Nora Hayes llegó a la mansión Rossi pensando únicamente en una cosa: conseguir el dinero suficiente para no perder su departamento. Después de quedarse sin trabajo en urgencias, sus ahorros habían desaparecido entre deudas y gastos inesperados. La renta estaba por vencer y aceptar cuidar a Dominic Rossi parecía una decisión peligrosa, pero era la única oportunidad que tenía frente a ella.
Todos le habían advertido lo mismo antes de cruzar aquella puerta.
Dominic Rossi no quería ayuda.

Seis enfermeras habían renunciado en solo cinco días.
Algunas no soportaron su actitud. Otras salieron heridas después de intentar acercarse demasiado a un hombre que parecía decidido a rechazar cualquier intento de tratamiento.
Pero Nora no llegó a la propiedad Rossi buscando agradarle.
Llegó porque necesitaba trabajar.
La lluvia golpeaba el viejo sedán oxidado mientras avanzaba hacia los enormes portones de hierro de la propiedad. La mansión parecía una fortaleza aislada, con muros de piedra, jardines perfectamente cuidados y una sensación de distancia que hacía sentir pequeño a cualquiera que entrara.
Cuando apagó el motor, el vehículo dio un último sonido extraño antes de quedarse completamente quieto.
Nora salió con su vieja bolsa de lona y caminó bajo la lluvia hasta la entrada.
Allí la esperaba Leo, el administrador de la propiedad.
Su primera mirada no fue hacia ella.
Fue hacia su automóvil.
No necesitó decir mucho para dejar claro lo que pensaba.
—¿Nora Hayes?
—Sí.
—Soy Leo. Administro la propiedad.
Después de observar el coche durante unos segundos, le indicó dónde dejarlo.
Antes de permitirle entrar, le explicó las reglas.
No preguntar cómo se había lesionado Dominic.
No hablarle si él no iniciaba la conversación.
Y obedecer cualquier orden sin discutir.
Nora escuchó en silencio hasta que mencionó algo que ya sabía.
Dominic tenía una herida de bala en el hombro derecho y una infección que había empeorado.
Entonces preguntó por las enfermeras anteriores.
La respuesta confirmó por qué nadie quería ese trabajo.
Una había intentado cambiarle el vendaje mientras dormía y terminó necesitando puntos después de que Dominic reaccionara violentamente.
Otra salió llorando apenas unos minutos después de entrar.
Una tercera acabó con una lesión en la muñeca.
Dominic Rossi no estaba buscando una cuidadora.
Estaba intentando alejar a cualquiera que quisiera acercarse.
Leo quiso saber si Nora podía soportar la situación.
Ella pensó en la notificación de desalojo pegada en la puerta de su departamento.
Pensó en la cuenta bancaria casi vacía.
Y respondió que podía manejar la sangre.
Dentro de la mansión había olor a limpiador de limón.
Pero debajo de ese aroma había otro más fuerte.
El olor metálico de una herida abierta y una infección avanzada.
Cuando Leo la dejó frente a las puertas dobles de la habitación principal, Nora quedó sola.
Entró sin tocar.
La habitación estaba oscura y demasiado caliente.
Entonces escuchó una voz desde la cama.
—Lárgate.
Dominic Rossi estaba recostado entre almohadas oscuras. No llevaba camisa. Los vendajes del hombro estaban empapados y su rostro mostraba el agotamiento de alguien que llevaba demasiado tiempo luchando contra su propio cuerpo.
Aun así, su presencia seguía siendo intimidante.
Era un hombre acostumbrado a que los demás obedecieran.
Nora dejó su bolsa en el suelo.
—No.
Esa palabra cambió la habitación.
Los ojos grises de Dominic se abrieron por completo.
Nadie le había hablado así desde que comenzó su aislamiento.
Su mano sana se movió debajo de la almohada.
Sacó una pistola.
El arma quedó apuntando hacia ella.
—Te di una orden, enfermera.
Pero Nora no miró el arma durante mucho tiempo.
Sus ojos fueron hacia la mesa de noche.
Había un frasco de antiséptico abierto.
Algo estaba mal.
El líquido dentro no tenía el aspecto esperado.
No parecía un producto limpio para una herida reciente.
En ese instante entendió que el problema era más grande que una amenaza directa.
Alguien dentro de aquella casa podía estar haciendo algo peor que impedir la recuperación de Dominic.
Alguien podía estar acelerando su muerte.
Nora avanzó lentamente.
Dominic siguió cada movimiento con la pistola preparada.
Ella extendió la mano hacia el frasco.
Lo tomó.
Durante unos segundos ninguno de los dos apartó la mirada.
Entonces Nora hizo la única pregunta que podía cambiar todo.
Si Dominic realmente quería que se fuera, primero tendría que descubrir quién había dejado aquello en su habitación.
El hombre que parecía no confiar en nadie empezó a mirar el frasco de una manera diferente.
Ya no estaba viendo solamente a una enfermera que había desobedecido.
Estaba viendo una posible amenaza dentro de su propia casa.
Cuando mencionó que Leo podría saber algo, Nora sintió que la situación acababa de cambiar.
Ella no había acusado a nadie.
Solo había señalado un detalle imposible de ignorar.
Sacó material limpio de su bolsa y explicó que no usaría nada de esa habitación hasta revisar la herida con seguridad.
Por primera vez, Dominic bajó ligeramente la tensión de su mano.
La pistola seguía allí.
Pero su atención estaba en otra parte.
Entonces llegaron pasos desde el pasillo.
Leo apareció en la puerta.
Vio el frasco en la mano de Nora.
No preguntó qué estaba pasando.
Su mirada fue directamente hacia Dominic.
Y Dominic, todavía sosteniendo el arma sobre las sábanas, hizo una sola pregunta.
Una pregunta cuya respuesta podía decidir quién saldría de esa habitación con el control de la situación.
Porque hasta ese momento todos habían pensado que Dominic Rossi era el peligro dentro de la mansión.
Pero ahora existía otra posibilidad.
Que el verdadero peligro hubiera estado mucho más cerca de él todo ese tiempo.
Nora había entrado para cuidar una herida.
Sin saberlo, acababa de abrir una lucha por descubrir quién estaba intentando cerrar para siempre la vida del hombre al que todos temían.