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gemmee-La Foto Reveló La Infidelidad, Pero El Despacho Escondía Algo Peor-gemmee

Regina llegó hasta la camioneta antes que Alejandro y, con la mirada fija en la imagen que él aún tenía entre los dedos, le pidió que se la entregara.

No sonó como una petición caprichosa.

Sonó urgente.

Image

Alejandro cerró la mano sobre la fotografía.

—Ya basta, Regina.

Ella ni siquiera lo miró.

—Dámela.

Yo me quedé junto a la puerta del conductor, tratando de entender por qué aquella foto parecía preocuparle más a ella que la posibilidad de que su padre se enterara de la relación.

Hasta ese momento yo había creído comprender el problema.

Mi esposo me engañaba con la hija del hombre que había impulsado su carrera, había pagado durante siete meses gastos de esa relación con dinero de nuestro matrimonio y ahora intentaba reducirlo todo a un “error”.

Era suficiente para terminar ocho años juntos.

Pero la reacción de Regina decía otra cosa.

Alejandro dobló la fotografía por la mitad.

—Vete al coche —le ordenó.

Regina dio un paso hacia él.

—No me hables así.

—Te dije que te vayas.

Entonces comprendí algo que me hizo olvidar, por unos segundos, los celos.

Ella también estaba asustada.

No de mí.

De él.

Alejandro metió la foto en el bolsillo interior del saco y se volvió hacia mí.

—Mariana, hablamos en la casa.

—No.

—No hagas una escena aquí.

—La escena la empezaste tú anoche.

Él miró alrededor, pendiente de los empleados del hotel y de las personas que entraban y salían del lobby.

Siempre había sido así.

Podía mentirme durante meses, pero le aterraba parecer descontrolado durante treinta segundos frente a desconocidos.

Regina aprovechó que él apartó la vista.

—Mariana —dijo—, ¿qué más encontraste?

Alejandro giró de inmediato.

—Cállate.

Esta vez sí lo miré con atención.

No tenía la expresión del marido atrapado con su amante.

Tenía la mandíbula rígida, los ojos demasiado atentos y una pregunta que no se atrevía a formular.

¿Qué sabía yo?

—Encontré suficiente —respondí.

Era verdad, aunque todavía no sabía qué significaba todo.

Además de las fotografías y los cargos de la cuenta común, el investigador había anotado varios movimientos extraños vinculados con las fechas en que Alejandro afirmaba estar trabajando hasta tarde.

Yo no le había pedido revisar su despacho ni investigar la firma.

Solo quería saber si tenía una aventura.

Sin embargo, dos días antes, mientras buscaba en casa la escritura de un inmueble para entregársela a mi abogada, encontré una llave que no reconocí dentro de un sobre con el logotipo del despacho.

Alejandro acostumbraba llevarse documentos a casa.

Nunca me pareció extraño.

Aquella vez sí.

En el sobre también había una nota escrita de su puño y letra: “Altamira. Copias originales. No dejar en archivo”.

La frase me había inquietado, pero todavía no tenía contexto.

No se lo dije en el hotel.

Regina volvió a extender la mano.

—Alejandro, dame la foto.

—¿Para qué?

—Porque aparece mi coche atrás.

Él se quedó inmóvil.

Yo también.

La fotografía había sido tomada tres semanas antes, cuando el investigador los captó besándose dentro del coche de Alejandro.

En ese momento me había concentrado tanto en sus caras que nunca estudié el fondo.

—¿Tu coche? —pregunté.

Regina tragó saliva.

—Sí.

Alejandro la sujetó del codo.

—Ya te vas.

Ella se zafó.

—No vuelvas a tocarme.

Aquella frase cambió el aire entre los tres.

No porque revelara violencia.

No vi ninguna.

Sino porque confirmó que la relación que yo imaginaba perfectamente coordinada estaba llena de grietas.

Regina metió la mano en el bolsillo de su abrigo, sacó su teléfono y me mostró una foto tomada desde otro ángulo.

Aparecía el mismo estacionamiento donde el investigador había fotografiado a Alejandro besándola.

Al fondo se veía un sedán oscuro.

—Ese es mi coche —dijo—. Pero yo no llegué con Alejandro ese día.

—Regina.

Ella ignoró otra vez a mi esposo.

