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kybie-Fue a la boda de su ex para cerrar una herida y encontró otra historia-kybie

Mariana apartó la copa, giró por completo hacia Alejandro y dejó atrás el tono ligero con el que había convertido una noche incómoda en un juego soportable.

—Hay algo que no te dije cuando me senté aquí.

Alejandro la observó sin interrumpirla.

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A unos metros, el mariachi comenzaba otra canción y varias parejas se levantaban rumbo a la pista, pero en la mesa 12 aquella conversación acababa de cambiar de peso.

—Yo tampoco vine a esta boda porque quisiera estar aquí —dijo Mariana.

Alejandro frunció ligeramente el ceño.

—Eso ya lo había supuesto.

—No, no me entiendes.

Mariana miró hacia la mesa de los novios y bajó la voz.

—Yo salí con él.

Alejandro siguió la dirección de sus ojos.

Tardó dos segundos en comprender.

—¿Con el novio?

Mariana asintió.

—Durante casi cuatro años.

Alejandro volvió a mirar al hombre que acababa de casarse con Lucía y luego a Mariana.

Por primera vez desde que ella había propuesto fingir que eran pareja, no encontró nada gracioso que decir.

—Entonces estamos sentados juntos el ex de la novia y la ex del novio.

—Sí.

—Eso explica muchas cosas.

—Todavía no.

Mariana apoyó las manos sobre su regazo.

Le contó que aquella relación había terminado tres años atrás, no por una traición espectacular ni por una pelea que hubiera terminado con una puerta azotada, sino por algo mucho más difícil de contar en una frase.

Querían vidas diferentes.

Él quería una casa llena de gente, comidas familiares cada domingo, hijos pronto y un negocio que pudiera crecer hasta convertirse en algo grande.

Mariana quería mantener su estudio pequeño, trabajar con sus propias manos y no tomar decisiones importantes solo porque alguien más considerara que ya era momento.

Durante meses intentaron convencerse mutuamente de que podían ceder.

Al final entendieron que cualquier acuerdo los iba a convertir en dos personas resentidas.

—Terminamos antes de hacernos daño de verdad —dijo ella—. Al menos eso creí.

Alejandro entendió demasiado bien esa frase.

—¿Y cómo acabaste invitada?

Mariana hizo una mueca.

La hermana del novio se había convertido en una de sus mejores amigas mucho antes de que la relación terminara, y el vínculo entre ellas había sobrevivido incluso cuando Mariana dejó de formar parte de aquella familia.

Cuando llegó la invitación, su primera reacción fue romperla.

Su segunda reacción fue guardarla durante una semana en un cajón.

La tercera fue aceptar.

—Pensé lo mismo que tú —admitió—. Que si podía verlo casándose y no sentir que me arrancaban algo, significaría que ya había pasado.

Alejandro soltó una risa breve, sin alegría.

—Somos más parecidos de lo que me gustaría reconocer.

—No te emociones. Tú sigues siendo el hombre que vino desde Guadalajara a la boda de su ex prometida.

—Y tú estás en la boda de tu ex novio.

—Por eso no puedo juzgarte demasiado.

Alejandro señaló alrededor.

—¿Y la mesa 12?

Mariana respiró lentamente.

Cuando confirmó su asistencia, había pedido que la sentaran lo más lejos posible de los novios.

No quería estar cerca durante los brindis, ni aparecer accidentalmente en cada fotografía, ni pasar la noche explicando a personas que la recordaban por qué estaba sola.

Le habían ofrecido precisamente aquella mesa, detrás de los naranjos.

Ella aceptó de inmediato.

—Así que sí —dijo—. Elegí esta mesa.

Alejandro miró la silla donde Mariana se había sentado poco antes.

Hasta ese momento había creído que aquella silla vacía había sido simple azar.

Ahora entendía que representaba otra cosa: alguien había buscado un rincón donde pudiera desaparecer un rato, y había terminado encontrándolo a él.

—¿El novio sabe que estás aquí?

—Claro.

—¿Y Lucía?

Mariana dudó.

—Supongo que sí.

Esa respuesta quedó suspendida entre ambos.

Alejandro iba a preguntar algo más cuando vio que el novio se levantaba de su mesa.

No caminó directamente hacia ellos.

Primero saludó a una pareja, luego habló con un hombre mayor y finalmente pasó cerca de la mesa 12.

Al reconocer a Mariana, disminuyó el paso.

Ella se quedó inmóvil.

Alejandro vio algo extraño en el rostro del recién casado, pero no era enojo.

Tampoco parecía nostalgia.

