que yo era su novia para evitar que usted siguiera presentándole mujeres. Después me propuso fingir durante tres semanas.
Mercedes miró lentamente a su sobrino.
—¿Es cierto?
—Sí.
—Alejandro Barragán.
—Tía…
—¿Me mentiste durante tres semanas?
Renata levantó una mano.
—Para ser justa, la primera mentira fue de él. Las demás las sostuvimos los dos.
Mercedes se dejó caer contra el respaldo de la silla.
Camila, en cambio, miraba a su tío con una expresión peligrosamente divertida.
—¿Entonces Renata nunca fue tu novia?
Alejandro respondió sin apartar los ojos de Renata.
—No oficialmente.
—No empieces —advirtió ella.
Mercedes tardó unos segundos en entender.
Luego miró a Renata.
Después a Alejandro.
Y empezó a reír.
—No veo qué tiene de gracioso —dijo él.
—Que inventaste una novia para que yo dejara de intervenir en tu vida y terminaste enamorándote precisamente de ella.
Renata casi se atragantó.
—Nadie dijo esa palabra.
Mercedes arqueó una ceja.
—Querida, tengo más años que ustedes dos juntos para reconocer a un hombre que no sabe qué hacer con lo que siente.
Alejandro suspiró.
—Gracias por la discreción.
Camila ya estaba riéndose otra vez.
Renata se levantó.
—Yo necesito aire.
Salió al pequeño espacio exterior de la casa.
Escuchó la puerta abrirse detrás de ella.
—Si eres tú, Mercedes, me voy a brincar la barda.
—Soy yo.
Alejandro.
Peor.
Renata se volvió.
—No digas nada.
—Eso será complicado.
—Inténtalo.
Él se quedó a unos pasos de distancia.
—El acuerdo terminó hoy.
—Sí.
—Ya no tienes que fingir.
—Lo sé.
—Yo tampoco.
Renata apretó los labios.
Alejandro continuó.
—Me gustas.
Simple.
Sin discurso.
Sin estrategia.
Renata respiró despacio.
—Empezaste esto tratándome como una salida fácil.
—Lo sé.
—Intentaste pagarme para que siguiera tu mentira.
—También lo sé.
—Y eres desesperante.
—Eso no pienso discutirlo.
Renata casi sonrió.
—No puedo pasar de eso a confiar en ti solo porque durante tres semanas te comportaste como una persona funcional.
—No te lo estoy pidiendo.
Ella lo estudió.
—¿Entonces qué quieres?
—Invitarte a cenar.
Renata soltó una risa incrédula.
—Llevamos tres semanas yendo a cenas.
—No. Llevamos tres semanas actuando frente a otras personas.
Alejandro metió las manos en los bolsillos.
—Quiero invitarte a una cena donde nadie crea que somos algo que no somos.
Renata miró hacia la puerta.
Camila estaba pegada al vidrio intentando escuchar.
Cuando vio que Renata la descubría, se agachó demasiado tarde.
Renata soltó una carcajada.
—Tu sobrina es pésima espiando.
—Lo heredó de su madre.
Hubo algo suave en su voz al decirlo.
Renata volvió a mirarlo.
—Una cena.
Alejandro alzó las cejas.
—¿Eso es un sí?
—Es una cena.
—Puedo trabajar con eso.
—No trabajes nada. Solo llega a tiempo.
—¿A las ocho?
—A las siete cuarenta y tres.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Por qué cuarenta y tres?
—Porque quiero saber si realmente sabes seguir instrucciones.
Llegó a las siete cuarenta y uno.
Renata lo hizo esperar dos minutos afuera.
Los meses siguientes no fueron perfectos.
Alejandro seguía intentando resolver algunas cosas demasiado rápido.
Renata seguía recordándole que ayudar no significaba decidir.
Discutían.
Se reconciliaban.
A veces Camila los expulsaba de la cocina porque decía que peleaban peor que dos adolescentes.
Mercedes cumplió su parte sin que nadie se la pidiera y dejó de organizar encuentros.
Camila siguió yendo a la panadería.
Primero una tarde por semana.
Luego dos.
Un día llegó con una libreta llena de recetas que había encontrado entre las pertenencias de su mamá.
No quiso prepararlas todas.
Solo una.
Renata no preguntó por qué había elegido esa.
Se limitaron a trabajar juntas.
Alejandro se sentó a observar desde una mesa.
Esta vez no intervino.
Cuando terminaron, Camila puso tres piezas en un plato.
Una para ella.
Una para su tío.
Una para Renata.
—Mamá siempre hacía cuatro —dijo.
Alejandro bajó la mirada.
Renata no intentó llenar el espacio con palabras.
Camila tomó la cuarta pieza y la envolvió con cuidado.
—Esta la guardamos.
Nadie preguntó para quién.
Meses después, la panadería cerró una tarde más temprano.
Renata salió con harina en la mejilla y encontró a Alejandro esperándola en la misma zona donde alguna vez había aparecido para proponerle un trato absurdo.
—¿Qué haces aquí?
—Tengo una propuesta.
Renata lo señaló inmediatamente.
—Cuidado.
Alejandro levantó las manos.
—Sin dinero.
—Sigue.
—Sin mentiras.
Renata entrecerró los ojos.
—Mejor.
Él sacó del bolsillo una pequeña tarjeta.
Era la misma que había dejado sobre el mostrador el día que todo empezó.
Renata la reconoció porque ella, después de recogerla del piso aquella primera tarde, la había guardado en un cajón durante semanas sin saber muy bien por qué.
En algún momento Camila la encontró y se la devolvió a su tío.
Alejandro se la extendió.
Renata la tomó.
En el reverso solo había una frase escrita a mano: “¿Cena el domingo?”
Renata levantó la vista.
—¿Eso es todo?
—Estoy aprendiendo a hacer propuestas más sencillas.
—Vas mejorando.
—¿Entonces?
Renata guardó la tarjeta en el bolsillo del delantal.
—Sí.
Alejandro sonrió.
No intentó besarla.
Todavía no.
Esperó.
Renata dio un paso hacia él, le tomó la mano y empezó a caminar.
Desde la puerta de la panadería, Camila gritó:
—¡Por fin!
Renata se volvió.
—¡Tú deberías estar cerrando!
—¡Ya cerré!
Alejandro miró a su sobrina y luego a Renata.
Meses atrás había utilizado la palabra “novia” como una mentira conveniente para escapar de una conversación incómoda.
Ahora no la pronunciaba.
Ya no necesitaba hacerlo.
La tarjeta que alguna vez había servido para intentar comprar tres semanas de una relación falsa permaneció doblada dentro del bolsillo de Renata mientras ella seguía caminando a su lado por decisión propia.