—Él me pidió que dejara mi coche ahí desde la tarde.

—¿Por qué?

—Dijo que necesitaba que pareciera que yo había estado en una junta fuera del despacho.

Alejandro soltó una risa breve, seca.

—Estás mezclando cosas.

—No estoy mezclando nada.

Regina finalmente lo enfrentó.

—Tú me dijiste que era por Altamira.

El nombre coincidía con la nota que yo había encontrado.

Sentí un tirón frío en el estómago.

Grupo Altamira era exactamente la empresa que Alejandro había mencionado en el mensaje enviado desde el hotel aquella madrugada.

La supuesta compra que lo obligaría a amanecer trabajando.

La mentira tenía un nombre real.

Y, por la manera en que ambos reaccionaron, ese nombre cargaba algo más que una excusa matrimonial.

—¿Qué tiene que ver Altamira contigo? —le pregunté a Regina.

—Nada —respondió demasiado rápido.

Alejandro aprovechó.

—¿Ves? Nada. Esto es una negociación confidencial y estás entrando en asuntos que no comprendes.

—Entonces explícame.

—No tengo que explicarte mi trabajo.

—Tal vez no.

Abrí la puerta de la camioneta.

—Pero sí tendrás que explicarle a mi abogada por qué sacaste dinero de una cuenta común para pagarle renta y viajes a tu amante.

Subí.

Alejandro puso una mano sobre el borde de la puerta antes de que pudiera cerrarla.

—No mandes nada al despacho.

Eso fue lo primero que dijo que verdaderamente me sorprendió.

Minutos antes le había avisado que a las once recibiría la demanda de divorcio en su oficina.

Yo esperaba que discutiera el dinero.

Que suplicara.

Que amenazara con pelear cada peso.

Pero no.

Lo que le importaba era dónde llegarían los documentos.

—¿Por qué?

—Porque Octavio está ahí hoy.

—Perfecto.

Intenté cerrar.

Alejandro sostuvo la puerta.

—Mariana, escúchame.

—Quita la mano.

La quitó.

Regina seguía unos pasos atrás.

Antes de que arrancara, la vi escribir algo en su teléfono.

Mi celular vibró cuando llegué al primer semáforo.

Era un mensaje de un número que no tenía guardado.

“Soy Regina. No vayas a tu casa todavía. Revisa el sobre de Altamira que Alejandro guarda en su despacho de casa.”

Miré el texto dos veces.

Luego llegó otro.

“Y no le digas que te escribí.”

Apreté el volante.

El despacho de Alejandro ocupaba una habitación pequeña en el segundo piso de nuestra casa.

Yo casi nunca entraba.

No porque estuviera prohibido, sino porque él había convertido aquella puerta cerrada en una frontera cotidiana.

Juntas.

Llamadas.

Confidencialidad.

Clientes.

Durante años respeté esa frontera sin preguntarme qué había detrás.

Esa mañana conduje directamente hacia allá.

Mi abogada me llamó durante el trayecto.

—Los documentos están listos —dijo—. ¿Seguimos con la entrega a las once?

Pensé en el mensaje de Regina.

—Sí.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Entonces se hace.

Entré a la casa a las 7:02.

Dejé la bolsa sobre la mesa del comedor y subí.

La puerta del despacho estaba cerrada, pero no con llave.

Adentro todo parecía exactamente igual que siempre: libreros oscuros, una impresora, dos archivadores, su computadora y una fotografía de nuestra boda colocada junto a una lámpara.

La ironía casi me hizo reír.

No toqué la computadora.

No conocía su contraseña y tampoco pensaba convertirme en alguien que forzara accesos para ganar una pelea.

Busqué únicamente el sobre que Regina había mencionado.

No estaba sobre el escritorio.

Tampoco en los cajones superiores.

Entonces recordé la llave que había encontrado dos días antes.

Fui por ella.

Regresé.

Probé el archivador de abajo.

Abrió.

Dentro había tres carpetas.

Una llevaba el nombre de Grupo Altamira.

La saqué y la puse sobre el escritorio.

Al principio no entendí nada.

Eran copias de correos impresos, cuadros con cifras, versiones de contratos y hojas llenas de anotaciones.

No soy abogada.

Tampoco especialista en adquisiciones corporativas.

Pero llevo años administrando mi propia empresa.