Era la incomodidad de alguien que sabe que existe una conversación pendiente y preferiría no tenerla en medio de ciento cincuenta invitados.

—Mariana —dijo él.

—Felicidades.

—Gracias por venir.

—Gracias por invitarme.

Él miró a Alejandro.

Mariana reaccionó antes de que nadie preguntara nada.

—Él es Alejandro.

El novio extendió la mano.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Alejandro esperaba que Mariana añadiera la mentira de la mecedora, los cafés o el supuesto año de noviazgo.

No lo hizo.

Por debajo de la mesa, él sintió que ella retiraba lentamente su mano de donde había estado apoyada junto a la suya.

Aquello fue suficiente para entender el mensaje.

El juego había terminado.

El novio intercambió unas palabras más con Mariana y regresó con sus invitados.

—No dijiste que éramos pareja —comentó Alejandro.

—No quería mentirle.

—Pero a la mamá de Lucía sí.

—No estoy orgullosa de mi sistema moral de esta noche.

Alejandro sonrió.

—Al menos es flexible.

Mariana volvió a mirar al novio.

—No vine para incomodarlo.

—Lo sé.

—Ni para demostrarle que estoy mejor sin él.

—También lo sé.

Ella lo miró.

—Entonces ¿por qué tú fingiste conmigo?

La pregunta tomó a Alejandro desprevenido.

Podía haber respondido que Teresa Ferrer lo ponía nervioso.

Podía haber dicho que no quería convertirse en tema de conversación entre los familiares de Lucía.

Podía incluso bromear.

Pero después de todo lo que Mariana acababa de contarle, decidió no esconderse detrás de otra respuesta fácil.

—Porque durante dos años imaginé esta boda aunque todavía no existiera —dijo—. Imaginaba que algún día Lucía estaría con alguien más y que todos me mirarían pensando que yo había perdido.

Mariana no apartó los ojos.

—Y cuando noté que de verdad estaban mirando, me dio miedo parecer el hombre que seguía esperando algo.

—¿Sigues esperando algo?

Alejandro volvió la vista hacia Lucía.

Ella estaba hablando con una prima mientras sostenía el ramo con ambas manos.

Se veía tranquila.

Se veía feliz.

Y, sorprendentemente, él no sintió la necesidad de competir con esa felicidad.

—No —respondió.

Fue una palabra pequeña.

Pero le costó dos años decirla.

Mariana sonrió apenas.

—Entonces quizá ya obtuviste lo que viniste a buscar.

—Quizá.

La cena continuó.

Alejandro y Mariana dejaron de fingir, aunque para las dos señoras mayores de la mesa seguían siendo una pareja encantadora que llevaba casi un año junta y había comenzado su historia gracias a una mecedora imposible de restaurar.

Cada vez que alguna mencionaba aquel supuesto romance, Mariana escondía la risa detrás de la servilleta y Alejandro inventaba un detalle nuevo solo para verla intentar mantener la compostura.

Fue la parte más ligera de la noche.

Hasta que Lucía apareció.

Alejandro la vio acercarse y sintió una reacción antigua en el pecho, el reflejo de una vida que ya no existía.

Mariana también la vio.

—Puedo irme —murmuró.

—No.

—Alejandro…

—Quédate.

Esta vez él no estaba pidiéndole que interpretara ningún papel.

Solo no quería enfrentar aquel momento escondiéndose.

Lucía se detuvo frente a ellos.

—Hola.

—Hola —respondió Alejandro.

Durante varios segundos ninguno encontró una frase que pudiera contener dos años de distancia sin convertirlos en un drama.

Lucía resolvió el problema mirando a Mariana.

—Tú debes ser Mariana.

Los ojos de Mariana se abrieron con sorpresa.

—¿Sabes quién soy?

—Sí.

Mariana miró al novio desde lejos.

—Pensé que quizá no te había contado.

—Me contó hace mucho.

Lucía tomó una silla de la mesa de al lado y se sentó por un momento.

No había acusación en su postura.

Tampoco curiosidad morbosa.

Solo una incomodidad tan humana que Alejandro reconoció de inmediato.

Lucía explicó que cuando revisaron la lista de invitados, el nombre de Mariana había provocado una conversación parecida a la que Alejandro había tenido consigo mismo antes de aceptar su invitación.

El novio le había preguntado si prefería que Mariana no asistiera.

Lucía le respondió que aquella decisión no le correspondía.

—Lo que pasó antes de mí sigue siendo parte de tu vida —le había dicho—. No necesito borrar a nadie para sentir que elegiste estar conmigo.

