Alejandro sostuvo mi mirada y señaló, casi sin hacerlo, la mano que yo mantenía cerrada contra mi costado.
Había identificado un gesto que ni siquiera yo sabía que repetía cuando estaba nerviosa.
Eso cambió algo.

Hasta ese momento yo había pensado que la ventaja era mía, porque llevaba dos años aprendiendo sus manías: el café sin azúcar, la corbata azul marino para las reuniones difíciles, la forma en que se tocaba la nuca cuando estaba agotado y el silencio específico que significaba que alguien acababa de hacerlo enojar.
Pero él también me había estado observando.
—Eso no demuestra que podamos engañar a tu familia —dije.
—No.
—Entonces deja de verme como si ya hubiera aceptado.
Alejandro se apartó del escritorio.
—No has aceptado.
Por primera vez desde que había llegado, dejó de hablarme como jefe.
Eso fue peor.
Me acerqué al ventanal y miré las luces de Reforma mientras trataba de recordar que abajo había una ciudad entera y que yo podía salir de ese edificio cuando quisiera.
—Una semana —dije—. ¿Qué significa exactamente?
—Mañana terminamos pendientes. El viernes salimos a Valle de Bravo. El sábado es el cumpleaños. Regresamos el domingo por la tarde.
Volteé.
—Eso no es una semana.
—Mi mamá cree que llevamos saliendo varias semanas.
—Claro. Porque una mentira pequeña no era suficiente.
Alejandro soltó aire por la nariz.
—Renata…
—Tengo condiciones.
Enderezó la espalda.
—Te escucho.
Levanté un dedo.
—No vas a darme órdenes fuera del trabajo.
Otro.
—No vas a inventar intimidades sobre mí para hacer más creíble la historia.
Otro.
—Si alguien pregunta algo que no acordamos, tú resuelves tu propia mentira.
Alejandro asintió a cada punto.
—De acuerdo.
—Y no me besas.
Por primera vez esa noche tardó en contestar.
Fue apenas un segundo.
Lo suficiente.
—De acuerdo —repitió.
Yo odié que esa respuesta me doliera más de lo que debería.
—Perfecto.
Tomé mi bolsa.
—Entonces acepto.
La mañana siguiente fue una demostración brutal de lo mala que había sido mi idea.
Alejandro apareció en la oficina con dos cafés.
Dejó uno junto a mi computadora.
Leche de avena, poca espuma, sin azúcar.
Exactamente como yo lo pedía.
—¿Desde cuándo sabes cómo tomo el café?
Siguió caminando como si nada.
—Desde que empezaste a trabajar conmigo.
Lo miré alejarse.
Dos años.
Yo podía justificar saber cómo bebía él el suyo porque era mi jefe y pedirlo formaba parte de mi trabajo.
Él no tenía ninguna razón profesional para saber el mío.
El viernes salimos después de comer.
Alejandro manejó y yo ocupé el asiento del copiloto con una pequeña maleta sobre las piernas durante los primeros minutos, hasta que me señaló la parte de atrás.
—Puedes dejarla ahí.
—Estoy bien.
—Renata, son casi dos horas.
—Dijimos que fuera de la oficina no me dabas órdenes.
Me miró de reojo.
—Va a ser una semana larguísima.
—Ni siquiera es una semana, ¿recuerdas?
Esta vez sí se rio.
No la sonrisa mínima que usaba con clientes.
Una risa de verdad.
Yo llevaba dos años enamorada de un hombre que casi nunca se permitía reír así, y descubrir que podía provocárselo no ayudaba en absoluto.
A mitad del camino me hizo la pregunta que yo llevaba evitando desde su oficina.
—¿Te arrepientes?
—Todavía tengo tiempo.
—Eso no fue lo que pregunté.
Miré por la ventana.
—¿Por qué no elegiste a alguien con quien realmente hayas salido?
Sus manos se tensaron un poco sobre el volante.
—Porque mi mamá las conoce.
—Eso no explica por qué yo.
—Ya te lo expliqué.
—Me explicaste por qué sería fácil fingir conmigo. No por qué pensaste en mí primero.
Alejandro guardó silencio durante varios kilómetros.
Creí que no respondería.
Entonces dijo:
—Porque contigo no tendría que memorizar nada.
Volví la cara hacia él.
No agregó una palabra.
La casa familiar estaba llena cuando llegamos.
Yo esperaba preguntas, miradas desconfiadas y quizá uno que otro comentario incómodo.