Sé reconocer cuando dos números que deberían coincidir no coinciden.

En una hoja aparecía una cantidad.

En otra versión del mismo documento, fechada cuatro días después, la cifra era distinta.

La diferencia era enorme.

Más adelante encontré una lista de pagos a varias empresas con nombres que no conocía.

Uno estaba marcado a mano por Alejandro.

Junto al nombre había escrito: “R. ya confirmó”.

R.

Regina.

O podía ser cualquier otra persona.

No asumí nada.

Seguí revisando.

Entonces encontré una hoja doblada en cuatro.

Era una impresión de un correo dirigido a Alejandro desde una cuenta interna.

El mensaje era breve.

Le advertía que faltaban respaldos para justificar ciertos honorarios incluidos en la operación de Altamira y que el asunto debía aclararse antes del cierre.

Abajo, Alejandro había escrito con pluma:

“Hablar con O. antes de versión final”.

O.

Octavio.

Mi teléfono vibró otra vez.

Regina.

“¿Encontraste la carpeta?”

No respondí de inmediato.

Tomé fotografías de las hojas únicamente porque estaban dentro de mi casa y porque aún no sabía qué estaba viendo.

Después guardé todo exactamente como lo había encontrado.

Cuando cerré el archivador, escuché la puerta principal.

Alejandro había llegado.

No habían pasado ni treinta minutos desde que salió del hotel.

Sus pasos subieron rápido.

No tuve tiempo de abandonar el despacho sin que me viera.

Así que me quedé ahí.

Entró y se detuvo en el umbral.

Miró el archivador.

Luego la llave en mi mano.

—¿Qué hiciste?

—Abrí un cajón de mi propia casa.

Cruzó la habitación.

—Te pregunté qué hiciste.

—Y yo te respondí.

Fue hasta el archivador y comprobó que las carpetas siguieran dentro.

Ese gesto fue suficiente.

Ya no podía fingir que aquello era una colección insignificante de papeles.

—Regina te habló —dijo.

No preguntó.

Lo supo.

—¿Por qué pensarías eso?

Alejandro cerró los ojos un instante.

—Porque está intentando salvarse.

—¿De qué?

No respondió.

—Alejandro, ¿de qué está intentando salvarse?

—De su padre.

—No parece tenerle miedo a Octavio. Te tiene miedo a ti.

—No sabes nada de ella.

—Sé que tiene veintinueve años, trabaja en tu despacho, eres un hombre casado, llevas meses pagándole gastos con nuestro dinero y hace unos minutos intentaste impedir que me dijera algo sobre Altamira.

Él bajó la voz.

—La relación con Regina y la operación son asuntos distintos.

—Entonces ¿por qué usaste Altamira para mentirme esta madrugada?

Alejandro no contestó.

Por primera vez desde el hotel, pareció quedarse sin una respuesta preparada.

—Dime una cosa —continué—. ¿Esos documentos pueden meterte en problemas?

—Cualquier documento confidencial fuera de contexto puede meter a alguien en problemas.

—No fue lo que pregunté.

—Mariana, esto no es tu mundo.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.

Durante ocho años habíamos compartido casa, cuentas, planes y una vida construida sobre la idea de que cada uno respetaba el trabajo del otro.

Ahora él usaba ese mismo respeto como una forma de decirme que no tenía derecho a entender lo que estaba afectando mi propia vida.

—Pues tu mundo acaba de pagar una pulsera de ochenta y seis mil pesos con mi dinero.

Se pasó una mano por el rostro.

—Te voy a devolver todo.

—Ya no se trata solo de eso.

—Claro que sí.

—No.

Saqué el teléfono.

Le mostré la fotografía que había tomado de la hoja con las cifras distintas.

No necesitaba comprender jurídicamente el documento para ver su reacción.

Alejandro dio un paso hacia mí.

—Borra eso.

—¿Por qué?

—Porque es información de un cliente.

—Está guardada en mi casa.

—Mariana.

—¿Qué significan esas dos cantidades?

—Borra la foto.

—¿Qué significan?

Su teléfono empezó a sonar.

Miró la pantalla.

Octavio Lozano.

No contestó.

La llamada terminó.

Volvió a sonar casi de inmediato.

Alejandro caminó hacia la ventana.

—Esto se salió de control.

—¿La infidelidad?