Mariana bajó la mirada.

Alejandro sintió que algo dentro de él terminaba de acomodarse.

Durante mucho tiempo había imaginado a la persona que algún día estuviera con Lucía como un adversario invisible.

Ahora comprendía que aquel hombre no le había robado nada.

Lucía había tomado una decisión, igual que él tendría que aprender a tomar las suyas.

—¿Y tú sabías que yo vendría? —preguntó Alejandro.

Lucía asintió.

—Claro.

—Nunca entendí por qué me invitaste.

Ella tardó un poco antes de responder.

—Porque compartimos nueve años de nuestra vida, Alejandro.

Él tragó saliva.

—Pensé que no invitarte sería fingir que nunca exististe.

Aquella explicación no era la que Alejandro había esperado durante el camino desde Guadalajara.

No era una disculpa.

No era una declaración tardía.

Tampoco era una puerta abierta.

Era algo más sencillo.

Un reconocimiento.

Lucía había seguido adelante sin necesidad de convertir su pasado en un enemigo.

—Me dio gusto que vinieras —añadió ella.

Alejandro asintió.

—A mí también.

Y lo decía en serio.

Lucía se levantó.

Antes de irse miró a Mariana y luego a Alejandro.

—Por cierto, mi mamá cree que ustedes hacen bonita pareja.

Mariana se tapó la cara con una mano.

Alejandro soltó una carcajada.

—Eso es culpa de ella.

—¿Mía?

—Tú inventaste la mecedora.

Lucía los miró confundida.

Mariana decidió no explicar nada.

—Disfruta tu boda, Lucía.

—Gracias.

Cuando se alejó, Alejandro se quedó observando el lugar que había ocupado unos segundos.

Esperó tristeza.

No llegó.

Esperó esa sensación conocida de haber perdido la vida que alguna vez imaginó.

Tampoco llegó.

Lo único que sintió fue cansancio.

Un cansancio bueno, parecido al que sentía en su taller después de terminar una restauración difícil y darse cuenta de que ya no había nada más que corregir.

—¿Estás bien? —preguntó Mariana.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Alejandro la miró.

—¿Tú?

Mariana observó al novio en la pista mientras bailaba con Lucía.

Al principio no respondió.

Después sonrió, y esta vez Alejandro no vio la tristeza que había aparecido antes.

—Creo que también.

Entonces una de las señoras mayores regresó de bailar y se dejó caer en su silla.

—¿Ya les dije que ustedes dos se ven muy bien juntos?

Mariana respondió al instante.

—Varias veces.

—Lo repetiré hasta que me crean.

Alejandro y Mariana intercambiaron una mirada.

La mentira podía haber seguido toda la noche.

Habría sido fácil.

Pero algo había cambiado.

Alejandro ya no quería usar a Mariana para demostrar que estaba bien.

Y Mariana tampoco quería esconderse detrás de un novio imaginario para soportar la presencia del hombre con el que alguna vez había planeado un futuro.

Así que cuando otra invitada se acercó más tarde y preguntó cuánto tiempo llevaban juntos, Alejandro respondió antes que Mariana.

—Cuarenta y siete minutos de noviazgo oficial.

La mujer parpadeó.

Mariana soltó una carcajada.

—Es una historia complicada.

La noticia recorrió la mesa 12 en menos de diez minutos.

Las señoras mayores se sintieron estafadas.

Una de ellas exigió saber qué partes eran falsas.

—La mecedora —admitió Mariana.

—Los tres cafés —añadió Alejandro.

—El año juntos.

—Y que él se enamoró primero.

Alejandro levantó un dedo.

—Eso nunca quedó demostrado.

La mujer mayor los miró con severidad teatral.

—Qué decepción.

Luego tomó un pedazo de pastel.

—Aunque todavía tienen tiempo para arreglar la historia.

Mariana negó con la cabeza, divertida.

La música cambió poco después.

Alejandro se levantó.

—¿Quieres bailar?

—No somos pareja.

—La gente que no es pareja también puede bailar.

—¿Y si vuelven a mirarnos?

Alejandro observó alrededor.

Teresa conversaba con unos familiares.

Lucía estaba junto a su esposo.

Algunos invitados seguían mirando de vez en cuando hacia la mesa 12.

Por primera vez en toda la noche, aquello dejó de importarle.

—Que miren.

Mariana se quedó estudiándolo durante un instante y luego puso su mano en la de él.

—Está bien.

Bailaron una canción.

Nada más.

No hubo beso delante de los novios.

No hubo una escena diseñada para llamar la atención.