No esperaba que su mamá atravesara la sala en cuanto me vio y dijera:
—Así que tú eres Renata.
Me abrazó.
Yo me quedé tiesa.
Alejandro también.
—Mucho gusto —alcancé a decir.
Ella se apartó para mirarme mejor.
—Por fin.
Alejandro carraspeó.
—Mamá.
—¿Qué?
—No empieces.
Su mamá sonrió y tomó mi brazo para llevarme hacia los demás.
—Llevo dos años escuchando tu nombre. Tengo derecho a conocerte.
Me frené.
Alejandro miró hacia otro lado.
—¿Dos años? —pregunté.
—Renata resolvió esto. Renata consiguió aquello. Renata encontró una mesa cuando nadie podía. Renata me obligó a cancelar una junta porque tenía fiebre. Renata dice que ese proveedor no conviene. Renata consiguió el collar para tu cumpleaños…
—Mamá.
La advertencia en la voz de Alejandro finalmente funcionó.
Ella levantó ambas manos.
—Ya, ya.
Pero para mí era demasiado tarde.
Yo había supuesto que fuera de su oficina prácticamente no existía.
Resultaba que mi nombre había estado llegando a esa casa mucho antes que yo.
Durante la cena, la situación empeoró.
Una de sus hermanas quiso saber cuándo habíamos empezado a salir.
Alejandro dio una fecha.
Yo di otra.
Nos miramos.
Su hermana soltó una carcajada.
—Excelente comienzo.
—La primera cena fue el jueves —dijo Alejandro.
—Eso fue una junta con inversionistas —respondí.
—Cenamos en la misma mesa.
—Con nueve personas más.
Su mamá nos observaba por encima de su copa.
—Muy romántico.
Me dieron ganas de desaparecer debajo de la mesa.
Entonces una tía preguntó quién había dado el primer paso.
Abrí la boca.
Alejandro respondió antes.
—Yo.
Lo miré.
Él sostuvo mis ojos.
—Definitivamente yo.
Se suponía que era parte de la actuación.
Mi cuerpo no recibió el aviso.
Más tarde, cuando por fin logramos escapar de la familia, cerré la puerta del cuarto que nos habían asignado y me volví hacia él.
Había una cama.
Una sola.
—Ni lo sueñes.
Alejandro señaló un pequeño sofá junto a la ventana.
—Yo duermo ahí.
—Mides casi uno noventa.
—Gracias por recordármelo.
—No vas a caber.
—Sobreviviré.
Tomó una almohada antes de que pudiera discutir.
Eso debería haberme tranquilizado.
En cambio, me molestó que estuviera cumpliendo cada límite sin intentar negociar ninguno.
—Tu mamá dijo que lleva dos años escuchando de mí.
Se detuvo.
—Sí.
—Nunca mencionaste eso.
—Nunca preguntaste.
—¿Por qué hablarías tanto de tu asistente con tu familia?
Alejandro dejó la almohada sobre el sofá.
—Porque eres una parte importante de mi vida.
Se me secó la boca.
Él pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
—Profesionalmente —añadió.
Ahí estaba.
La palabra que ponía todo otra vez en su lugar.
—Claro.
Me metí al baño antes de que pudiera verme la cara.
El sábado amaneció con la casa en movimiento por el cumpleaños.
Durante horas logré concentrarme en tareas pequeñas: ayudar con lugares en la mesa, revisar que el regalo de Alejandro estuviera donde debía y responder preguntas sobre la supuesta relación sin decir más de lo necesario.
Pero fingir cercanía con alguien al que amas es mucho más difícil que fingir indiferencia.
Alejandro me tocaba la espalda al pasar.
Me acercaba un plato sin preguntar qué quería.
Sabía cuándo necesitaba escapar de una conversación.
Yo acomodaba su cuello antes de una foto familiar.
Le quitaba el cilantro del plato sin pensarlo.
Cada gesto parecía demasiado natural.
Su familia comenzó a dejar de examinarnos.
Su mamá hizo lo contrario.
Después de comer me encontró sola en la cocina.
—¿Puedo preguntarte algo?
Sentí que se me cerraba el estómago.
—Claro.
—¿Mi hijo te está haciendo feliz?
No preguntó si yo hacía feliz a Alejandro.
Preguntó por mí.
Bajé la mirada hacia la taza que tenía entre las manos.
—Su hijo ha sido muy bueno conmigo.
—No te pregunté eso.
Levanté los ojos.
Había algo sereno en su expresión que me hizo sentir peor que cualquier interrogatorio.