—Todo.

—Explícame “todo”.

Se quedó mirando hacia la calle.

—Altamira está por cerrar una operación importante. Hay mucha gente involucrada. Versiones, honorarios, intermediarios. Cosas que pueden verse mal si alguien las presenta de cierta manera.

—¿Verse mal o ser ilegales?

Giró hacia mí.

—No uses palabras que no entiendes.

—Entonces dame las correctas.

Otra llamada.

Octavio.

Esta vez Alejandro contestó.

—Sí.

Escuchó.

Su postura cambió.

—¿Cómo que ya llegaron?

Miró el reloj.

Eran las 11:07.

Los documentos de divorcio habían llegado al despacho.

Yo no pude escuchar lo que Octavio decía, pero vi cómo Alejandro apretaba los dientes.

—Es un asunto personal.

Silencio.

—No, no afecta nada.

Otro silencio más largo.

—Voy para allá.

Colgó.

—¿Contenta?

—No.

—Octavio ya sabe del divorcio.

—Era inevitable.

—No entiendes lo que acabas de provocar.

—No. Pero empiezo a sospechar que tú tampoco controlas lo que está pasando.

Su teléfono recibió un mensaje.

Lo leyó.

Se quedó completamente quieto.

—¿Qué pasó?

Guardó el celular.

—Nada.

Yo ya conocía esa palabra.

“Nada” era perfume en una camisa.

“Nada” era una junta nocturna.

“Nada” era un viaje repentino.

“Nada” había terminado convirtiéndose en siete meses de renta, una pulsera de ochenta y seis mil pesos y dos boletos a Los Cabos.

Así que no insistí.

Alejandro salió del despacho y bajó las escaleras.

Desde la ventana lo vi subir a su coche y marcharse.

Treinta segundos después recibí otro mensaje de Regina.

“Mi papá recibió tus papeles y Alejandro va para acá. Yo también.”

Luego agregó:

“Hay algo que debes saber antes de que él hable con mi papá.”

La llamé.

Contestó al primer tono.

—¿Qué cosa?

Respiró hondo.

—Alejandro me dijo que ciertas autorizaciones de Altamira venían directamente de mi padre.

—¿Y no era verdad?

—No lo sé.

—Regina.

—De verdad no lo sé. Al principio yo solo llevaba seguimiento de documentos. Él empezó a pedirme que moviera archivos de una carpeta a otra, que reenviara versiones, que confirmara entregas. Me decía que mi papá ya estaba enterado.

—¿Y tú lo hacías?

—Sí.

La respuesta salió sin defensa.

—Después empezamos a vernos fuera del trabajo. Entonces todo se volvió peor.

—¿Porque eras su amante?

—Porque ya no sabía qué cosas me pedía como jefe, qué cosas me pedía para protegerlo y qué cosas hacía yo porque tenía miedo de que mi papá descubriera nuestra relación.

Me apoyé en el escritorio.

Ahí estaba el segundo golpe de aquella mañana.

Yo había visto a Regina únicamente como la mujer que se acostaba con mi esposo.

Eso seguía siendo cierto.

No la convertía en víctima inocente.

Pero tampoco significaba que comprendiera todo lo que Alejandro estaba haciendo.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté.

—Nada.

—No te creo.

—Quiero saber qué hay en esa carpeta.

—Eso sí te lo creo.

Guardó silencio.

—Mariana, hay una hoja con una lista de proveedores.

Miré el archivador.

—La vi.

—¿Está marcada una empresa llamada Orbe Consultores?

Recordé el nombre.

—Sí.

Regina soltó el aire.

—Esa empresa no estaba en la primera versión que yo manejé.

—¿Quién la agregó?

—Alejandro me mandó el archivo actualizado.

—¿Y qué hace Orbe?

—No tengo idea.

—¿Tu padre sí?

—Eso voy a averiguar.

—¿Por qué me estás contando esto?

Su respuesta tardó.

—Porque esta mañana, cuando mencionaste los siete meses de renta, entendí que Alejandro también me mintió a mí.

—¿Sobre qué?

—Me dijo que ese departamento pertenecía a un cliente y que él solo cubría gastos temporalmente por un asunto fiscal de la firma.

Cerré los ojos.

Hasta para mantener a su amante había inventado una explicación profesional.

