La lluvia golpeaba el parabrisas del viejo sedán mientras Nora Hayes miraba la enorme propiedad frente a ella y pensaba en una sola cosa: la renta vencía el lunes.
No tenía ahorros suficientes.
No tenía otra oferta de trabajo.

Y ya había escuchado todas las advertencias sobre Dominic Rossi.
Decían que era un hombre peligroso.
Decían que nadie podía acercarse a él sin pagar las consecuencias.
Pero Nora había llegado a un punto en el que el miedo no podía cubrir sus facturas.
Antes de ella, seis enfermeras habían intentado cuidar al hombre encerrado en aquella mansión de piedra.
Ninguna había durado más de cinco días.
La propiedad parecía diseñada para mantener alejadas a las personas.
Los portones eran altos.
Los jardines estaban perfectamente cortados.
No había flores.
No había señales de vida.
Solo una casa enorme sobre la ladera, como si fuera una fortaleza.
Cuando Nora apagó el motor, su auto tosió una última vez antes de quedar completamente inmóvil.
Un hombre vestido de negro apareció junto a la ventana.
—¿Nora Hayes?
Ella confirmó su nombre.
El hombre dijo llamarse Leo y explicó que administraba la propiedad.
Después tomó un tono serio.
Había reglas.
No debía preguntar cómo Dominic Rossi había recibido la herida de bala en el hombro derecho.
No debía hablarle si él no le hablaba primero.
Y debía obedecer cualquier orden sin discutir.
Nora escuchó en silencio.
Pero cuando Leo mencionó que las otras enfermeras habían tenido problemas, quiso saber qué había ocurrido.
La respuesta confirmó lo que ya había escuchado.
Una mujer había intentado cambiar el vendaje mientras Dominic dormía.
Él despertó y lanzó una lámpara de bronce contra ella.
Otra había salido llorando después de pocos minutos.
Una tercera había terminado en el hospital con una muñeca fracturada.
Dominic Rossi no quería ayuda.
Quería que todos desaparecieran.
Leo preguntó si Nora podía soportar la sangre.
Ella respondió con la verdad.
—Tengo que pagar la renta el lunes.
Meses antes había trabajado en urgencias de un hospital.
Después llegaron los recortes.
Su puesto desapareció.
Las facturas se acumularon.
Sus ahorros desaparecieron.
Y el aviso de desalojo ya estaba en la puerta de su departamento.
No tenía muchas opciones.
Por eso cruzó la entrada de la mansión.
Dentro, todo estaba demasiado limpio.
El olor a limpiador de limón intentaba cubrir algo más fuerte.
Nora reconoció ese olor de inmediato.
Metal.
Sangre fresca.
Infección.
Leo la llevó por una escalera de mármol hasta unas puertas dobles.
Le indicó un botón de emergencia.
Solo debía usarlo si realmente era necesario.
Nora preguntó si el mal humor de Dominic contaba como emergencia.
Leo respondió que definitivamente no.
Luego la dejó sola.
Nora abrió la puerta sin tocar.
Dentro del dormitorio había poca luz.
Dominic estaba acostado sobre almohadas oscuras.
No llevaba camisa.
Las vendas alrededor de su hombro derecho estaban empapadas con sangre oscura.
Tenía fiebre.
Sudor frío.
El rostro pálido.
Pero incluso enfermo seguía teniendo la presencia de alguien acostumbrado a controlar cada habitación donde entraba.
Entonces habló.
—Lárgate.
Nora dejó su bolsa en el suelo.
—No.
La respuesta pareció sorprenderlo más que cualquier grito.
Sus ojos grises se fijaron en ella.
Nadie parecía haberle respondido así antes.
Su mano sana comenzó a moverse debajo de la almohada.
Nora vio el brillo metálico antes de entender lo que ocurría.
Dominic sacó una pistola.
La levantó lentamente.
El arma quedó apuntando hacia su pecho.
Pero Nora no miró primero el arma.
Miró la herida.
Había algo que no encajaba.
La fiebre era demasiado alta.
La infección había avanzado demasiado rápido.
Y entonces vio la mesa de noche.
Un frasco de antiséptico estaba abierto junto a la cama.
El líquido no parecía correcto.
No era completamente transparente.
Su experiencia médica hizo que una idea apareciera de inmediato.
Tal vez Dominic no estaba rechazando la ayuda.
Tal vez alguien estaba asegurándose de que ninguna ayuda funcionara.
Nora levantó la mirada hacia él.
La pistola seguía entre los dos.
Pero ahora había una pregunta más peligrosa que sobrevivir a esa habitación.
¿Quién dentro de aquella casa tenía acceso suficiente para acercarse a sus curaciones?
Durante cinco días, seis enfermeras habían entrado y salido sin descubrir la verdad.
Pero Nora había notado algo que nadie más había visto.
El problema no era solamente un hombre herido que no quería vivir.
El problema podía ser alguien que estaba trabajando para que muriera.
Dominic seguía apuntándole.
Nora seguía de pie.
Y entre ambos quedaba una sospecha capaz de cambiar todas las reglas de aquella mansión.
Porque si tenía razón, la persona más peligrosa de la casa no estaba en la cama.
Estaba caminando libremente por los pasillos.
Nora sabía que necesitaba respuestas.
Pero también sabía que cada pregunta podía convertirla en el siguiente objetivo.
Aun así, no retrocedió.
Había llegado buscando un sueldo.
Ahora estaba atrapada en algo mucho más grande.
Y el hombre que todos temían podía ser la única persona capaz de decirle quién intentaba acabar con su vida.