—A veces Alejandro cree que cuidar a la gente es lo mismo que decirles lo que siente —continuó—. No lo es.
—No sé qué decirle.
—Entonces no digas nada que no sea verdad.
Me quedé helada.
Ella tomó una charola y salió de la cocina.
No sabía si nos había descubierto.
Pero ya no pude continuar igual.
La celebración principal empezó esa tarde.
Alejandro estaba junto a su mamá cuando le entregó el collar que yo había apartado días antes.
Ella abrió la caja, se llevó una mano al pecho y me buscó entre la gente.
—Tú elegiste este, ¿verdad?
Alejandro contestó:
—Yo lo elegí.
Su mamá levantó una ceja.
—Tú dijiste que querías regalarme un collar. Renata encontró este.
Varias personas se rieron.
Alejandro me miró.
—Es verdad.
Yo también sonreí, pero sentí que algo se rompía por dentro.
Todo el fin de semana funcionaba así.
Él tenía la intención.
Yo conocía los detalles.
Él ponía mi nombre en las historias.
Pero jamás me decía directamente qué significaba para él.
Entonces su hermana mayor hizo la pregunta que terminó con el juego.
—A ver, Renata. Si de verdad conoces tan bien a Alejandro, dinos una cosa que ninguno de nosotros sepa.
Todos esperaron una respuesta divertida.
Podía haber mencionado su café.
La corbata.
El cilantro.
Cualquier cosa segura.
Pero recordé a su mamá diciéndome que no dijera nada que no fuera verdad.
Dejé mi vaso en la mesa.
—No puedo.
Alejandro giró hacia mí.
—Renata.
—No.
Me puse de pie.
La conversación alrededor de nosotros se apagó.
—Perdón —le dije a su mamá—. No quiero seguir haciendo esto, y menos hoy.
Alejandro se levantó también.
Su hermana frunció el ceño.
—¿Haciendo qué?
Yo miré a Alejandro.
Era su mentira.
Habíamos acordado que él tendría que resolverla.
Y lo hizo.
—Renata y yo no somos novios —dijo.
Nadie se rio esta vez.
Su mamá no pareció sorprendida.
Alejandro continuó antes de que alguien pudiera preguntar.
—Yo le pedí que fingiera. Ella no quería mentirles. La convencí porque fui un cobarde y no quise admitir que había inventado una relación para que dejaran de preguntarme por mi vida personal.
Su hermana lo miró con incredulidad.
—¿La trajiste como tu novia falsa al cumpleaños de mamá?
—Sí.
—Alejandro…
—La responsabilidad es mía.
Yo tomé mi bolsa de una silla.
No quería escuchar la discusión.
Necesitaba salir antes de empezar a llorar frente a todos.
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Renata, espera.
—No aquí.
Me fui al jardín.
Él apareció unos minutos después, pero se quedó a varios metros.
No intentó tocarme.
—Lo siento.
—¿Por la mentira o porque salió mal?
—Por meterte en ella.
Lo miré.
—Todavía no me has dicho por qué me elegiste.
Alejandro bajó la vista por primera vez desde que lo conocía como si la respuesta realmente le diera miedo.
—Porque cuando mi mamá me preguntó quién era, pensé en ti.
El corazón me golpeó las costillas.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
—Entonces explícalo.
Se pasó una mano por el cabello.
—Hace un mes, durante una comida, mi mamá empezó otra vez con lo mismo. Me preguntó si había alguien. Yo estaba cansado. Dije que sí para terminar la conversación.
—Eso ya lo sé.
—Después preguntó cómo era.
Esperé.
—Y describí a alguien que sabe cuándo estoy mintiendo. Alguien que me contradice cuando todos los demás dicen que sí. Alguien que consigue que coma cuando llevo diez horas trabajando y que le habla igual al dueño de un hotel que al señor que arregla una fuga.
No podía respirar bien.
—Renata, te describí a ti.
Me crucé de brazos porque las manos me temblaban.
—¿Y esperaste un mes para darte cuenta?
—No.
—¿Entonces?
—Esperé un mes intentando encontrar otra solución porque eres mi asistente y yo soy tu jefe.
Ahí estaba el problema real.
No su familia.
Nosotros.
—¿Sabías que yo sentía algo por ti?
—No.
Respondió tan rápido que le creí.
—Esperaba que sí —admitió—. Pero no lo sabía.
La rabia que yo había estado usando como escudo perdió fuerza.