—Regina, tú vivías ahí.

—Sí.

—Y nunca te pareció extraño.

—Me pareció extraño muchas veces.

—Pero seguiste.

—Sí.

No intentó justificarse.

Eso hizo que le creyera más.

—Voy al despacho —dijo—. Si mi papá confirma que nunca autorizó esos cambios, te vuelvo a llamar.

—No me metas en sus problemas internos.

—Ya estás dentro.

Miré la llave del archivador.

Detesté que tuviera razón.

Después de colgar llamé a mi abogada.

Le conté únicamente lo necesario: había encontrado documentos profesionales de Alejandro dentro de nuestra casa y algunos parecían mostrar cifras distintas entre versiones.

Ella fue clara.

—No publiques nada, no amenaces a nadie con esos documentos y no los alteres.

—No pienso hacerlo.

—Y separa el divorcio de cualquier asunto de la firma.

Eso también tenía sentido.

Yo no quería destruir a Alejandro utilizando algo que ni siquiera comprendía.

Quería salir de mi matrimonio sin permitir que se llevara dinero que pertenecía a ambos.

Si además había cometido algo grave en su trabajo, esa responsabilidad debía seguir otro camino.

A las 12:31, Regina volvió a llamar.

Esta vez estaba llorando, aunque intentaba ocultarlo.

—Mi papá nunca aprobó Orbe.

No dije nada.

—Nunca había visto esa empresa —continuó—. Y tampoco autorizó dos de los cambios que Alejandro me pidió procesar.

—¿Qué hizo Octavio?

—Mandó llamar al responsable financiero que llevaba la operación.

—¿Y Alejandro?

—Está encerrado con él.

—¿Contigo también?

—No. Mi papá me sacó de la reunión.

Escuché voces al fondo.

Regina bajó aún más el tono.

—Mariana, hay algo peor.

Sentí cansancio antes que miedo.

—¿Qué?

—Orbe recibió pagos relacionados con la operación.

—Eso ya lo vi.

—No. No entiendes.

Se interrumpió.

—La dirección administrativa que aparece en un registro interno coincide con una oficina que Alejandro rentaba antes de casarse contigo.

Me senté.

—¿Estás segura?

—Mi papá la reconoció.

No respondí.

Por fin comprendía por qué, frente al hotel, mi esposo no había reaccionado como un hombre preocupado únicamente por una aventura.

La infidelidad era real.

El dinero también.

Pero había algo más grande avanzando detrás de ambos.

Algo que Alejandro parecía haber intentado mantener separado mediante mentiras distintas para cada persona.

A mí me decía que estaba trabajando.

A Regina le decía que su padre autorizaba movimientos.

A Octavio, aparentemente, le presentaba versiones que no coincidían con las que otros habían visto.

Y en medio de todo aparecía una empresa vinculada con una dirección de su pasado.

No necesitaba declarar culpable a nadie.

Solo necesitaba dejar de protegerlo.

Esa tarde retiré mis documentos personales del despacho de casa y entregué a mi abogada la información referente exclusivamente a nuestras cuentas comunes.

Las fotografías de Altamira quedaron resguardadas sin circular.

No llamé a Octavio.

No llamé a Regina.

Tampoco llamé a Alejandro.

Fue él quien regresó a las 8:14 de la noche.

Entró sin saco.

Parecía haber envejecido varios años desde la mañana.

Dejó las llaves sobre la mesa.

—Octavio me suspendió de cualquier participación en Altamira mientras revisan los archivos.

—Entiendo.

—Regina habló.

—También entiendo.

—Y tú tomaste fotografías.

—Sí.

—Necesito que las borres.

—No.

Se quedó frente a mí.

—Mariana, si esto escala, puedes quedar involucrada.

—Entonces explicaré exactamente cómo encontré los documentos.

—No sabes con quién estás jugando.

—No estoy jugando con nadie.

Señalé la carpeta de documentos del divorcio que estaba sobre la mesa.

—Estoy terminando mi matrimonio.

Alejandro miró la carpeta.

—Podemos arreglarlo.

—El dinero sí.

—Todo.

—No.

—Mariana.

—No voy a usar Altamira para negociar contigo. No voy a pedirte más dinero por quedarme callada. No voy a llamar a tu socio para humillarte. Y no voy a salvarte de algo que hiciste tú.