No hubo ninguna revelación perfecta que transformara de golpe dos historias rotas en un romance.

Solo dos desconocidos que unas horas antes habían llegado a la misma boda intentando probarse algo y que, de pronto, ya no necesitaban probar nada.

Cuando la canción terminó, Mariana se apartó un poco.

—Tengo que irme pronto.

Alejandro sintió una punzada inesperada.

—¿Por qué?

—Mañana trabajo temprano.

—Claro.

Ella sonrió.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre que acaba de descubrir que su novia ficticia tiene horario.

Alejandro se rio.

Regresaron a la mesa.

Mariana tomó su bolso y se despidió de las dos señoras, quienes protestaron como si una sobrina estuviera abandonando la fiesta demasiado pronto.

Después miró a Alejandro.

—Gracias por seguirme la corriente.

—Tú empezaste.

—Y tú pudiste decir que no.

—No parecía prudente discutir contigo.

Mariana dio un paso hacia atrás.

—Buenas noches, Alejandro.

Él la vio alejarse entre las mesas.

Llegó hasta el pasillo que conducía a la salida.

Entonces Alejandro miró la silla que ella acababa de dejar vacía.

Era exactamente la misma silla que había estado libre cuando Mariana llegó.

Por alguna razón, verla vacía otra vez le molestó más de lo que esperaba.

Se puso de pie.

Una de las señoras levantó una ceja.

—¿A dónde va?

—A evitar otra mala decisión.

—Por fin está aprendiendo.

Alejandro alcanzó a Mariana cerca de la entrada.

Ella se volvió al escuchar sus pasos.

—¿Pasó algo?

—Sí.

—¿Qué?

Alejandro metió las manos en los bolsillos porque no sabía qué hacer con ellas.

—Nos faltó una parte de la historia.

Mariana esperó.

—La del café verdadero.

Ella sonrió.

—¿Me estás invitando a salir?

—Estoy intentando hacerlo en menos de tres cafés.

—Has mejorado respecto a tu personaje ficticio.

Alejandro sacó su teléfono.

—¿Entonces?

Mariana se lo quitó de la mano, escribió su número y se lo devolvió.

—Entonces puedes llamarme.

—¿Mañana?

—Pasado mañana.

—¿Por qué pasado mañana?

—Porque mañana quiero comprobar si todavía te parece buena idea cuando ya no estés en la boda de tu ex.

Alejandro consideró la respuesta.

—Justo.

Mariana comenzó a caminar nuevamente hacia la salida.

A mitad del camino se volvió.

—Y Alejandro.

—¿Sí?

—Si algún día conozco tu taller, más vale que exista esa mecedora.

—Ahora voy a tener que conseguir una.

—Ese ya no es mi problema.

Dos días después, Alejandro la llamó.

Tomaron café.

No tres.

Uno.

Después vino otro encuentro, y luego una comida rápida entre entregas de flores y muebles a medio restaurar.

No intentaron transformar la boda en una señal del destino ni fingieron que una noche podía borrar años de otras relaciones.

Mariana seguía teniendo días en los que recordaba la vida que alguna vez imaginó.

Alejandro todavía guardaba algunas fotografías viejas que no había decidido qué hacer con ellas.

Pero comenzaron a conocerse sin inventar detalles.

Mariana descubrió que Alejandro sí era insoportablemente perfeccionista cuando trabajaba.

Alejandro descubrió que ella hablaba con las plantas mientras acomodaba arreglos y se molestaba si alguien llamaba «bonitas» a flores que había tardado horas en combinar.

Meses después, regresaron a la misma hacienda por una razón mucho menos dramática.

Una clienta de Mariana celebraba ahí un evento pequeño y ella necesitaba entregar varios arreglos.

Alejandro la acompañó porque había prometido ayudarla a cargar unas bases de madera que él mismo había reparado.

Al atravesar el jardín reconocieron los naranjos.

Mariana se detuvo.

La mesa 12 ya no existía.

En aquel sitio habían colocado algunas sillas sueltas para los trabajadores que terminaban el montaje.

Una estaba vacía.

Mariana la señaló.

—¿Está ocupado este asiento?

Alejandro la miró.

La primera vez que había escuchado aquella pregunta, estaba convencido de que necesitaba demostrar que su vida no se había acabado cuando Lucía se fue.

Ahora tenía polvo de madera en la camisa, una caja de herramientas a los pies y a Mariana delante de él esperando una respuesta que ambos conocían.

Alejandro tomó la silla, la acercó hacia ella y sonrió.

—Lo estaba guardando para ti.

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