—No podías pedirme esto para averiguarlo.
—Lo sé.
—Es una posición injusta para mí.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes.
—Entonces dime qué necesitas.
Esa pregunta era nueva.
Alejandro siempre decidía.
Siempre resolvía.
Siempre entraba a una habitación sabiendo qué quería que ocurriera.
Ahora estaba parado frente a mí sin intentar controlar el resultado.
—Necesito que no hagas nada —dije.
Su expresión cambió apenas.
—¿Nada?
—Nada romántico. Nada de perseguirme. Nada de convertir esto en otra decisión que tomaste por los dos.
Asintió.
—Está bien.
—Mañana regreso a la ciudad.
—Te llevo.
—No.
Se detuvo.
—Está bien.
Esa noche dormí sola en el cuarto.
Alejandro se quedó en otra habitación.
A la mañana siguiente desayuné con su mamá antes de irme.
Ella no intentó convencerme de nada.
Sólo me sirvió café.
—¿Lo sabías? —le pregunté.
—Sabía que algo no cuadraba.
—¿Desde cuándo?
—Desde que llegaron.
Casi me reí.
—Tan malos fuimos.
—No. Ese era el problema.
La miré.
—Cuando dos personas están fingiendo cariño, exageran lo que creen que los demás deben ver. Ustedes discutían sobre quién había olvidado cargar el teléfono y él te quitó una taza vacía antes de que la tiraras con el codo. Eso no se ensaya.
Bajé la mirada.
—Pero tampoco significa que funcione.
—No —dijo ella—. Eso lo tienen que decidir ustedes.
Me fui sin despedirme de Alejandro a solas.
El lunes llegué temprano a la oficina.
Él ya estaba ahí.
No había café sobre mi escritorio.
No había flores.
No había mensajes personales.
Sólo un correo en el que pedía una reunión formal a las diez.
Entré a su oficina preparada para lo peor.
Alejandro tenía una hoja frente a él.
—Antes de hablar de cualquier otra cosa, quiero corregir algo —dijo—. No es razonable que tengas que decidir qué sientes por mí mientras tu sueldo depende directamente de mí.
No respondí.
—Si quieres seguir en la empresa, voy a dejar de ser tu jefe directo. Puedes pasar a otra área con las mismas condiciones y sin reportarme a mí. Si prefieres irte, tendrás una recomendación basada únicamente en tu trabajo. Ninguna opción depende de lo que pase entre nosotros.
Miré la hoja.
No era una carta romántica.
Era una propuesta concreta para devolverme una elección que yo nunca había tenido de verdad.
—¿Y si no quiero decidir hoy?
—No decides hoy.
—¿Y si al final no quiero nada contigo?
Vi cómo tensaba la mandíbula.
—Entonces nada cambia profesionalmente.
Esa respuesta le costó.
Por eso le creí.
Acepté cambiar de área.
No acepté una cita.
Todavía no.
Durante las siguientes semanas Alejandro cumplió exactamente lo que había prometido.
No buscó excusas para verme.
No mandó regalos.
No utilizó a su familia para acercarse.
Cuando coincidíamos en una junta, me trataba como a cualquier otra persona de la mesa.
Me sorprendió descubrir cuánto extrañaba que me preguntara si había desayunado.
Pero también necesitaba comprobar algo más importante: que podía respetar una distancia que él no había elegido.
Lo hizo.
Un mes después recibí un mensaje suyo un viernes por la tarde.
No decía que necesitaba verme.
No decía ahora.
No había orden alguna.
Sólo una pregunta.
—¿Puedo invitarte a cenar algún día, fuera del trabajo, como una cita de verdad?
Me quedé mirando la pantalla un buen rato.
Después escribí:
—Sí. Pero yo elijo el día.
Su respuesta llegó casi de inmediato.
—Hecho.
Elegí el jueves.
Llegué siete minutos tarde a propósito.
Alejandro estaba afuera del restaurante, con las manos en los bolsillos y sin la corbata azul marino.
Cuando me vio, primero sonrió.
Después bajó la mirada hacia mis pies.
Yo llevaba un tenis blanco y uno negro.
Los mismos con los que había llegado corriendo a su oficina aquella noche.
Levantó una ceja.
—¿Tenías prisa?
Esta vez fui yo quien sonrió.
—No.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Esta vez vine porque quise.
Alejandro no intentó besarme.
No tomó mi mano.
Esperó.
Así que fui yo quien entrelazó los dedos con los suyos antes de entrar al restaurante.