Su cara cambió apenas.

No hubo gritos.

Eso hizo la escena más clara.

—¿Qué quieres entonces?

—Que devuelvas cada peso que sacaste de nuestra cuenta. Que respondas el divorcio. Y que dejes de utilizarme como coartada para cualquier cosa relacionada con tu trabajo.

—Nunca te utilicé.

—Esta mañana me escribiste que ibas a amanecer cerrando Altamira mientras estabas en un hotel con Regina.

Alejandro bajó la vista.

Aquella frase, tan pequeña comparada con todo lo demás, terminó siendo la que no pudo discutir.

Durante días, la revisión dentro del despacho avanzó sin que yo conociera los detalles.

Mi abogada se ocupó del divorcio.

Alejandro devolvió primero una parte del dinero y después aceptó reconocer el resto dentro del acuerdo económico.

No lo hizo por generosidad.

Lo hizo porque las transferencias existían y no podía convertirlas en otra historia.

Regina dejó de escribirme durante casi dos semanas.

Cuando finalmente lo hizo, fue para pedirme vernos en un café.

Acepté por una sola razón.

Quería recuperar la fotografía original que Alejandro había tomado de mis manos frente al hotel.

Llegó antes que yo.

Llevaba un sobre café.

Lo puso sobre la mesa.

Dentro estaba la foto.

La misma.

Alejandro besándola dentro del coche.

El sedán de Regina estacionado al fondo.

Una imagen que al principio demostraba una infidelidad y que después había ayudado a revelar una contradicción mucho más grande.

—La encontré entre las cosas que Alejandro dejó en su oficina —dijo.

—¿Ya no trabaja ahí?

Regina negó con la cabeza.

—Mi papá le pidió separarse mientras continúa la revisión.

No pregunté más.

—¿Y tú?

—También estoy fuera por ahora.

—¿Por lo que hiciste?

—Por lo que hice y por lo que no pregunté.

Me pareció una respuesta justa.

Regina no intentó convertirse en mi amiga.

Yo tampoco quería eso.

Habíamos participado en la misma historia desde lugares muy distintos y ambas habíamos creído versiones construidas por el mismo hombre.

La diferencia era dolorosa, pero importante.

Antes de irme, ella señaló la fotografía.

—¿Qué vas a hacer con eso?

La guardé en el sobre.

—Ya no necesito hacer nada.

Meses después, el divorcio quedó encaminado y nuestras cuentas fueron separadas de manera definitiva.

La revisión de Altamira siguió su propio curso fuera de mi vida.

Yo nunca tuve acceso a todas sus conclusiones y no fingí tenerlo.

Lo que sí supe fue que Alejandro perdió su participación en aquella operación y dejó el despacho poco después.

No hubo una escena pública.

No hubo un discurso de Octavio frente a empleados.

No hubo aplausos para mí.

Nada de eso habría arreglado ocho años de confianza rota.

Lo que hubo fue algo mucho más cotidiano.

Una mañana abrí una cuenta nueva únicamente a mi nombre.

Otra tarde cambié las claves de los servicios que todavía compartíamos.

Un viernes retiré del estudio de mi consultora una fotografía de nuestra boda que había conservado por costumbre y la llevé a casa.

No la rompí.

No la quemé.

La guardé en una caja.

Junto a ella puse la fotografía del coche.

Durante meses aquella imagen había sido una prueba.

Primero, de una infidelidad.

Después, de una cadena de mentiras que se extendía mucho más allá de mi matrimonio.

Al final dejó de ser ambas cosas.

Se convirtió simplemente en el recuerdo del día en que dejé de aceptar explicaciones que exigían que yo dudara de lo que tenía frente a los ojos.

La última vez que vi a Alejandro fue para firmar documentos relacionados con la separación.

Llegó puntual.

Se sentó frente a mí.

Leyó cada página con la concentración meticulosa que siempre había usado para su trabajo.

Cuando terminó, dejó la pluma sobre la mesa.

—Nunca pensé que acabaríamos así.

Yo tampoco.

Pero ya no necesitaba decírselo.

Tomé mi copia de los documentos y la guardé en la bolsa.

Él hizo lo mismo con la suya.

La diferencia era que, por primera vez en mucho tiempo, cada quien cargaba únicamente con lo que le correspondía.

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